mundo con libros

no leemos para olvidarnos del mundo, leemos porque es nuestra mejor manera de estar en él

UNA NOCHE, MARKOVICH

Una noche, Markovich // Ayelet Gundar-Goyen

 

“Una Noche, Markovich”, libro debut de Ayelet Gundar-Goyen por el que fue premiada con el galardón literario Sapir -el más importante de Israel- compone un drama de época que es tanto una novela sobre las relaciones de familia, la mujer y los efectos de la guerra como las contradicciones del pueblo hebreo durante la época en que el Movimiento Sionista conspira para comenzar a poblar Eretz Israel.

El relato se sitúa a fines de la década del 30’. Jacob Markovich es un labriego Israelí intrascendente y de personalidad apagada. Luego de que su amigo, el seductor Zeev Feinberg, sea descubierto teniendo sexo con la mujer de un matarife de su pueblo, los dos escapan en una misión especial a Europa orquestada por la Irgun, la organización militar secreta sionista. El barco parte con veinte hombres jóvenes a bordo que van a desposar a un grupo de veinte mujeres judías para superar las trabas fronterizas y rescatarlas de una Europa en la que está por estallar la segunda guerra mundial. Cada matrimonio sería disuelto con el visto bueno de un rabino ni bien las veinte parejas llegasen a tierra. Pero cuando Markovich se topa con Bella Zeigerman, la mujer inteligente, carismática y hermosa que le toca desposar termina por traicionar su cometido y negarle el divorcio, lo que lo convierte en un paria de su comunidad y le hace ganar el odio más profundo de aquella mujer a la que convierte en su cautiva.

La novela tiene una visión muy marcada sobre la femineidad y la masculinidad en un contexto de épica cotidiana. Una concepción de las emociones hogareñas masculinas que pocos hombres podrían lograr en una novela, pero que Gundar-Goyen consigue recrear a partir de su visión femenina sobre la visión masculina de la femineidad. Bella escapa de la casa pero vuelve a Markovich luego de trotar el mundo. Necesita un lugar seguro, económicamente estable y a salvo de las miradas morales donde criar a su hijo, fruto de la aventura con un poeta fracasado. Esta no será la única negociación que se dé entre roles de género, pasiones encontradas, paternidades erróneas u orígenes culturales desarraigados.

El riel sobre el que se articula el relato es la guerra. El libro está separado en cuatro partes: antes, durante, después y después de después. El conflicto va a contener, acompañar y definir los cambios en la vida de los protagonistas, a quienes: “Las diferencias de presión pesan en los tímpanos y descalabran la estabilidad”. Pero lejos de ser una historia en clave de tragedia, “Una noche, Markovich” tiene momentos de humor irónico muy entrañable, y personajes secundarios con líneas argumentales de casi tanto protagonismo como la principal.

Los personajes de “Una noche, Markovich” no son las víctimas del holocausto que se acostumbran a ver en la industria cultural, sino los representantes de una cara más digna de la sociedad hebraica, que admite haber combatido a los árabes y los alemanes mediante operaciones de inteligencia en el seno del movimiento sionista. El pueblo judío no tiene lugar en el mundo y se lo hace a la fuerza. La épica de la guerra y el hogar construye y destruye. Por violencia, por inercia o por traición. Estas apropiaciones tienen como contrapeso y respuesta emocional un sentimiento de desarraigo. Han matado a niños ajenos y también los han criado. La guerra cambia todo y a todos, y lo personal pasa en segundo plano.

Pero no es sólo la guerra quien toma a los personajes, los destruye y los devuelve maleados, sino también sus relaciones: las parejas felices y las infelices, la relación con los vecinos, con los amigos caídos, las aventuras amorosas y los hijos ilegítimos, y cómo los personajes intentar reconstruirse en el seno de un contexto familiar. Pero ya no importa de quién son los hijos que uno cría. Porque, tal como dijo la autora en una entrevista reciente, los judíos “tendemos a olvidar que somos un pueblo de refugiados”.

Y así vive la historia, en sus personajes y sus vidas: “los años pasaron y los sentimientos, los deseos y los pensamientos se fueron con ellos. Las células murieron y fueron sustituidas por otras. El cabello se cayó y no siempre fue sustituido por otro. Y a pesar de eso la gente se siguió comportando como de costumbre (…) porque de lo contrario hubieran sentido que los días los llevan consigo de horizonte en horizonte, impotentes, como una fila de hormigas negras cargando un insecto de espaldas hacia su amargo fin”.

Una noche, Marcovich – Libros del Zorzal – Buenos Aires – 2016 


Por Elías Alejandro Fernández 

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Crímenes de arena // Vicente Battista

El secreto de las buenas antologías se encuentra en sus extremos: el primer cuento brinda la clave, y el último o bien la confirma, o bien la redirecciona, o simplemente completa la curaduría. La insoslayable referencia es la caótica, enciclopédica e insuperable antología de cuentos de Literatura Fantástica confeccionada por Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo en 1945 . Si pensamos en los cuentos que abren y clausuran la colección, nos encontramos con exploraciones normativas que, dentro de la inmensa variedad que habilita un género en donde el pasaje del orden de lo real al orden de lo fantástico es requisito único para ingresar al horizonte de expectativas implicado, son bastante ilustrativas del panorama que se pretende destacar.

“Crímenes de arena”, antología editada por DLG, y curada por Vicente Battista, responde a esta efectividad de un modo original: el primer cuento es de Lovecraft, maestro del horror. En él se buscan las posibilidades de entender a través del raciocinio un acontecimiento difícil de elucidar. Considerando la obra de Lovecraft, es curioso cómo el cuento se inscribe dentro de lo resoluble. En él, la inducción puede resolver un misterio y el horror, acaso llevado al paroxismo, se nos devela como un problema abordable. Estamos, claramente, lejos de las incongruencias cósmicas que dan lugar a un universo de configuración indescifrable, que se constituyó en una de las mentes más escabrosamente brillantes de la historia de la literatura.

El cuento que cierra la colección es un clásico. O, al menos, su autor es uno de los padres del policial de enigma clásico, y acaso uno de los últimos maestros. Porque si bien esta variante del policial ha dado gemas de la literatura como la triada del raciocinio de Poe o las narraciones de Sir Arthur Conan Doyle, el thriller o hard boiled ha dominado tanto el mercado editorial como la producción literaria del policial en general. El atractivo de un enigma, enmarcado en la sordidez de una sociedad rica en condimentos violentos y vínculos frágiles, en los cuales se funde la personalidad de detectives salvajes e intempestivos, parece un territorio mucho más fértil para la literatura que la conformación de personajes como Sherlock, Dupin o el padre Brown, que responden a un arquetipo (intelectual, virtuoso arisco, apátrida, cínico y otros epítetos poco codiciados).

Pero “Crímenes de arena” realiza una recuperación interesante del género. Como generando arcos narrativos de una misma historia que a través de muchos episodios va enhebrando un texto único, conformado por múltiples estilos, registros y huellas de época; la antología va ofreciendo distintas variantes del misterio y el horror que puede generar la muerte repentina y presuntamente inexplicable. Sin dejar de lado la voluntad instintiva de la policía de descartar la posibilidad de lo inexplicable (siendo esto uno de los rasgos genéricos en los policiales), “Crímenes de arena” va sorteando no sólo distintos modos de abordar el misterio, sino también una variedad interesante de detectives.

Un texto destacable es el de Carlos Dámaso Martínez, “Un lugar perfecto”, que incursiona en una más de las facetas del texto policial: presentando las características de un relato de espías, que evoca asuntos de estado chilenos involucrando al mismísimo Pinochet.

Rítmicamente pareja y poéticamente inteligente (la playa, o la orilla o el agua, vuelven circularmente, generando un espacio revisitado a través de las distintas literaturas presentadas, sugiriendo de ese modo el margen, lo borgeanamente “orillero”), la compilación aborda de un modo pertinente las aristas del género, dando cuenta de las posibilidades, y perpetuándolo. De algún modo, y no es por sobredimensionar la publicación referida, la vigencia del género depende de este tipo de curadurías, que pueden ser entendidas, cuando son cuidadas, como vindicaciones; reconocimientos que que amplían el canon, volviéndolo más horizontal al dar a conocer voces que aportaron lo mismo a la vigencia del género, como genios de la literatura como Lovecraft. Al viejo Chesterton le debemos demasiado como para incluirlo en una analogía. Con lo cual dejémoslo ahí, y pasen y lean.

Por Pierre Froidevaux


Crímenes de arena – Vicente Battista (comp.) – Desde la gente – 2016

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Por Javier Martínez Conde y Lucía Cholakian Herrera

Es domingo y hace calor. Cincuenta personas reunidas en un centro cultural pequeño observan hacia el escenario durante una edición de la Justa Poética, slam de poesía que late (casi) todos los domingos en el corazón de Almagro, CABA. Miran con atención a Mario Flores, el poeta invitado de la noche, proveniente de Tartagal, Salta. Mario comenta el calor y afirma: “si esto les parece calor, no se imaginan lo que es allá”. El ruido de la ciudad no perturba su presentación calma, su modulación precisa, sus versos pacientes y sólidos. Recita como si las palabras estuvieran listas para salir hace mucho tiempo. Poco a poco, entrega al público algunos de los poemas de sus obras Escala de Richter para la melancolía (2014), Nosotros niños mutantes (2015), Introspectiva (2015), Manual de origami (2015) y Poesía para pasajeros urbanos con auriculares (2016). Pocos meses después de esta noche volverá para participar de la Residencia Enciende de la Bienal de Arte Joven de Buenos Aires.

En una conversación con Mundoconlibros, Mario nos guía en un recorrido por su obra, su tierra y su visión de la poesía oral argentina contemporánea.

¿Cómo aparece Tartagal en tu obra?

Tartagal es para mí un sitio de conflicto. Es muy frecuente que a los escritores del interior se nos clasifique con ciertas categorías tales como “literatura regional”, “literatura local”, como si se tratara de signos generales en donde esas ciudades quedan representadas por la poesía y la narrativa así como aparecen en el folklor o en las costumbres convencionales. La poesía siempre va por otro lado. Yo he tratado siempre de retratar un rostro menos conformista con ese tradicionalismo, algo que pueda espejar un universo propio pero tomando matices reales. En algunos de mis poemas Tartagal aparece como un escenario violento en donde los personajes son fantasmas que se arrastran en el pavimento: un develamiento de lo que no es supuestamente ‘poético’. No se me ocurriría hablar de Tartagal aludiendo a los lapachos en invierno o lo lindo que son los mangos en el verano. Creo que la poesía sólo es poesía cuando se encuentra en estado de crisis; de otro modo estaría haciendo literatura de turismo, inofensiva, siempre contando las pequeñas aventuras intrascendentes del pueblo en la fila del banco. Tartagal es una ciudad compleja, difícil de captar a primera vista. Puede ser tan amigable como tediosa, genera prejuicios difíciles de combatir sobre todo en el arte. En mis libros aparece pocas veces porque hago lo posible por no ser autorreferencial (aunque nuestros textos siempre hablan de nosotros, en algún punto), pero cuando aparece se trata de una ciudad real, cruda y muy mística: funciona como un registro de horizontalidad, donde lo irracional siempre tiene lugar en la realidad.

Cuando recitaste en el slam Justa Poética en Buenos Aires hablaste de la fortuna que tenemos en la capital por la cantidad de oferta cultural y de poesía. ¿Cuál es la situación en Salta? ¿Qué desafíos enfrentan los artistas independientes?

La primera dificultad es ese último término que mencionas: los artistas independientes. Creo que, tal vez, no se entiende bien todavía lo que es un artista, en tanto persona que produce o en tanto espécimen aislado con una visión diferente del mundo y de la ciudad que habita. En los últimos años he visto crecer un grupo muy grande de poetas en Salta capital: no sólo aumenta el número de hacedores sino que también evoluciona su dinámica de trabajo, creando instancias de diálogo abierto para la presentación y exposición de sus trabajos. Ego hay siempre en todas las disciplinas y ocurre que existen – como en todas partes – pequeños círculos que se separan de otros por un millar de razones, pero desde mi punto de vista esto es secundario ya que ahora en Salta hay muchos más libros por año, más ciclos y más ferias editoriales.

