La muerte y los sentidos

portada-no-tiene-nombre_grandePiedad Bonnet va al grano desde el comienzo del libro. Su hijo que vivía en Nueva York se suicidó y ella debe viajar a recorrer la habitación vacía y ejecutar la maquinaria burocrática post mortem. Parece tomar distancia, parece estar por fuera de ese lugar materno clásico y estereotipado. Ella es la escritora madre que sin quitar calidez al relato y belleza al texto cuenta ese proceso que implica “velar” al hijo muerto.
Este primer momento del libro, este momento íntimo, secreto, minucioso, devela no solo a una prosa poética maravillosa, sino también a una mujer que ha decidido muy claramente el motivo por el cual escribir el libro. No es un panegírico de aquel hijo que no está, ni la catarsis doliente de su madre. Es un texto cálido e inteligente. Que busca pensar la muerte de un hijo colectivamente, especialmente construyendo un diálogo con otros textos. Busca la reflexión, aun cuando por momentos el lector pueda sentir una tensión interna e inevitable entre el placer del texto y lo doloroso del relato. Incluso cierto pudor frente a la intimidad develada.
Será entonces cuando Bonnet manteniendo esa pluma notable, dará cuenta del proceso que vivió Daniel desde su adolescencia en relación con la enfermedad mental y en ese recorrido pone su mirada intensa sobre el papel de la medicina, la escuela, los maestros e incluso los propios padres. El libro adquiere aquí otro tono. El libro implica al lector –casi todo lector tiene motivos para sentirse implicado- desde otra perspectiva. Lo que se intuía al comienzo, en el primer segmento del libro, la búsqueda de un sentido al relato de la muerte de Daniel, comienza entonces a cristalizarse. Si bien en ningún momento deja el estilo casi biográfico, ni pierde el eje principal que es la vida del hijo, Bonnet abre puertas a un lector intrépido para problematizar desde muchas perspectivas los conflictos de los adolescentes y los jóvenes en relación con los problemas psiquiátricos, como también las tensiones que ellos sufren en tanto sus propias condiciones de vida. El libro, de una prosa precisa y cuidada, es pequeño pero abre preguntas constantemente.
Bonnet escribe sobre la felicidad. No sobre la idea idílica de la felicidad, sino sobre la felicidad como intento, como lucha, como dolor. Como mentira tal vez.
Allí está Daniel. Allí está Piedad. Allí están algunas preguntas que no tendrán respuestas y otras preguntas que el lector deberá hacerse. Allí está el dolor sutil y la prosa impecable. Todas cosas que no tienen nombre.

 
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