En el interior de la provincia la situación es diametralmente opuesta: la oferta cultural se basa en la escasa  programación de las instituciones municipales, donde el carnaval y el corso color de verano son las únicas actividades etiquetadas como cultura, a donde van a parar los fondos. La única editorial independiente es la que yo manejo, y en Tartagal aún no se conoce bien lo que es una edición independiente o artesanal. El libro continúa mal entendido y eso conlleva que el grueso de la gente menosprecie tu trabajo porque no lo ha editado una gran corporación: se sigue pensado que el camino es ese, y no es de esperar que en un lugar en el que se lee muy poco y en formatos convencionales el libro quede anquilosado en las vidrieras de la única librería que hay. Sumado a eso no existen espacios en donde realizar lecturas u obras. En mi caso he corrido con algo de suerte al contar entre amigos a varios músicos que me acompañan, y profesionales que siempre ayudaron a conseguir una sala para presentar un libro mío, por ejemplo. Pero son casos infrecuentes. Estoy seguro que los poderes municipales sólo financian y asisten a cierto tipo de literatura, la que está en constante coito con la academia y responde a ese costumbrismo inofensivo del cual hablaba antes. Y volviendo al primer punto: la escasez de artistas es alarmante, sobre todo en las letras, donde es seguro que existe un montón de gente que escribe pero lo guardan, por temor o por prejuicio. Si quisiéramos establecer una imagen de la escena cultural u oferta cultural sería nula o casi nula, donde los espacios son inexistentes (por ahora, ojalá) y los hacedores alienados. Por mi parte trato de enganchar siempre a la mayor cantidad de jóvenes posibles para que se animen a mostrar lo que hacen, a través de un taller literario o a través de un micrófono abierto. Pero lleva tiempo y es una cuestión de evolución: lenta y paciente.

¿Cómo ves la escena poética federal, teniendo en cuenta a los slams a nivel nacional y los intercambios que se realizaron y fortalecieron en los últimos años?

Tuve, desde hace un par de años, la posibilidad de moverme por el país y conocer la gran cantidad de actividades que se realizan con respecto a la poesía, y no sólo en cuanto a contenido sino también en formatos y soportes. El slam fue una de esos fenómenos que pude apreciar, tan controvertido y menospreciado por cuestiones quizás estéticas, pero muy funcional si se lo aplica en lugares donde no existe absolutamente nada (como en Tartagal, donde hicimos tres y salieron muy bien debido a la facilidad de sus reglas y lo versátil de su puesta en escena). Se creó una red de conectividad entre quienes forman parte de esta actividad y eso permitió que el suceso llegue más lejos, arrojando un poco de luz sobre las posibilidades en términos de creación y gestión. La cantidad de slams que se reparten por el país es bellísima, cada uno con su singular naturaleza; y también es bella la discusión que genera el formato en sí mismo, donde lo tergiversado de ambas partes se vuelve material de lectura y trabajo. Sin embargo, y con respecto a lo que mencionaba en la respuesta anterior, estamos hablando de un espectáculo poético que requiere de un cierto capital cultural, de un número de partícipes activos, y eso es lo que siempre falla en los pueblos pequeños.

Actualmente, y más allá de un estilo de presentación como el slam, la escena poética del país es el fenómeno más excitante que yo he encontrado: ediciones, festivales, ferias, plataformas colaborativas, redes… Estamos, es claro, en un punto muy fecundo donde nunca falta material para leer y para experimentar. Hay muchos movimientos que son parte de eso. Sería muy bueno que en los lugares más alejados del interior se adoptara con la misma pasión y naturalidad que se desarrolla en los puntos más centrales del país.

En uno de los últimos poemas de Introspectiva, “Poesía para plantas de interior”, empezás diciendo que “La felicidad de los normales/ debe significar eso:/ vivir en estado de domingo permanente”. ¿Creés que esa frase resume el sentido de unidad implícito en la obra, a partir del calificativo “normal”, que aparece inmerso en un contexto de disrupción de lo normativo?

En efecto lo creo así. Introspectiva es un libro de poemas que se interrelacionan entre sí, ya que me aboqué a una temática especial que tenía que ver con una perspectiva del mundo y la realidad, los vicios y los trastornos. Todos somos neuróticos en cierto punto y ese filtro aplicado al mundo hace ver las cosas como si estuviéramos en un sueño. Un sueño muy tele novelesco. Un sueño que quizá no nos es del todo propio ya que forma parte del afuera. Creo que los normales, así como los vemos desde este punto, anhelan la telenovela, la pasividad, los paseos por la plaza que luego se narran con grandilocuencia. Y más en los tiempos que vivimos, donde muchas voces se alzan en batalla contra la normalidad condicionada, el domingo permanente es el último signo de poder discursivo que les queda a los normales para ostentar su reino. El sentido de unidad de esa obra es ese, claramente: abundan los personajes aislados, malcomidos y nerviosos que, sin embargo, son quienes rompen con la monotonía. No estoy seguro de haber logrado todo lo que me propuse ya que la poesía es siempre muy maleable a los ojos y alguien puede no haber sacado nada de allí, pero la idea está.

En Escala de Richter, hay, ya desde el título, una intención clara de sismología. ¿Podrías decir entonces que lo que escribís surge del desconcierto y la agitación?

La poesía, para mí, es siempre algo que surge de una bella catástrofe natural. Hay quienes piensan la poesía como un ejercicio masturbatorio del cuarto privado, en la torre de marfil, creando textos que describen un sentir reflexivo. Y está muy bien que existan esas obras, pero a mí no me generan nuevas preguntas. Prefiero la poesía que está en estado de calmada ebullición. Una equilibrada desmesura que genere nuevos interrogantes. Escala de Richter fue el primer libro de poemas que publiqué, breve y direccional: hay una forma y una historia, una irrupción dialogal y un espacio donde las voces van mutando de cuerpo. Quería un poemario conciso y sólido. Muchos poetas reniegan de sus primeros trabajos, como un karma, pero a mí me sigue gustando. Puede leerse eso como un gesto de vanidad. Considero que todo lo que yo escribo es parte de un sismo personal, a través del cual no importa la fiabilidad de las respuestas sino la apertura de las nuevas preguntas. Me gustaría que todos mis poemas sean así, contundentes por lo que inquieren más que por su peso.

Desconcierto y agitación. Son dos palabras que pueden resumir lo que vengo diciendo también acerca del punto de donde partimos: existió siempre una suerte de extrañamiento con la ciudad, el territorio y los códigos, y eso lleva a escribir, a buscar otro lenguaje que funcione como arma creativa ante esa incertidumbre.

¿Cuán importante crees que un Poemario sea percibido como un puente entre textos en constante interacción y no como una amalgama de partes inconexas?

Me parece importante que un libro tenga una corporeidad física y visual. El montaje, la estructura y la forma de los poemas, se caracterizan por hilar ese cuerpo a medida que la lectura va haciéndose junto con la palabra. No creo que sea importante que todos los poemas traten de lo mismo, o hacer un único poema largo en varias partes (a lo que muchos aspiran con el “poema único detrás de muchos poemas breves”, que es una búsqueda interesante y compleja, pero no la única). Considero acertado que un conjunto debe hablar por sí mismo, así los textos sean creados con mucho tiempo de por medio o corregidos con métodos distintos. Esa corporalidad de la cual hablo refiere a la voz y los decires que esa voz nos comunican: mensajes que pueden estar en el lenguaje de este mundo o en otro, pero que mantengan ese equilibrio primigenio que nos hizo hallar la palabra.

Suelo, por lo general, pensar en libros antes que en poemas sueltos. Ideo una foto, una imagen primera, y a partir de allí los diferentes matices y cuerpos / figuras van apareciendo. Obviamente en esa imagen hay una temática y un contar, pero trato de no pensar en temas. Claro que en la literatura hay temas, como núcleos de acción, pero prefiero obviarlos y concentrarme en movimientos. Desplazamientos. Si el libro queda corto le agregamos uno que ande por ahí huérfano de libro, pero debe tener cierta familiaridad física. Construir un poemario es construir un puente con diferentes metales que tengan la misma tensión y resistencia. Después de todo es uno mismo quien toma el riesgo de cruzar por allí.

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Sujeto compuesto // Laura Massolo

¿Cuántas palabras se necesitan para resumir una vida? A Laura Massolo le basta con unas pocas páginas. Con una naturalidad imperceptible logra introducir al lector en la rutina diaria de las protagonistas de sus cuentos. Todos los actores se revelan con pocas pero contundentes palabras y cada situación se dibuja frente al lector sin demasiados detalles, pero con una fuerza tal que lo arrastra irremediablemente hacia el interior de cada personaje y lo deja vagando entre los -a veces oscuros, a veces simples y mundanos- pensamientos y sentimientos de estos.

Cada cuento se lee con curiosidad, con ansias, como quien intenta entender la trama de una película que agarró por la mitad. Y con espíritu fisgón, como si cada uno fuera una pequeña ventana por donde se permite espiar la vida de alguien, sus secretos e intimidad.

Las  mujeres que protagonizan los relatos están solas, rotas o emparchadas; encerradas en una opaca cotidianeidad a la que la autora le saca brillo sólo con el ímpetu de su prosa. Sin palabras grandilocuentes y sin aires de grandeza presenta a estas mujeres que al principio pueden confundirse tan simples e inofensivas como la petrificada rutina en que viven.

La identificación con las protagonistas ocurre casi de inmediato en cada cuento, la primera persona y la narración omnisciente así lo facilitan. Aunque esto también se debe a que, con su narrativa, Massolo permite ver y oír los pensamientos de los personajes de forma clara y transparente, haciendo como si las palabras en realidad vinieran desde lo más profundo de las entrañas de quien lee.

Son vidas enteras resumidas en pocas oraciones. Relatos que, si bien no se relacionan directamente, dejan hacia el final del libro la inquietante sensación de que todos los personajes son la misma persona, todas facetas diferentes de un mismo ser: de un sujeto compuesto. Compuesto por luces y sombras, por decepciones y alegrías. Compuesto por retazos de muchas vidas, que son a la vez una sola y misma existencia.

Así cada cuento es un espejo en que el lector se refleja y, a veces, reconoce. En algunos ese reflejo le devuelve oscuridad y entonces una mujer temerosa del escándalo encubre un abuso. En otros en cambio, ese espejo muestra, a quien quiera mirar, todos los pasados posibles y los futuros que no fueron, y entonces una médica arrepentida se aleja de quien nunca debió enamorarse. Pero a su vez la vida está llena de magia y eso también puede verse en el espejo, cuando los detalles de un sueño, pequeños y terrenales, se escapan hacia el mundo de la vigilia, complicando la existencia de la soñadora.

Logrando combinar elementos de realidad y fantasía, pasando constantemente del tedio a la sorpresa, esta serie de dieciocho cuentos, reunidos para la ocasión, alcanza un equilibrio perfecto entre ambos mundos. Si  bien las historias no llegan nunca a cruzarse, todos los cuentos comparten el mismo tinte ácido y tono sombrío que define las vidas de sus protagonistas.

Personas estancadas en una cotidianeidad de apariencia inquebrantable, donde la felicidad no es algo de hecho alcanzable sino el cuento de algún charlatán en el que ya ni siquiera se cree. Una cotidianeidad donde, sin embargo, surge de tanto en tanto lo absurdo, lo incoherente para terminar de reproducir, de manera impecable, esa forma abrupta que tiene a veces la vida de sacudirnos el aburrimiento.

Sujeto compuesto – Laura Massolo – La Letra Eme – 2014

Por Lucila Fernández

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Martín Ferro es un chico que vive con su madre y su abuela en un barrio de Buenos Aires. Estamos en 1978. La vida transcurre sin mayores sobresaltos hasta que la internación de la abuela en un geriátrico y el trazado de la autopista con la consiguiente remodelación urbana vienen a modificar, definitivamente, la infancia de Martín. A partir de ese momento, los viajes a Turdera se convierten en un ritual que incluye el visitar a la abuela y frecuentar al tío Pedro, en cuya casa el chico despierta a la conciencia social y política del país.

Con el tiempo, un joven Martín devenido periodista se propone escribir un artículo sobre su barrio de infancia. Esta indagación lo lleva a personas y lugares ligados a ese pasado: Krumsjolk, el psiquiatra que atendió a su abuela; una vecina de su misma edad; su madre; el tío Pedro y su entorno. Pero la pesquisa va más allá de su pasado personal, hasta la memoria familiar de un hecho delictivo que vuelve desde el dossier psiquiátrico de su abuela.

Esta es, a grandes líneas, la trama; está lejos, sin embargo, de ser una historia simple.

 2

“¿Qué era ser periodista? De lo primero que había desconfiado era de esa supuesta entrega por la verdad, como si la verdad fuera una exterioridad a descubrir, ajena a los prismas desde donde se miran los hechos inmaculados.”

“El silencio era algo más que un lema oficial, y se había impregnado en el trato cotidiano. Un apagón sonoro que intentaba refundar los oídos, que pergeñaba abolir ruidos anteriores y comenzar de nuevo. El silencio es salud era la contracara, en un punto, de la locura como estallido. El intento de acallar una chispa. (…) Un país en estado de sitio era un país silenciado”

 “Los asados de cada 1° de mayo eran la fiesta mayor del año. Como una congregación espiritual que reordenaba la vida de la familia y los primos, donde se repasaba lo acontecido y se resolvían alineamientos que con el tiempo, aunque fuera displicentemente, se habían jugado allí. (…) Era algo así como un clan, una comunidad laica hasta los tuétanos, pero espiritualmente ligada.”

3

Al sur de Gabriel Lerman discurre entre el pasado – en el contexto de la última dictadura militar – y un no fechado presente. Este viaje a través del tiempo propone una excelente y minuciosa indagación de conductas personales y colectivas. Las precisas y atinadas observaciones sobre  la ciudad, sus habitantes y los prejuicios con que éstos la perciben, nos presentan a un narrador con pleno dominio de su oficio:

“Ahora volvía a pensar en esa idea tan arraigada en los porteños de los barrios nuevos: una desconexión absoluta con toda historia mayor a cincuenta años. Una desconexión que empezaba por romper lazos con la historia pequeña de la ciudad, con el pasado colonial, y una desconexión mayor con la historia amplia del país, al cual desconsideraban y obviaban en su modo de ver las cosas, como si se tratase de otro país, lejano, incomprensible, de otros”.

Con una prosa austera,  inteligentemente equilibrada entre la emotividad y la reflexión, Gabriel Lerman se lanza a la difícil tarea de narrar sobre la memoria de un personaje, un barrio, una ciudad y un país. Inevitablemente, dicha evocación supondrá leer palabras, sobreentendidos, silencios y otros signos no verbales; abierto al asombro y  al misterio, y hasta lo siniestro, el narrador acompaña al lector en esa lectura común. No es poco mérito que una novela, además de contar, provea una visión del mundo e, indirectamente,  herramientas para interpretar dicha visión.

Por Ignacio Vázquez


Al sur – Gabriel D. Lerman – Astier  Libros – Buenos Aires – 2016

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Hacia 1960 se inicia la duradera explosión editorial de Cataluña. A dicha explosión debemos varias cosas: el correspondiente boom latinoamericano; la consagración que suponía premios como los que otorgaban Seix Barral, Nadal o Planeta; la lenta y sistemática adquisición de traducciones argentinas vía Sur o Losada (que circulaban clandestinamente durante el franquismo); una labor ingente de difusión y , con suerte, consagración de autores dentro del mundo hispanohablante: pensemos, por dar sólo tres ejemplos, en Umberto Eco, figura ligada a la editorial Lumen, en Bukowsky, divulgado por Anagrama, o en Elías Canetti, editado –previamente a que ganase el Nobel- por Mario Muchnik.

Agréguese, a todo lo anterior, la secular producción editorial en lengua catalana; hecho que -más allá del aspecto “cultural”- se reviste, más bien, de gesto político.

Semejante  actividad  no podía quedar exenta de una mirada retrospectiva, una suerte de balance –comercial y moral- de tantos años de leer, arriesgarse por un autor, editar y promover libros. En este sentido hay, en España, una suerte que, a excepción de Victoria Ocampo, no hemos tenido en Argentina: las autobiografías de los editores. Así, podemos asomarnos a los fascinantes engranajes construidos por Carlos Barral  en Seix Barral (Memorias) , Jaime Salinas en Alfaguara (El oficio de editor) Jorge Herralde  en Anagrama (Por orden alfabético. Escritores, editores, amigos) o la chispeante Esther Tusquets en Lumen (Memorias de una vieja dama indigna)

 2.

Toda esta digresión pertinente desemboca (¡al fin!) en el libro que ya debíamos estar comentando: Por el gusto de leer, de Juan Cruz, una extensa y exquisita entrevista a la editora Beatriz de Moura.

Si hay un tipo de autobiografía que no es monocorde es la de los editores: a la voz del editor, se suma el coro de traductores, los diseñadores gráficos, los agentes literarios, los escritores, las viudas de los escritores, el poder de turno, los críticos, los cineastas,  y un público impredecible.

Beatriz de Moura se explaya, generosamente y con lúcida memoria, sobre las figuras de su catálogo. Sin pretensión de exhaustividad, desfilan Woody Allen, John Irving, Rodrigo Fresán, Henning Mankell, Murakami, Javier Cercas, Cioran, Kundera y tantos otros.

 Dos episodios cabe resaltar en este libro. Uno, se refiere al hallazgo que realizara  Jean-Jacques Pauvert (editor de las obras completas del Marqués de Sade, al cuidado de Bataille) del manuscrito de El mito trágico del Angelus de Millet, escrito (y extraviado) por Salvador Dalí.

La otra historia se refiere a la publicación española de El amante. La inolvidable cubierta de dicha edición proviene de una foto que eligió de Moura  estando en la casa de Marguerite Duras. Si bien la escritora se había mostrado, en principio, reticente a esa foto de sus 18 años, de Moura ganó la partida y la edición del libro en español fue un suceso que se repitió en otras traducciones del mismo libro.

Asimismo, cabe señalar la estratégica segmentación de Tusquets: la colección Andanzas (narrativa) La sonrisa vertical (erotismo) Nuevos Textos Sagrados /poesía) Fabula ( narrativa, pero en formato de bolsillo)Metatemas (ciencia) Los cinco sentidos (gastronomía) Biblioteca del Nuevo Mundo (autores latinoamericanos) o Tiempo de Memoria (autobiografía). Sólo con La sonrisa vertical se podría hacer un memorable desfile de talentos: marca el inicio editorial de Almudena Grandes (Las edades de Lulú) el gran libro autobiográfico del cineasta francés Cyrill Collard, Las noches salvajes o Eso no del argentino Marcelo Birmajer, con su correspondiente “traducción” al coloquialismo ibérico y clásicos como el Marqués de Sade o Henry Miller.  Otros formatos tuvieron su auge en las décadas del ’70-’80, como los Infimos.

 3.

Las cualidades esenciales de un editor, según Beatriz de Moura:

Amar la lectura y, por supuesto, haber sido ya previamente, un lector asiduo, de preferencia desde muy joven y, mejor aún, desde niño.

Haber sido agraciado con el don de la curiosidad.

Carecer de prejuicios: un libro gusta o no gusta, cualquiera que sea su género literario, de dondequiera que provenga (culturas, países o lenguas) quienquiera que lo haya escrito (…).

Tener facilidad para los idiomas.

Estar dotado de un desarrollado “don de gentes” y de un notable don de la movilidad.

Haberse curtido en alguna experiencia laboral previa  en las distintas actividades que genera una editorial – y saber en cuál de ellas, de preferencia, puede dar lo mejor de sí mismo.

(…)

Ser competitivo, aunque (muy importante) sin caer en la envidia.

No ser tacaño, sin ser manirroto.

Nunca pretender trabajar con horarios fijos.

Desprenderse del propio ego, cueste lo que cueste. Los únicos en una editorial que, por lo visto, pueden permitirse el lujo de exhibirlo, son los escritores)

Aprender de los errores casi cotidianos y, por tanto, a ser humilde (…).

Tener lo que suele llamarse “buen vino” y, de ser posible, “buena resaca” con el fin de participar con buen ánimo a toda suerte de saraos y, al día siguiente, ponerse a trabajar como si no hubiera estado de farra hasta las tantas.

Finalmente, saber decir “No” a un manuscrito sin herir susceptibilidades, y “No” cuando el presupuesto lo impida.

 4.

La lectura de estas memorias debieran ser de rigurosa consulta para todos aquellos que creen que editar se reduce a cumplir el capricho de uno que escribe y a tercerizar en una imprenta la tarea editorial. Beatriz de Moura nos demuestra que, lejos de tal facilismo, editar es una aventura extraordinaria que crea, entre el público y los libros, una fidelidad indestructible.

Por Ignacio Vázquez


Por el gusto de leer. Beatriz de  Moura, editora por vocación – Juan Cruz Ruiz – Tusquets  -Buenos Aires, 2015

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bartolomei

Somos una familia // Fabio Bartolomei

Todos en su casa tienen archivado un álbum de esos viejos donde se guardan fotos de reuniones familiares, cumpleaños y cenas. Muchas veces en la captura del gesto se puede ver a los niños jugando y a los adultos sonriendo. Ahí quiere vivir Almerico, donde cada problema puede aparentar ser otra cosa, donde todo es disfrazado y convertido en un juego. En esta novela se narra la historia de una ‘típica’ familia italiana a través de la voz de un niño que tiene como misión buscar una forma de resolver todos los problemas del mundo, partiendo desde su hogar. A partir de un registro metódico de los acontecimientos, su mirada da a conocer a una familia que tiene todas sus piezas y que parece, en la superficie, ser feliz. La narración que presenta Bartolomei se va hilando desde la percepción de un chico que trata de comprender su contexto a través de fantasías y cuentos construidos por los adultos.

Almerico lee el diario, mira las noticias y anota cada hecho que los medios le muestran, al igual que cada situación que sucede dentro de su casa. En el comienzo, el horror de las noticias mundiales contrasta con la cotidianeidad de los Santamaria. Su hogar es un lugar de protección y felicidad. Porque cuando se tiene una familia como la Santamaria no se necesita nada más. De a poco, Al comienza a ligar los datos de los medios con los problemas de su círculo más cercano y su angustia estalla. El hogar y su familia se muestran como realmente son: los muebles, como viejos soldados, se exhiben con las marcas de cada mudanza; y los miembros de su familia se dibujan como marginados tratando de encajar en la sociedad.

Las piezas unidas de los Santamaria, entonces, se van perdiendo y comienzan a reacomodarse de otras formas. La historia sobre la cotidianeidad de una familia se transforma en la narración de un grupo de inadaptados que hacen lo imposible por escapar de ese lugar.

Para que la realidad no siga colándose entre las piezas que unen su círculo Al, junto a su hermana y sus amigos, disponen un plan para realizar el sueño de sus padres de alcanzar la casa prometida. Pero el paso del tiempo y el cambio llegan y Al va a reencontrarse con su pasado, reviviendo obsesivamente recuerdos de su niñez. El develamiento de los espacios oscuros lo lleva a enfrentar su presente y comprender que una familia no es solo la de su pasado.

Somos una familia – Fabio Bartolomei – Tusquets – 2016

Por Agustina Aranguren

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Elías Alejandro Fernández entrevistó a Kike Ferrari, escritor argentino ganador de múltiples premios nacionales e internacionales (Cuba, Francia y España), metrodelegado y trabajador en mantenimiento de la estación Pasteur-Amia de la línea B de subte en el turno noche. 

Cultura Kike Ferrari, escritor que ademas trabaja por las noches en el subte. foto de Alejandro Guyot

Foto de Alejandro Guyot

Enrique “Kike” Ferrari –apodo con el que se lo conoce desde la adolescencia- tiene tres trabajos: es maestranza del turno noche en la estación Pasteur – Amia de la línea B de subterráneos, delegado sindical de base y escritor de género negro premiado en varios países, con una obra que arranca en el año 2004 con la publicación de su novela “Operación Bukowski” y continúa hasta hoy, con el reciente libro de cuentos “Nadie es inocente”.

“Está bueno el laburo sindical”, dice Enrique mientras se cambia los pantalones de calle por los de trabajo en una silla de plástico. “Me permite desalienarme un poco del laburo en sí, que es barrer el piso, sacar mucha basura, bastante de mierda, la verdad, en un horario en el que yo debería estar abrazado a mi esposa durmiendo. Ponele”.

Son las once de la noche. Luego de corroborar que no haya pasajeros en los andenes, cierra todas las puertas de acceso a la estación y detiene las escaleras mecánicas con una llave maestra. La gaveta en la que nos ceba unos mates con el dispenser de agua caliente está repleta de referencias a River Plate, el amor de Kike complementario a sus tres hijos. Es un espacio de aproximados metro y medio por metro y medio acondicionado lo mejor que se puede.

¿Solés escribir de noche?

Yo escribía de mañana históricamente. Escribía sábados y domingos a la mañana. Tenía durante varios años laburos de lunes a viernes y a Sol (mi mujer) en igualdad de posibilidades le gustaba dormir más que a mí. Y entonces me despertaba temprano -a las nueve, a las diez- los sábados y los domingos y escribía hasta la una, ponele. Después de entresemana corregía, quizá, pero no. Ahora esas tres horas no las tengo nunca. De vez en cuando, cuando el proceso está más avanzado puedo ponerme más que nada a corregir, porque lo que tengo son ratitos. En ese sentido el proceso de escritura está un poco dificultado por mi tarea, en realidad. Y por los tres hijos, a la vez. Los dos chiquititos han sido un cimbronazo para mi tarea como escritor y para todas las demás.

¿Cómo percibís en este momento el acceso de los autores argentinos a la posibilidad de darse a conocer? Vos que publicaste en otros países mucho antes que acá.

Yo empiezo a ver una distorsión en mi perspectiva. Yo batallaba para poder publicar, para  ingresar al mundillo de las letras. Por pequeño que fuera, se entiende. No soy Claudia Piñeiro, no soy Pablo Ramos, Andrés Rivera, no, un lugarcito chiquitito entre unas pocas personas que saben quién soy. Y de las pocas personas que saben quién soy hay un grupito chiquito que me leyó. Pero cuando yo estaba un poquito más atrás escuchaba a cualquiera que estaba donde ahora estoy yo  decir algo como “bueno, publicar está difícil, pero le dan un poco de tesón y publica cualquiera, es cuestión de paciencia, la publicación llega”, y me daba una bronca bárbara. Porque me parecía que me estaban sobrando. Y en realidad la sensación que tengo ahora es esa. Con “un montón de trabajo”, si te agarra escribiendo, si tenés un mínimo de lectura crítica de vos mismo, si el laburo está más o menos bien hecho… Se lee muy bien, en este país. Hay mucho payaso que publica, también, mucho payaso que es leído, inclusive, pero hay un promedio de lectura bastante piola. Entonces la publicación te tiene que encontrar trabajando. Y tenés que estar haciendo un laburito más o menos decente. Si vos manejás esas dos variables yo entiendo que más temprano o más tarde, en general temprano, se puede publicar. Ahora: yo hace doce años que publiqué mi primer libro. Y hace siete que gané mi primer premio importante. Y esa poca gente que me conoce y dentro de la poca gente que me conoce la que me leyó me conoció sobre todo en los últimos seis meses porque salieron notas por todas partes que dicen que barro el piso. Entonces también hay una cosa del azar, ahí. De en qué esquina cuelan el personaje tuyo que tiene poco que ver con tu trabajo”.

Te convirtieron de alguna forma en “el escritor proletario”.

El escritor proletario, sí, tal cual. Sí, le decía a una piba, una francesa que me preguntó “¿no te jode a vos esta etiqueta?”. Y es rarísimo lo que vos me preguntás, porque si a mí me hubieran ascendido, -no que trabajara en la facultad dando clases de literatura, que eso no asombra a nadie- si yo en lugar de estar trabajando acá estuviera vendiendo boletos la nota no existe. La nota es “yo trabajo en el fondo de la escala laboral, limpio caca de ciruja y soy artista”. Bueno, como sea bienvenido sea. Porque de cualquier otra forma hubiera sido el escritor karateca, el escritor hincha de River, el escritor tomabirra. Todas me sirven, no me importa, siempre y cuando eso lleve al texto y yo dialogue con más gente.

¿Hay como un aura que lo termina personificando al autor por encima de lo que es su obra?

Claro, lo que pasa también es que es un laburo difícil bajarse de ahí. Yo pienso: por suerte los quince minutitos de fama se acabaron. Porque yo lo que tengo que hacer ahora es aprovechar este impulso que hubo y salir de ahí. Yo aspiro a que dentro de un año no me pregunte nadie más donde trabajo”.

Que te pregunten si estás escribiendo algo nuevo.

Yo entiendo que lo que va a pasar es que de última voy a filtrar para que me pregunten de pronto sobre el laburo gremial, no más. El tema que yo soy un laburante manual se diluye un poco. Se le puede dar como a todo lo demás una voltereta política, que era lo que a mí me interesaba. Cada vez que venían a preguntar, “che, que raro, como sentís estas dos vidas” y yo “no, ningunas dos vidas. Ustedes son unos trastornados que creen que los trabajadores somos todos monos que no sabemos hacer nada”. Y los trabajadores hacemos obras de teatro, vamos a bailar flamenco, escribimos novelas, pintamos cuadros. Si nos da la nafta hacemos una peliculita o por lo menos lo imaginamos, no sé, tocamos la guitarra, un montón de cosas.

Sí, tenés que laburar para poder mantener tu materialidad.

Claro. Pero la cultura no es un privilegio de la burguesía. Yo cuando escribo no estoy haciendo arte. Yo no soy un pelotudo dadaísta, soy un trabajador de la narrativa. Yo escribo historias. Me rompo el culo para que el lenguaje entre en lo que yo quiero decir. Peleo un montón con mis personajes para que sean coherentes y creíbles. Completos. Y le meto horas y horas para que las historias no se me vayan al carajo, y que den cuenta de lo que quiero contar. Entonces es un laburo que quizá tiene menos esfuerzo físico que levantar baldes, pero es un laburo.

Que te lo plantean como un privilegio artístico.

Claro, a mí Clarín me pidió una nota para ‘Mundos Íntimos’ que no la pude hacer. Les mandé una nota con lo que yo estaba dispuesto a escribir y me dijeron ‘no es esto lo que queremos, lo que queremos es que nos cuentes la diferencia entre el mundanal barro y el mundo etéreo de las artes’. Yo necesitaba la plata. Pero no puedo escribirla. Además de que no me pasa, es opuesto a lo que yo quiero que sea dicho. Así que hoy mismo necesito esa plata.

La relación entre tu literatura y la política. ¿Desde dónde parte?

Yo por supuesto tengo una mirada política y una intención política de mi literatura, pero los tiempos de la literatura y los del realpolitik son distintos, entonces me parece que no lo puedo pensar así. No es un volante. Seguramente lo que yo escriba va a partir o va a generar unas preguntas o voy a estar haciéndome unas preguntas a esta coyuntura actual o a la coyuntura anterior que permitió esta o a cualquier otra variante. En mi caso la relación entre la literatura y la política se da muy naturalmente. No digo espontáneo porque nada es espontáneo, pero quiero decir: yo pienso en política un montón de horas por día. Entonces cuando me siento a escribir eso se filtra en lo que escribo, y es una preocupación constante en mi vida en general,  el mundo horrendo e injusto en que nos fue dado vivir. Entonces por supuesto, cuando cuento historias cuento historias de un mundo injusto y horrendo, y naturalmente señalo a los más horrendos e injustos cada vez que puedo. Pero no corresponde a un programa, digamos, no es en el sentido del realismo socialista, ni siquiera de Brech.

Son situaciones que sencillamente describís.

Es que además es una cosa muy íntima. Es como los chistes. El humor, la humorada, lo que a vos te sale. El tipo que vive pensando en culos hace casi todos chistes que terminan en culos, los que viven pensando en futbol casi todos los chistes tienen que ver con lo que pasó el domingo, con que si Riquelme “está felí” o qué pasó con Messi o el silencio atroz o si el panadero tiró gas pimienta, todos chistes que yo hago, en cualquier caso. Y si vos estás mucha parte de tu tiempo o es un interés importante en tu vida la política es probable que se te ocurran chistes o humoradas a partir de la coyuntura política. Y esas humoradas tengan una intención hacia un lado. No hablar de las enaguas de Hebe de Bonafini. Uno hace unas humoradas sobre los malos, en general. Y la literatura medio que juega con el humor, me parece.

¿Y la política por fuera de la literatura? Hablanos de tu actividad sindical.

Cuando salís de la propaganda, del agite, de lo testimonial, cualquier cosa que hagas modifica la vida real de la gente. Para bien o para mal. Cada discusión que vos llevas adelante en general tiene un rebote en algo que va a pasar. No es joda. Vos te equivocas y te equivocas una bocha. Y más que nunca entonces se te bajan los humos de la iluminación y uno hace política con otro, porque si te llegas a equivocar nos va a costar el aumento de este año, entonces equivoquémonos todos. Lo que tiene este sindicato por lo menos es como una sensación de que se pueden mover los límites de lo posible. Los compañeros no evitan el posibilismo. Entonces casi cualquier idea está sujeta a discusión. Casi todo puede ser.

Volviendo a la literatura, ¿vos creés que esta cuestión que nombraste antes de que hay mucho payaso que publica y que hay mucho payaso que es leído está ligado a una industria editorial crea a esos personajes?

Andá a saber. Sí, en la industria hay algo de máquina de hacer chorizos, también. Cuando algo funciona es replicado. Pero para no cargarle todas las culpas al sistema, que las tiene casi todas, quiero decir que también en editoriales chicas y en el mundo del género en que yo publico y en un mundo todavía más chiquito en que nadie se lleva ninguna moneda hay mucha gente que escribe con los codos. Y es leída por gente que lee con las rodillas, no sé con qué leen. Entraríamos acá en una vieja discusión sobre la objetividad y subjetividad en el arte, entonces ‘quien soy yo para decir esta cosa de que escriben con los codos’. Bueno, si en una página hay dieciocho veces adjetivos terminados en “mente” y uno es “mentalmente”, está escrito con los codos. Y se publica eso. La gente lo lee, y la gente lo lee y lo aplaude. Y no es en el mundo de las grandes editoriales, no es Andahazi  que bueno, no sabe escribir y las historias son todas iguales y no se sostienen pero lo fabricaron porque es lo que la derecha quiere que sea la literatura, como una versión en tapa dura de la revista Caras. Pero también pasa en unos ámbitos más bajos, más under.

¿Entonces es una cuestión de qué?

También es del mal gusto. El trabajo hecho sin sinceridad, hay de todas partes.

Bueno, la pregunta que por ahí no te habían hecho antes: ¿Estás escribiendo algo?

Estoy escribiendo algo, sí. Empecé dos novelas que dejé y siguiendo los pasos de Paco (Taibo) que dice “si uno tiene dos novelas estancadas la única forma de desestancarlas o una de las formas es escribir una tercera. Lo que se acerca bastante a una forma de locura. Y empecé una tercera novela que avanza lentamente pero que pareciera que va a ir a algún lado. Es una novela en la que voy a jugar un poquito con la ciencia ficción. Es como una versión troska de Terminator.

Ah, bueno (risas). Habías hecho algo así antes, con Sherlock Holmes.

Claro, es lo que hice con el género negro. Antes de entrar a un lugar camino un poco los bordes, miro, tanteo los límites y las herramientas que se pueden usar. Y cuando encuentro la historia la cuento. A veces sale y a veces no sale. Esta pareciera que va a llegar a destino, que se va a dejar contar.

¿Hacia dónde pensás que mutó la literatura? El género narrativo está muy presente, quizá, en forma de serie, que vino a desplazar a la industria del cine con guiones bastante elaborados.

Hay algunos programas de difusión cultural. Algunos mejorcitos, otros no tan buenos. Algunos muy interesantes, está este donde me invitó a mí Quiroga, que es un tipo que está hace muchísimo tiempo y hace un laburo muy piola. Pablo Ramos tenía un programa que se llamaba “El animal que narra”, una cosa así, que cada vez se entrevistaba con un escritor y hablaban de un relato específico, una novela. Está buenísimo. Y después sí hay unas cosas bastante interesantes que sucedieron y no sé si van a seguir sucediendo, que tienen más que ver con los usos de la literatura. Pienso en la miniserie Los Siete Locos, que salió en 2015, o las charlas que dio Piglia en la TV pública.

Piglia fue también guionista.

Fue guionista en Los Siete Locos, también. Pero digo: las charlas estas que dió, cuatro charlas magistrales sobre Borges y momentos de la novela argentina en la historia fueron todas cosas esplendidas. Un intelectual del calibre de Piglia a las nueve de la noche de un sábado, teniendo aire para hablar sobre nuestro escritor mayor es una locura. Y probablemente no vaya  pasar en esta etapa. De momento me parece que ahí hubo una cosa interesante y después sí, esto que vos decís, hay mucho escritor volcado al guión. Se abren algunas puertas, se entiende que ahora las pantallas chicas van a estar un poco más difíciles para las historias más extremas, entonces se va a volver un poco a la pantalla grande. Hay algunos compañeros que están haciendo miniseries  y va a haber como cierto traslado del trabajo del capital humano de un lugar a otro.

Que fue igual lo que pasó en varias etapas de la industria del cine, en las huelgas de guionistas…

Sí, lo que pasa es que sí aprendimos algo de todas las otras veces, debiéramos encararlo de alguna otra manera para que no sea un sufrimiento como en aquellas otras oportunidades. Pero se ven ficciones muy lindas, muy buenas. Muchas de las cuales están un pelín por encima de la industria del cine.

¿Qué le pide el público al escritor?

Yo creo que depende el ámbito. El mundo de los lectores es un abanico muy amplio. Lo que creo que es común en el grueso de aquellos que están involucrados con la literatura en tanto consumidores, es cierto deseo porque que el escritor sea igual a sí mismo.

¿A como escribe?

No, a la idea que el lector tenga de ese escritor. Entonces espera que Abelardo Castillo sea flemático y aparezca poco. Y se espera que Leo Oyola sea del conurbano y diga cosas de bailar. Y sea amiguero. Y si alguien esperara algo de mí sería que haga algún comentario político en medio de lo que estoy diciendo y que diga alguna mala palabra. Y se espera del pelotudo de Terranova que haga alguna provocación ultraderechista. Me parece que hay eso: una tendencia a pedir que el escritor sepa que es casi el mismo. Que cuando es a la persona publica, no es tan grave. Porque es casi lo que uno le pide a los amigos, o a los familiares. “No te vendas”. Pero es más difícil cuando se refleja en la literatura, y eso sí es un peso que hay que intentar esquivar. Que yo veo bastante patente, y no estoy seguro que a los lectores habituales de Fabián Casas les gustara que él aparezca con una novela instalada en la Alemania de 1824. Me parece que se sentirían desilusionados y molestos. Traicionados en su deseo, porque no está diciendo cosas de Boedo y filosofía. Y me parece que hay que tratar de rajar de ahí. Que hay que salir del lugar de comodidad, que hay que salir del lugar de lo que se espera que hagas, que hay que ponerse el cinturón blanco cada vez que uno pueda. Arrancar otra vez, y ponerse en estado de incertidumbre, dice Casas, que es una frase de él muy linda.

Una vez que encontrás una fórmula que te funciona, abandonarla.

Tratar de dejarla un rato, aunque sea, o usarla para otra cosa. Testearlo en otro marco, a ver si funciona también. Tratar de romper un poquito con vos mismo. Porque lo que es importante que vos te lleves a la literatura va a estar igual. Es lo que hablábamos al principio. Después hay distintas cosas que se esperan en distintos lugares. Hay un coto más chico, el que yo conozco mejor que es el del género negro que es que estemos todos todo el tiempo con todo, y se espera mucho amiguerío y mucha reclamación. Y en otros lugares seguramente se esperan otras cosas, en el circuito de la poesía, seguramente al ser más reducido todavía debe tener unas características propias. El lector de feria del libro debe esperar de sus autores preferidos un autógrafo, como si fueran Pablito Aymar, o Charly García. Pero me parece que lo que unifica todo eso, lo que es el común en todos esos distintos lectores es como la esperanza de que el escritor sea más o menos igual no a sí mismo en lo que el tipo es, sino a sí mismo en lo que el lector espera.

¿Pasó a ser más importante el escritor que su obra?

En un montón de casos yo entiendo que sí.

¿Tendrá que ver quizá con un giro hacia una cultura de lo audiovisual, del texto breve, la cita, Facebook?

No sé. Me parece que sí hay en como se escribe una injerencia muy importante de lo audiovisual. El otro día no me acuerdo quién me preguntaba por qué la mayoría de los libros de los que estamos escribiendo uno los lee y piensa que fácilmente podrían  ser llevados al cine. Y es porque todos crecimos con el cine. El cine tenía toda una vida cuando nosotros llegamos acá, entonces estamos cruzados por eso. Miramos la tele. Y las formas más nuevas, si bien todavía no han terminado de filtrar o de colar en el entramado. No pienso en lo formal, en ‘bueno, escribamos la novela epistolar del siglo XXI entre mail y whatsapp’. Todo lindo, pero eso es una paja formal. Que lo podés hacer si hay una historia que lo requiere. Sino es para hacerte el canchero. Pero por supuesto que todas las formas de comunicación vienen a mover el amperímetro de la relación entre el lector y el escritor. Para mí lo que es más fuerte de las redes, sobre todo, es el nivel de cercanía. Entonces ahí si el lector supone muchas veces que puede reclamar una cosa en lo personal, una coherencia porque Facebook dice que es tu amigo. Probablemente en algún punto entienda que es tu amigo. En realidad yo no soy amigo de Andreu. Me tiene  de contacto en Facebook y me lo crucé en dos festivales. Pero yo amigo soy de Daniel. De Juan Matios. Sí me parece que modificó radicalmente las relaciones entre los autores- sobre todo los autores más del raso- y sus lectores. Y que si uno no anda con cuidado puede ser que eso te lleve un poquito puesto.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Tres años antes del nacimiento de Diego Armando Maradona, el fútbol argentino sólo hablaba del gol de Corbatta a los chilenos. Se dijo que se amagó al equipo entero, que fueron sólo dos rivales, que después de pasar a algunos volvió hasta la mitad de la cancha para seguir esquivándolos o que sonreía a los fotógrafos antes de tocar la pelota con suavidad. No era casual que lo apodaran el Loco: una verdadera joya que desafió a la lógica y que sin embargo, representa un gran misterio deportivo. En una época en la que el fútbol se limitaba a las radios y las revistas, no existen registros fílmicos del gol: solamente queda una sucesión de ocho fotos que de todas formas requieren de bastante imaginación para reconstruirlo.

Un camino de reconstrucción propio tuvo que hacer a su vez Alejandro Wall, el autor de “Corbatta, el wing”, para dar con la verdad -al menos parcial- de la vida del ídolo de su padre que supo darle a Racing y a Boca dos títulos nacionales a cada uno y dos Copas América a la Selección Argentina entre finales de los 50 y principios de los 60, pero que terminó en el olvido, consumido por el alcohol y viviendo de prestado por las calles de Avellaneda. “A los wines, los punteros o -como se los llamó en la posmodernidad del fútbol- los extremos, esos hombres que juegan sobre la raya, se los asocia con la locura, la libertad para jugar; los wines son los románticos del fútbol, los que juegan sin reglas y sin lógica, en la cornisa”, dice Wall en una de las primeras páginas del libro. Y agrega: “Pero también se los vincula con la fatalidad. Los wines son los locos y los borrachos”.

El Loco además ostentó un récord en soledad durante más de cinco décadas,  pero a partir de 2014 lo comparte con Messi: desde 1958 se mantuvo como el único futbolista argentino en haber convertido goles en los tres partidos de la primera fase de un Mundial. Números que más de un periodista de hoy exhibiría con orgullo.

Oreste Osmar Corbatta, que no sabía leer ni escribir y que con los años pudo improvisar una firma garabateando su apellido, hablaba con claridad poética; cuando le preguntaron por qué creía que en el potrero era más lindo que jugar en el césped, respondió: “Porque cuando se levanta el polvito de la tierra, escondés la pelota y no hay Dios que la encuentre”.

Alejandro Wall tienía 12 años cuando Corbatta falleció en 1991. Esa es la edad en la que los ídolos se hacen superhéroes en carne propia. Movido por esa pasión, durante cuatro años siguió los rastros de la vida del crack a través de un cuidado y comprometido trabajo de investigación que además supo manejar de manera muy inteligente, con sus corbattanos amagues en el tiempo, los hallazgos funcionales a un relato que sostiene la tensión y el suspenso en todo momento.

En una entrevista de 1980 –una de las pocas en las que se le puede escuchar la voz– Corbatta, que ya había perdido todos sus bienes materiales, sentenció: “El dinero se hizo para ir y venir, no para tenerlo. Con oro o sin oro te morís lo mismo. Debajo de la tierra no te podés llevar el dinero. Eso lo aprendí, y no me lo enseñaron en la escuela, porque fui hasta segundo grado. Somos todos iguales, iguales acá, y también muy iguales debajo de la tierra”. Y así como llegó se fue: sin penas, ni gloria.

Hoy un pasaje de Avellaneda, pegado a la cancha de Racing, lleva su apellido. Corbatta, el asistidor por excelencia, el astro de las curvas laterales y cerradas, es ahora -no podía ser de otra manera- un camino con forma de Cilindro.

Corbatta, el wing – Alejandro Wall – Aguilar – 2016

Por Javier Martínez Conde

 

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9789876702522

“I’ve seen the future, brother: / it is murder.” – The Future, Leonard Cohen

 

German Maggiori es el autor de Cría Terminal (Tusquet Editores), una novela laberíntica sobre la paranoia, la manipulación de la información como herramienta de poder y las catástrofes presentes y futuras. Se trata de una obra mutante: conformada con partes de ciencia ficción y del policial negro, momentos que recuerdan los grandes hitos de la literatura gauchesca y escenas que parecen sacadas de un film de clase-B, Cría Terminal erige una distopia alucinante y sumamente violenta, superpoblada de conspiraciones, profecías e historias. Maggiori, lector de Thomas Pynchon y Phillip K. Dick, ha creado en su novela un portal para imaginar el futuro de este mundo (nuestro país, nuestro conurbano).

Buenos Aires, año 2051. En el pantano que alguna vez fue la pampa se encuentra el laboratorio donde la científica Mei Hong, experta en clonación binaria, desarrolla su investigación en secreto. A ella van a tratar los agentes enviados por la A.N.I (Agencia Nacional de Información) para poder entregar exitosamente una dotación de huevos de emú, pájaro australiano al borde de la extinción. El comando lo forma Chico Eisen, un agente analista que alguna vez supo ser campeón en las peleas infantiles vale-todo, un espía necrofílico al servicio del Vaticano y Kurt Sealow, un ornitólogo norteamericano secuestrado por el ejército argentino al entrar al país. Por ultimo tenemos a Alejandro Stelke, adicto a las drogas cuánticas y los implantes cerebrales a cargo de toda la operación. Este es el elenco de protagonistas; sus vidas señalan los senderos de Cría…, una novela caótica y extrema.

A través de un argumento alucinante que trata temas tan dispares como el terrorismo globalizado y el origen del lenguaje, la escritura de Maggiori conduce al lector al centro de esta distopia catastrófica con forma de laberinto. Y aunque el lector se pierda, o no pueda seguir el ritmo de la trama, lo que realmente importa es el viaje. Sin detenerse en ningún momento, la narración logra un sentido de realidad aterrador. Y esto lo alcanza manteniendo (casi siempre, por lo menos) un nivel de verosimilitud que vuelve a la pesadilla apocalíptica que relata algo que imaginamos puede llegar a suceder.

Sin embargo, a pesar del tono lúgubremente profético de esta novela, su lectura no se vuelve insoportablemente dolorosa y ello es en gran medida mérito del narrador. Su voz, a lo largo de sus muchas transformaciones, define la forma mutante de este libro. Del argot bonaerense el narrador pasa por la solemnidad del ensayo académico, por el tono íntimo de las memorias para más tarde parodiar el nefasto castellano de las malas traducciones gallegas. Pero hay algo que se mantiene a través de todos estos cambios. El narrador posee un humor ácido, corrosivo, que avanza o se oculta sin nunca desaparecer del todo. Esto le da la oportunidad al lector de respirar, reírse y seguir leyendo.

Gauchos del apocalipsis, bioética, una conspiración para devolver el poder a Perón en pleno siglo XXI, drogas cuánticas y muchísimo más encierra Cría Terminal. Nos propone el autor un tipo de literatura ambiciosa que reclama para sí una lectura atenta que interrogue lo que estamos leyendo, la información y las explicaciones dadas. Hay que ser tan paranoicos como sus personajes y desconfiar de lo que parece o se nos dice que es verdad. Sin dejar de ser una novela entretenida mantiene al lector preguntándose siempre lo mismo: ¿qué está pasando acá?

Cría terminal – Germán Maggiori – Tusquets – 2016

Por Tomás Peralta

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No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles // Patricio Pron

Cerca del principio de la novela de Patricio Pron (Rosario, 1975), un personaje afirma que la literatura es la disciplina artística que más se acerca a la política. Esta hipótesis sirve como punto de partida para leer No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles, un libro que se detiene a reflexionar sobre la violencia, el arte y la política sin renunciar a contar una buena historia.

La trama gira alrededor de Lucas Borello, un escritor vanguardista hallado muerto durante la celebración de un Congreso de Escritores Fascistas Europeos en la Italia de 1945. Muchos años después Pietro Linden, militante de una organización revolucionaria, decide investigar las circunstancias de su muerte con el fin de esclarecer el pasado de su padre.

Un grupo de escritores fascistas son los narradores de gran parte de la historia. El lector debe pasar tiempo con ellos y acostumbrarse a las voces de quienes defienden abiertamente el régimen de Mussolini. Escapando al lugar común, Pron reconstruye y complejiza el discurso de lo abyecto e intenta atravesar la distancia insalvable que nos separa de aquello que más repudiamos. Así la literatura, como la política, se vuelve un territorio de frontera, un punto de encuentro con distintas formas de otredad.

Si bien el relato transcurre en Europa, varios elementos de la novela tienen cierto aire de familia con la historia de nuestro continente: organizaciones políticas militarizadas que pierden su potencial revolucionario, intelectuales obsecuentes ante el poder de turno, e incluso manifestaciones de la violencia irreflexiva del Estado en una revuelta flexibilización laboral.

El problema de la violencia política atraviesa todo el relato y en ningún momento se resuelve de manera inequívoca.  Con la urgencia de tener que tomar una decisión o con la frágil certeza de haber tomado la correcta, los personajes de la novela se preguntan por la legitimidad del crimen como acción política, sufriendo la disyuntiva entre sus convicciones y los sucesos que tienen como resultado.  Al seguirlos y verse obligados a tomar una postura junto a ellos, el lector comprueba que ni la política ni la literatura son tareas fáciles.

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles – Patricio Pron – Random House – 2016

Por Julián Echandi

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Capitalismo Zombi  // Pablo Heller

Para quiecapitalismo-zombi-okn se sienta perplejo ante los vaivenes de la economía mundial y no acierte a comprender las causas de las recurrentes crisis del capitalismo, la lectura de Capitalismo zombi, reciente libro de Pablo Heller, se vuelve obligatoria.

El autor encuadra su análisis desde el marxismo -es relevante, por ejemplo, su interpretación sobre la ley de tendencia decreciente de la tasa de ganancia- sin desdeñar el aporte de otros planteos teóricos y entrar en debate con los mismos. Desde dicho enfoque, Heller pone la lupa sobre las diversas muertes y resurrecciones del capitalismo, bajo la premisa de que ninguna crisis es debida al azar, sino que están rigurosamente previstas como “solución”. El deslinde minucioso de tal paradoja – que la inmensa mayoría vive como bancarrota y para los happy few se reviste de “condena al éxito”- constituye el mérito central de este análisis.

Así, desfilan ante nuestros ojos la Gran Depresión (1870-1890) y la Primera Guerra Mundial; la consiguiente feliz posguerra y la debacle de 1929; la Segunda Guerra y la segunda feliz posguerra (1945-1973); la crisis del petróleo; las políticas neoliberales; la jauja monetarista rioplatense; la caída del Muro y la entrada abrupta del ex bloque socialista en escenarios de capitalismo explícito; por último, las novísimas crisis del siglo que transitamos.

Heller traza un vivo contrapunto entre los hechos concretos y el análisis teórico. De este modo, evita un riesgo obvio que, lamentablemente, se suele dar por válido en aparentes análisis, y es el de la tautología de explicar los hechos como causas de los mismos hechos. Idéntico rigor procura con aquellas especulaciones teóricas que se desentienden de los datos empíricos, como el teorema de Okishio.

El detallado viaje de Heller pasa por los grandes ejes de la economía mundial hasta recalar en la no menos misteriosa, mutante y zombi economía argentina. Aquí también brilla el análisis del autor, tanto cuando encara el monetarismo de Martínez de Hoz (¿cómo olvidar aquí el inolvidable libro de Enrique Silberstein sobre las desventuras de nuestro peso?) como cuando desmonta falacias a cargo de ministros de economía o de presidentes del Banco Central. Lo que al lector le queda claro de todo ello es que no todo lo que sigue a una pregunta constituye, necesariamente, una respuesta; y menos si la presunta respuesta proviene de funcionarios. Dicho de otro modo: todas las respuestas –provisorias, coyunturales, ambiguas- reenvían al supuesto básico de todas ellas: el límite al capital es el capital mismo.

Pablo Heller concluye su enjundioso estudio internándose en el terreno de la filosofía de la historia. Si bien el autor se muestra convincente, cabe aquí hacer la salvedad sobre los presupuestos de los que parte. A diferencia del rigor precedente, en esta sección aparecen expresiones gratuitas que, por más asertivas que parezcan, no explican nada. “Uno de los hallazgos teóricos legados por el posmodernismo es haber liberado a la humanidad, definitivamente, de la tiranía de la verdad” afirma Heller al comienzo del capítulo 21. A continuación, como argumento de autoridad, cita una frase de Lyotard que tiene la misma consistencia que si la dijera un compadrito: A se convirtió en B; no sabemos cómo, pero debemos creerlo. Llama la atención que la supuesta prueba sea más enfática (“definitivamente”) que argumentativa. En ningún momento define o matiza Heller qué entiende por verdad, ni si se trata de verdad como evidencia empírica, de verdad que se infiere por lógica, de verdad subjetiva. Por otra parte: si la verdad constituyera una tiranía, ¿la liberación provendría de la mentira? Más adelante Heller habla del “oscurantismo posmoderno”, de manera que cuesta realmente entender que una boutade constituya un hallazgo teórico.

Otra falacia –lamentable en un autor inteligente- es la homologación entre pensamiento y clase social. Si bien esta última puede condicionar el pensamiento, no es condición necesaria. “La imposibilidad burguesa de enarbolar un pensamiento abarcador, universal” afirma Heller. Sospecho que Karl Marx, Thomas Piketty, Rolando Astarita y el mismo Heller son, por tanto, brillantes excepciones a dicha afirmación.

Capitalismo Zombi – Pablo Heller – Biblos – 2016


Por Ignacio Vázquez

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pablo-ramosHasta que puedas quererte solo // Pablo Ramos

En Hasta que puedas quererte solo, Pablo Ramos nos encara con la prosa fluida, cruda y elaborada a la que nos tiene acostumbrados. Con un componente místico-psicológico muy fuerte, la crudeza viene a cuento de lo reales que son sus crónicas. Este es antes que nada un libro de confesiones, en el que por momentos parece que Ramos escribe con la culpa de los que sobreviven a una tragedia y tratan de averiguar por qué.

Un libro estructurado en torno a los doce pasos para la recuperación de alcohólicos anónimos en las que el autor cuenta sus experiencias podría devenir fácilmente en una novela de autosuperación o autoayuda.  Si no estuviese escrito por Ramos. Las páginas están repletas de una mística que revela sus trucos en la realidad del día a día, en la tragedia sardónica de sus protagonistas. El libro parece no querer dejar espacio a la ficción, y fiel a su impulso de escribir “para ver qué le pasa”, el autor desnuda las historias de algunos personajes que construyó en novelas anteriores con relatos que nos van a provocar ternura y a dejar un escalofrío reverberando en la nuca.

Lo que se deja claro desde el primer momento es que el dolor está siempre presente, y que los adictos son expertos en refugiarse en él. La motivación para escribir el libro es el terror que le causa “saber y comprobar la enorme capacidad de mutación, la infinita cantidad de variantes y matices que tiene la enfermedad de la adicción. Tantas variantes con el mismo y casi único síntoma: meterse toda la substancia que sea, todo lo que el cuerpo resista jugando en el límite más real que existe entre la vida y la muerte: La muerte en vida”. Frente a ese dolor, la primera instancia de recuperación para los adictos es entregarse a algún tipo de entidad superior distinta. Distinta porque “tal vez el vacío sea el ser superior” al que los adictos se entregan, bajo cuyo influjo intentan transitar esa ambigüedad de la muerte en vida.

Hasta que puedas quererte sólo es quizá una faceta más del ser superior al que el autor deja librada su vida, ser que nos va a ser difícil definir. ¿El vacío? ¿El dolor? ¿Las concepciones religiosas heredadas? Lo que queda claro es que Pablo Ramos construyó mucha vida sobre su literatura, y mucha literatura en su vida. Que aquella era la vida que quería recuperar y al mismo tiempo el medio que tenía para hacerlo. Es la misma necesidad del alcohólico la que crea el libro. “Para acompañarlo, para completarlo, para anestesiar y negar esa abrumadora soledad en la que él se encontró durante casi toda su vida”. La salida se articula en la interacción con los que llevan el mismo estigma. Cuando alguien más puede quererte “hasta que puedas quererte solo”.

Podríamos decir que es la historia de un escritor que trasciende el vacío y sus trampas del dolor para entregarse a “la fe de las palabras exactas”, escribir a todo o nada sobre quién es él.  Un libro que nace de la lucha diaria con el vacío: “No se trata de cometer un sincericidio que traiga más dolor a nosotros mismos, a nuestras familias o a las demás personas. Se trata de poner, de una vez y para siempre, la maquinaria del amor en movimiento. Nuestro temor no es a la oscuridad sino a la luz”, dice Ramos, “a que la oscuridad se ilumine”.

Hasta que puedas quererte solo – Pablo Ramos – Alfaguara – 2016

Por Elías Alejandro Fernández

 

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El último de la estirpe // Fleur Jaeggy

Los relatofleurs reunidos en El Ultimo de la Estirpe de Fleur Jaeggy son un elogio del silencio y de la sombra. O, más bien, estos relatos son un elogio y un reconocimiento de lo que permanece en la sombra y no puede ser observado. No por lo menos de manera sencilla. El misterio y lo desconocido se encuentra en múltiples lugares: en la familia de uno, en el pasado propio y el compartido, en la historia y en el modo en que nos afectan las cosas. En estas historias se demuestra qué es lo que sucede cuando no se reconocen esas áreas en donde el conocimiento no puede acceder fácilmente. Se exploran así los peligros que residen en el límite entre lo conocido y lo desconocido. Sus personajes se pierden en lo que no se puede decir ni nombrar, en lo insondable del mundo. Pero este recorrido sucede de forma distinta en cada cuento. En algunos relatos aquello que está más allá de la vista y la comprensión es fuente de belleza y admiración. Encontramos en ellos personas que se detienen a reflexionar sobre las cosas o los animales cuyo misterio no pueden penetrar: retratos que cobran vida en la mirada del que los observa, un pez encerrado en una pecera o un gato ante su presa.

En el mundo que Fleur Jaeggy ha creado en sus relatos muchas veces el dolor y el sufrimiento surgen en la medida en que se profana lo que no se puede nombrar, ni comprender, ni vivir, excepto por uno mismo. En estos casos encontramos pequeñas historias de terror, dramas y tragedias que abren al lector la posibilidad de explorar cierto tipo de crímenes que suceden en el interior de las relaciones familiares y amorosas. Se trata de crímenes silenciados y silenciosos, a los que se intenta regresar en la memoria una y otra vez. A veces esta vuelta tiene el propósito de darle un sentido a lo que ocurrió: reconstruir qué fue lo que sucedió en el pasado, tratando de volver a él.

Es entonces, en el momento del recuerdo, que el lector puede llegar a entrever por un resquicio la posibilidad de algo nuevo y que falta en las vidas de estos seres: el surgimiento de una nueva ética enigmática. Una ética que reluce en tanto se encuentra ausente en las vidas que circulan por este libro y cuyos parámetros no se pueden precisar. Es decir, no hay formulaciones, ni hipótesis, ni opiniones sobre el modo en que deben vivir estos personajes. En ese sentido no actúa la ética vaga e imprecisa que el lector reconstruye en su lectura de “El Ultimo de la Estirpe”. Hay, sin embargo, una advertencia: se debe tener cuidado y respeto ante el misterio en el que viven los demás. Desoída esa advertencia la mirada puede transformarse en herramienta de tortura, controlando y definiendo aquello sobre lo que se posa. No importa que el que observa sea alguien con las mejores de las intenciones. Alguien que incluso ame a ese que observa. Al ignorarse esa frontera que separa a los individuos y al creer saber más de lo que se puede saber sobre el otro es muy posible que arruinemos ese vínculo que nos conecta a ellos. Estos relatos son un paseo por las ruinas de familias y de amantes que no han logrado comprenderlo.

El último de la estirpe – Fleur Jaeggy – Tusquets – 2016

Por Tomás Peralta

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La noche de la usina // Eduardo Sacheri

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La conocida crisis del 2001 es el contexto sociopolítico que sirve como excusa del conflicto matriz de esta historia coral: en O’Connor, un pueblo ficticio del noroeste bonaerense caído del mapa y pegado a la ruta 33 (acaso el Macondo de Sacheri, el mismo escenario que en Araoz y la verdad) un grupo de personas decide depositar dólares en un banco para emprender un proyecto empresarial sin demasiadas pretensiones, pero se ve perjudicado directamente por el Corralito impuesto por el entonces presidente Fernando De La Rúa, que restringía la posibilidad de disponer libremente de dinero en efectivo de cuentas corrientes, plazos fijos y cajas de ahorros. Una sospecha y la posterior confirmación los lleva a pensar en la eventualidad de que alguien estaba al tanto de la medida y aprovechó a omitirlo para quedarse con el dinero que les pertenecía y salir airoso de la debacle, lo que los obliga moralmente a recuperarlo.

¿Que quién escribe? Seguramente quien edite lo incluya en el título, pero lo repetimos por las dudas: Sacheri, Eduardo. Profesor de historia criado en Castelar que empezó escribiendo mayoritariamente cuentos de fútbol y fue abriéndose camino en la literatura nacional hasta ser, en palabras de Alejandro Apo, «el dueño absoluto del área». La Noche de la Usina, ganadora del Premio Alfaguara de Novela 2016, es su quinta novela publicada, luego de la ya mencionada Araoz y la verdad, Ser feliz era esto y las que fueran adaptadas al cine, Papeles en el viento y La pregunta de sus ojos (titulada El secreto de sus ojos para la pantalla grande y ganadora de un Óscar).

Si bien el líder de este grupo de 9 personajes es un ex jugador olvidado y repudiado -situación mejor detallada en la otra historia en O’Connor- el fútbol ocupa un lugar prescindible en la trama donde convergen las preguntas sobre el destino, el amor, la muerte, la autopercepción e incluso las relaciones entre padres e hijos, entre hermanos o entre amigos.

En el prólogo puede apreciarse cómo era el pueblo años anteriores, el movimiento y la ilusión que generaba la llegada de un circo que tenía como mayor atracción a un excéntrico cuentacuentos, Arístides Lombardero, quien narraba siempre las mismas historias en los entreactos, pero nunca de la misma manera y en el mismo orden. El libro mantiene esa estructura en cuatro actos y un epílogo, haciendo confluir los puntos de vista de la mayoría de sus actores, dejando entrever que quizás la voz narrativa de toda la novela emula aquella del artista, haciendo del lector un chico ávido de relatos justo antes de que termine la función.

La Noche de la Usina no es otra cosa que la vida en movimiento, una luz de esperanza para justos y trabajadores que ven en las cosas simples motivos suficientes para seguir caminando.

La noche de la Usina – Eduardo Sacheri – Alfaguara – 2016


Por Javier Martínez Conde

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El proceso vital en la humanidad exige varios y distintos niveles de reformulación: no sólo en su desarrollo básico, sino también sobre las cuestiones ajenas e imponderables. Pero qué les vamos a contar de nuevo, si bien sabrán ustedes que en este posmoderno siglo XXI la turbina tecnológica demanda voraz una respuesta de nosotros, sus recursos humanos. Y claro que también llega a la literatura: ¿qué pasa con la extensión de la obra? ¿lo digital reconvierte al papel? ¿qué espacio ocupan las nuevas editoriales que ansían disputar su porción de éter literario? Clara y descontracturada, Luz Pearson responde a partir de las artistas de su obra BITNUS, que presenta este sábado 1 de octubre con algunas ideas sobre estos debates bizantinos que nos atraviesan como sujetos y como lectores -distinción cuya brecha cada vez se vuelve más angosta-.

Pero para, Luz. Vamos un poquito más atrás. ¿Cuáles son las lecturas que te marcaron?

La adolescencia fue la época en que más leía. Fue el momento de buscar mujeres, y de buscarlas como modelos. Bah, eso digo ahora, en su momento no lo sabía. Leía mucha cosa cultural-política-anarquismo, lo que se lee en ese interín: Simone de Beauvoir, Susan Sontag, críticas de arte. La vida de las artistas, mujeres tristes. Esos caminos. También hay una poeta romántica que amaba, Emile Dickinson. No les sigo leyendo pero es algo que ya llevo..-

… Incorporado
Sí, despues pingponié. Tengo otra marca que es Italo Calvino. Son lecturas, autores que definen el estilo que uno proyecta en todo lo que escribe.

¿Cuál es el estilo con el que escribiste tus dos últimas obras?
Es un estilo breve. Como ya se habrá mostrado y debería comprobarse, hay que hacerse con la idea de que cada producción tiene una construcción que sale de lo biográfico, pero no hay que confundir: que sea alimente de en absoluto significa que sea biográfico.

Lo cual abre nuestro primer capítulo…

I

“¿Qué no es biográfico?” pregunta Luz Pearson. La autora parece haber hecho un pacto con la incomodidad de la literatura y, a partir de ahí, haberla superado. La obra de Pearson -tanto la que florece esta semana, BITNUS, como su TARDIS o diccionario poético de las bellas palabras)- no es degenerada, sino todo lo contrario: es el género en su estadío superior, el género hablando del género y suspendiendo sus reglas para señalarse, apuntarse y dejar entonces que la palabra cobre valor. Ambos libros están pensados para adaptarse a las nuevas formas de lectura: pueden leerse en un viaje de tren o subte, y de esta manera se refleja también la forma en la que los sujetos se mueven y se conectan hoy en día, tanto en el plano analógico como en el digital

Teniendo en cuenta el trabajo que desarrollaste en TARDIS, donde congregas al menos una palabra por cada letra para elaborar una definición, ¿cómo tomas la fragmentación espacio-temporal del consumo? ¿pensas que se puede ver afectada la conexión narrador-lector, que hay riesgo de ejercer una lectura casual?

– Ni de cerca. Estas obras combaten la idea de la alta literatura en la que se propone una determinada extensión y un mínimo compendio de largas páginas. Acá se intenta proponer al lector libros amenos, , con la particularidad de que demandan una lectura activa en el sentido de que cada uno pone la pausa donde lo necesita y también recapitula sobre lo que le pareció interesante.


Entonces son obras que admiten una mayor cantidad de público posible.
– Sin lugar a dudas. No encuentro más que rasgos positivos en la posibilidad de que haya una mayor devolución, cualitativamente heterogénea. Hace unos días una amiga me comentó que había leído BITNUS mientras estaba en la peluquería. Me pareció genial: BITNUS, un libro de “pelu”. Otros juegan a contar las estaciones de tren que demoran en terminarlo. Yo voy leyendo en el tren y en el subte desde mi celular. Hay que reconocer la aparición de las nuevas posibilidades en las que el libro acompaña las formas en que leemos hoy.

La posición de Luz se refleja en su articulación con el universo editorial: es una de las creadoras de Editorial HORDA, cuyo estandarte más lúcido busca adaptar la lectura a las nuevas tecnologías y también crear un vínculo con el libro que trascienda su materialidad: por lo tanto, los libros y sus frases pasan a ocupar otros espacios (bolsos, por ejemplo) y la poesía dialoga de objeto a plataforma y de ésta a tendencia, configurando una red intertextual que trasciende la competencia clásica de la obra literaria.

Como todo proyecto editorial independiente, en la búsquedade sostenerse comercialmente pero para hacerlo decidió explorar otro aspecto de la lectura. En su correspondencia con la actualidad, se inclina hacia las pantallas portátiles y el libro digital y propone vender #ObjetosTextuales que no sólo representen el universo de cada libro, sino que también lo llevan dentro de sí. Escaneando el código QR que se encuentra en cada objeto –bolsos, libretas, tatuajes- se puede descargar y compartir el libro digital apostando, de esta forma, a la distribución gratuita de las obras.

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¿Y qué pasa con las páginas del libro, el archivo original? El espacio en blanco, por ejemplo, es un recurso tipográfico que frecuentas en ambas obras y del que te vales para pausar la lectura. ¿Qué otros sentidos podrías añadir a esta recurrencia?
– Se puede asociar a que trato de generar ideas breves pero concisas, casi titulares. Será un yeite por haber trabajado mucho en redacción, quizá. Quién sabe. Me gusta la idea de que haya un espacio para que el lector lea y, como decía antes, recapitule sobre lo que necesita. De hecho y a modo de ejemplo, muchos han utilizado los espacios en blanco de TARDIS para agregar sus propias palabras. Las hojas en blanco son un silencio, pero también una oportunidad para que cada uno disponga de utilizarlas e intervenir sobre la lectura.

Ese silencio es uno bien particular. No es uno inexpresivo, sino más bien complico. El silencio de las hojas frescas busca la mirada como un perro-amigo, o bien un perro-vecino; remarco esto porque el primero es cariñoso pero el segundo lo dobla en su cuota de camaradería (son los que siempre saludos atentos, y sin demasiadas insinuaciones saben reconocer y corresponder al vecino). Están ahí, inquietas entonces, jugando a atrapar a los lectores con el amague característico del quiebre de cintura.

¿Atrapar a los lectores?

Si. Yo quiero que se queden ahí.

La hoja casi desnuda se enlazará, entonces, con los ojos de un viajero habitué del transporte público, un común que va a su trabajo lunesaviernes en la estación, digamos, Caballito. Los habrá, claro, algunos más virulentos, que pasaran en búsqueda de la siguiente significación; otros querrán retomar el sentido o bien, iniciar un nuevo capítulo casi como emprendiendo una juvenil expedición al nuevo kiosko del barrio o como si sus ojos estuviesen prendidos a la nueva serie de Netlflix. Pero nunca se develará aquella cadena mágica, aquel espacio cronometrado donde (des)vestido a sus anchas el crudo blanco abrazará con sus prolegómenos desuspenso a la mirada del lector para fundirse en una amistad temporal. Porque todo en el mundo es efímero, despavílense. Pero ahí el misterio: la creatividad del autor se yuxtapone en el relampagueo de un momento genuino donde, con una pedagogía casi freireana sobre la lectura anónima, le permitirá al lector terminar de pintar el cuadro a gusto y piaccere. El constucto pearsoniano, satisfecho, se regocija de la amistad con el lector y se va silbando bajito, prometiendo volver en la próxima estación

 II

El capítulo dos viene a decir, de manera metonímica, que dos obras no se escriben todos los días. O al menos, no en dos días.

Exacto. Son parte del proceso. Me alegra que no me hayan preguntando si son biográficas. Esa confusión aniquila el sentido de lo que se quiso inscribir en la obra.

Tenés razón, Luz. Además de que es notable que puedas escribir también en negrita y rompamos con la jerarquía de preguntas y respuestas, etiqueta típica de las entrevistas. Ya que estamos permitámonos recorrer un poco, con sencilla parsimonia, las conexiones de TARDIS y BITNUS.

Ambas obras guardan un lazo de hermandad de estilo, de sutileza -aunque BITNUS tiene un alto componente erótico y de crudeza, mientras que TARDIS tiene una sutileza más naive, del dolor del alma- y ambas refieren a lo cotidiano de manera que la vida misma se vuelve un objeto de observación. Los mundos que construye Pearson, tanto en la descripción de los elementos y los conceptos abstractos -que con frecuencia el lenguaje desatiende- como en el relato de un vínculo sexual basado en la virtualidad, la distancia y el despojo, son metamundos. Son diálogos constantes y simultáneos, que no se apagan y que, casi a lo largo de ambos libros, son difíciles de distinguir. Todo de la autora aparece en esos vaivenes, no necesariamente como un testimonio pero sí como una presencia ineludible: ahí, donde está lo más crudo de la pasión, donde hay un rastro de que algo dolió mucho o de que hizo muy feliz, se potencia la enunciación, sube el tono y luego, sin avisar, se guarda en la sombra otra vez.

En estas obras, la forma también determina la intensidad del contenido: en TARDIS, el lector ve correr decenas de palabras frente a sí que son redefinidas e invertidas; en BITNUS la narración se vuelve un diálogo infinito con el silencio: una relación virtual sexual en el cual, cuanto más contacto aparece, más sola se está. Pero es que el primero responde con la misma precisión con la que El Doctor -reconocido personaje de la serie inglesa Doctor Who– explica el funcionamiento de su nave TARDIS (Tiempo Y Dimensiones Relativas en el Espacio, por sus siglas en inglés).

Luz Pearson adosa, entonces, que su obra busca crear un “tiempo y espacio particular”, mostrando que no es necesaria una nave para transportarse: sus libros pueden existir como dimensiones posibles que también sirven como plataformas de encuentro con los otros. En BITNUS, a contramano, hay una suspensión temporal marcada por el espacio mismo: la virtualidad, esa nebulosa cuyas prácticas y códigos parecerían jamás lograr establecerse y, por lo tanto, permiten el juego y la irracionalidad. Es en el borramiento del tiempo y con el chat siempre abierto – y de las reglas que aparecen los nuevos vínculos que caracterizan, también, a las nuevas formas de concepción de las obras literarias y artísticas. Es por eso que cuando Pearson se pregunta -y nos pregunta- “¿Qué es el arte?”, ya no hay un lugar desde el cual pararse sino un entramado de transformaciones y de nuevos códigos que hay que aprehender para decodificar.

Por el momento, se esboza un lugar de posibilidad. Vamos a ponerle una dirección, casi tentativa, casi arbitraria: Espacio Utaki, calle Garibaldi 1675, barrio de La boca. Sábado primerísimo de octubre a las 17.30 horas.


Por Lucía Cholakian Herrera, Catalina Copello y Lucas Canale

La noche de los alfileres // Santiago Roncagliolo

1-“Redacte un resumen”roncagliolo

A Stephen King debemos una visión inmisericorde sobre los niños y adolescentes, en el sentido de que la temprana (¿y aún “tierna”?) edad no implica que desconozcan los códigos de la violencia y que, incluso, la practiquen. Los roles, entonces, se invierten y suelen ser los niños quienes provocan el horror en los adultos. Pienso en Carrie, pienso en Los niños del maíz, y ahora pienso, además, en La noche de los alfileres, la nueva novela de Santiago Roncagliolo (Lima, 1974)

Un colegio jesuita en Lima, a principios de los ’90. Una acotada pandilla de alumnos que alimentan la venganza contra su profesora autoritaria. Venganza que comienza tímidamente como advertencia y desemboca en un final inesperado. Cuatro historias – las de Beto, Moco, Carlos y Manu- narradas desde la edad adulta y entrelazadas en un relato coral, con su peculiar timbre y coloratura. Una novela que combina, con singular maestría, los años de aprendizaje de cuatro chicos limeños sobre el telón de fondo que es la historia reciente del Perú.

2 -“Voy a pasar lista”

Dada una situación x, dicha situación estará narrada desde cuatro perspectivas distintas. Si bien el mundo narrado es el mismo, el mundo comentado difiere según la perspectiva histórica y moral de cada personaje. Así, el liderazgo inicial de Beto pasa a la descarriada conducción de Manu, la cual, a su vez, sufre el contrapeso y los escrúpulos normativos de Carlos; finalmente, su reinado es suplantado por Moco. De un modo tan sutil como contundente, Roncagliolo traza los vaivenes y metamorfosis de los cuatro adolescentes.

Beto- Es el diferente, al que todos tildan de marica. Es el contrapunto al machismo exaltado del resto, si bien la solidaridad lo lleva a afrontar las mismas transgresiones y castigos.

Moco- Su lenguaje -el más coloquial de todos- está plagado de referencias cinematográficas. Quiere, incluso, filmar a Pamela en plena intimidad con Carlos.

Carlos- Posee una mezcla de prudencia emocional y cálculo legalista. Es quien llega al necesario “final feliz” luego de tanta turbulencia colectiva.

Manu- Su padre militar luchó contra Sendero Luminoso y, trastornado por la guerra, está confinado en la Amazonia peruana. Manu lo extraña y encuentra en la amistad de Beto el sostén afectivo del que carecía.

3- “Escriba un ensayo”

Desde el principio la novela plantea la intrusión de lo extraño: en la clase de educación sexual, una simple pregunta sobre los posibles avatares de contagio del virus de la sífilis, desencadena el hartazgo y la rebeldía frente al puritanismo represivo de la señorita Pringlin. Pero el lenguaje mismo opera también desde lo extraño y así la respuesta -ya sea de violencia o de ternura- aflora desde el cuerpo. A las palabras que revuelven el dolor se les responde con golpes, heridas, patadas. A las palabras que curan heridas se les responde con abrazos, besos, con la piel. En el afuera radica lo siniestro, ya se trate del cuerpo del personaje o del cuerpo (el tejido) social.

Santiago Roncagliolo apuesta y apuesta fuerte: La noche de los alfileres, con su realismo omnívoro que abarca la vida pública y privada de los personajes, pertenece al grupo de novelas que, si bien se sitúan en un acotado segmento temporal, trascienden dicho marco y están llamadas a perdurar.

Con esa mixtura de trasfondo violento colectivo y juvenilia freak, esta novela genera un cruce memorístico entre Historia de Mayta y Asesinato en la escuela. Pero tanto en la novela de Vargas Llosa como en la de Scerbanenco, la voz del narrador es una; en la novela de Roncagliolo, escuchamos las voces yuxtapuestas de los cuatro protagonistas. Las figuras femeninas, en cambio – Pamela, la señorita Pringlin, las madres- son vistas a través del prisma masculino. Es posible -si bien no hay indicio de que el autor lo proponga- leer esta novela siguiendo la voz narrativa de cada personaje, como si se tratara de cuatro relatos distintos. Esta alternancia de planos narrativos -deudora del cine- provee una variada continuidad a la historia central.

4- “…en voz alta, así nos reímos todos”

Toda crítica impresionista abusa de la primera persona. Probemos, entonces, con este plural (retóricamente mayestático) y leamos, aplaudamos, celebremos esta magnífica novela de Santiago Roncagliolo. Poco importa el yo o el nosotros: a la vuelta de este viaje, ya no seremos los mismos.

La noche de los alfileres – Santiago Roncagliolo – Alfaguara – 2016


Por Ignacio Vázquez

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todas las generalasTodas las generalas servidas del mundo // Esteban Seimandi

El disparador podría haber sido “¿Cómo te fue en el viaje?” en la sobremesa de algún asado, entre alguna costilla pelada y lo que quedó de la ensalada. Y así, en tono anecdótico y en primera persona, alguien podría haber empezado con el relato de esta breve novela.

El personaje principal es un publicista argentino invitado a dar una conferencia en México. Junto a otro compatriota de presencia sombría e indescifrable y un mexicano ex estrella pop, ávido consumidor de drogas, se encuentran con una serie de dificultades que los convierte en protagonistas de su propia road-movie –de ser así, el film armonizaría su banda de sonido con el primer disco de Los Espíritus.

México, narcos, gilada, pastillas y algunos inverosímiles -como que el publicista no se droga- van dándole forma a la aventura, que nuestro protagonista ilustra con fotos tomadas a lo largo del viaje. Una novela al estilo Pánico y Locura en Las Vegas sin la autoconciencia del narrador en el universo en el que está metido.

Tal vez los sujetos que acompañan o en algún momento se cruzan al personaje principal, un tipo bastante común, sean más interesantes de conocer que él mismo. Pero ellos son el motor que alimenta al relato y en favor de éste cada cual en su rol contribuye de precisa manera.

Todas las generalas servidas del mundo, con una lisergia moderada y aspiraciones border, brilla por su ritmo. A través de ciertas estrategias narrativas logra despegarse de la linealidad de la historia y formar un necesario velo de misterio. La justa medida de humor ácido, delirio y teorizaciones cotidianas contribuyen a que su lectura valga la pena:

“Los que llegan aquí descubren que hay un tercer país que es mucho mejor que los Estados Unidos, ya sean los mexicanos o los de Norteamérica: es la fatua, nefanda, caliente y gonorreica ciudad de Tijuana (…) aquí no verás gringos tristes (…) pero al final de la noche, cuando el gringo se devuelve a Sandolariego, seco como una uva pasa, exprimido como un limón, drogado, borracho y con ardores en la verga, se vuelve sin un solo dólar. Y el mexicano cuenta sus billetes sonriente, sabiendo que la cosecha de gringos nunca se acaba.”

Todas las generalas servidas del mundo – Esteban Seimandi – Alfaguara – 2015.


Por Martín Guazzaroni

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hosne“Era un espacio en blanco aquel que se extendía para mi crujir” – Osvaldo Lamborghini

Son las nueve de la mañana y un porteño cualquiera entra en el colectivo tratando de llegar al trabajo. Hace media hora que el bondi está estancado en el tráfico. El chofer, con mala cara, grita en cada parada para que la gente se mueva un pasito para atrás, mientras putea a los autos y amenaza con arrasar a cada moto o bici que se le cruza en el camino. La gente se aprieta, se pisa, trata de moverse. Algunos se empujan entre sí; una señora apenas puede mantenerse en pie pero los que están sentados se mantienen ocupados mirando por la ventana. Bocinas y calor mezclados en el aire. Entonces no da más, siente que revienta, quiere gritar, patear, escapar de ese lugar. Trata de contar hasta diez y se pone los auriculares, o se calma o explota. El protagonista de esta novela -no casualmente sin nombre- es ese que sale a acribillar gente haciendo estallar por los aires la violencia acumulada en las calles de Buenos Aires. Un pibe de clase media de veintitantos que se junta con amigos a tomar, que habla sobre minas, que cada tanto sale con alguna, se interesa por el fútbol y trabaja en una empresa de telemarketing. Un porteño normal.

Pero lo normal no existe y menos en este personaje que se convierte en un agente del mal que busca constantemente cualquier situación para crear destrozos. Todos son sus víctimas, esa viejita que se queja en el bondi, el linyera de la esquina, el chico que reparte estampitas en el subte, canas, la chica que conociste en el boliche.

Capital Federal se presenta como otro personaje en la novela. Es un cuerpo más: uno enfermo, flagelado por el cemento y la presencia de cada humano que habita las veredas. La oscuridad de las calles se convierte en el momento propicio para salir a torturar y asesinar. Desde una voz narrativa ágil y filosa, la violencia del cuerpo y del sexo se muestra en todo su esplendor, nada se esconde. Todo está ahí en su descarnada realidad, la brutalidad y lo horrendo.

 Este hacedor de holocaustos personales elige a su presa, la lee y le aplica una destrucción diseñada para ella. El narrador dirigido por un deseo de destruir las apariencias y desgarrar las máscaras muestra a sus víctimas que detrás de ese esfuerzo por levantarnos a la mañana no hay nada, que sólo existe el caos y la nada misma. Como una especie de flâneur del infierno, el narrador ronda por Capital, abierto a cada posibilidad que brinda el azar. En esos paseos descubre a Julieta. Ella parece distinta, una persona que carga otra esencia. El personaje se ocupa de construir una vida para llegar a ella y revelar esa aparente profundidad. Empujando cada vez más sus límites se encargara de mover los hilos y preparar la escena para cada show, midiendo si será capaz de llegar hasta el final del viaje.

Ningún infierno – Alejandro Hosne – Alfaguara – 2016

Por Agustina Aranguren

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