Yo quería que el lector recibiera esto con la dureza que tiene, pero jamás pasando una barrera que le hiciera sentirse como un voyeurista impúdico.

 

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Piedad Bonnet es una gran poeta colombiana, que además ha escrito novela y teatro. Visitó Buenos Aires para participar en la Feria del Libro de un encuentro de poetas y su viaje coincidió con la publicación de su libro autobiográfico Lo que no tiene nombre. En este marco conversó con Mundo con Libros.

A propósito de su visita a Buenos Aires, hoy dos temas que nos convocan. Uno es el encuentro de poesía en la Feria del Libro -y a partir de eso de su propia poesía- y el otro es el lanzamiento de su libro Lo que no tiene nombre. ¿Qué valor tienen para usted estos encuentros con otros poetas y con el público?

Yo diría que dos cosas. La primera: descubrimientos. Cuando tú vienes a estos encuentros lees a otros poetas y descubres nuevas voces y cosas que te interesan. Eso de inmediato te abre caminos porque es retroalimentación, replanteamiento de lo que se está haciendo contemporáneamente, porque sobre todo en lengua castellana, puedes ver el curso presente de la poesía. La segunda: ampliar públicos. Eso es más difícil porque los libros no circulan. Aunque ahorita está Internet, entonces para los poetas -porque no creo que para los narradores sea igual-, eso facilita un poco las cosas. En mi página web hay cien poemas, que es el equivalente de un libro. Algo así como una antología que yo misma hice. Cuando los lectores se acercan y me dicen “me gustó mucho su poesía ¿dónde puedo leerla?” desafortunadamente yo no puedo contestar “compre el libro de Visor, compre el libro de Fondo de Cultura que están en la Feria”. No. Esa sería la respuesta lógica. Como dice Piglia, los autores ahora viajamos más que los libros. Parece un absurdo. Como que las editoriales no le apuestan a nada ni arriesgan un peso. Yo diría que esas son las dos funciones básicas, aunque hay una tercera función que es pasarla bien.

De su poesía me sorprendió la conjunción de clasicismo con tradiciones latinoamericanas de las más diversas. ¿Cómo ha sido la evolución de su poesía?

Es difícil para uno mirar el trabajo propio, pero es cierto. Al comienzo de la poesía estuve muy influida por la tradición española, por ejemplo de Machado. Me interesó la transparencia y la sencillez. Fueron dos cosas que me interesaron desde el comienzo. Luego intervino Vallejo y le dio a mi gramática algo así como una dislocación, un deseo de experimentación, con lo cual llegaría ya la configuración primera. Después yo he hecho muchas lecturas y hay escritores que me impactaron mucho pero no me influyeron directamente como Borges, de quien no creo que haya ningún rastro en mi poesía, porque la mía es mucho más afectiva, menos mental, menos cerebral. Reconozco que Blanca Varela es otra poeta que me ha impactado muchísimo, puede que haya ya hecho alguna mella en mí. Pero lo fundamental es que la poesía la va trabajando uno a instancia de la propia experiencia. Entonces la experiencia busca la voz que necesita. Por ejemplo, alguna vez iba a escribir un libro de poemas de amor -estaba leyendo mucho a Olga Orozco- y en ese momento mi verso se hizo muy largo a influencia de ella, y mi música fue marcada por  José Guatanabe, el poeta peruano. Últimamente la poeta que de verdad me ha influido es Sinvorska pero, en realidad, el dolor de los últimos diez años en mi vida moldeó también mi palabra y creo yo la hizo más esencial. Sin que me lo propusiera demasiado cuando fui a escribir la palabra salió así y entonces reflexioné sobre esa nueva manera de escribir.

Hablando del dolor podemos pasar al último libro ¿cómo decidió escribirlo y hacerlo extremando el trabajo sobre los recursos literarios y la poesía?

Como yo tengo una experiencia no solamente de narradora sino de profesora que tuvo un taller de escritura creativa durante mucho tiempo, me imagino que tengo incorporada la reflexión sobre la literatura que quiero hacer. Pero viene un golpe así rotundo en mi vida como es la muerte de mi hijo, y me decido a escribir esa historia por el poder dramático que intuyo en ella e inmediatamente visualizo al lector. Eso no suele suceder cuando escribes otras novelas. En ese caso me importa un bledo el lector. Yo estoy haciendo lo que yo quiero y allá el lector. En cambio aquí sí, porque yo no quería precisamente producir en el lector un cierto escándalo, no. Yo quería que el lector recibiera esto con la dureza que tiene, pero jamás pasando una barrera que le hiciera sentirse como un voyeurista impúdico. Por eso tomé un montón de decisiones literarias relativamente rápido que fueron en parte inspiradas por libros de otros, por ejemplo la fragmentación del libro. El diálogo con otros libros se proponía sacar a éste de la cuestión completamente personal. Quería llevarlo al terreno literario, a la vez que podía mostrar que hay una tradición de duelo y relacionar a la gente con la misma, abrirle puertas para que vayan a otros libros y hablen con ellos. La gran pregunta era “¿hasta dónde contar?” y entonces yo tenía en mi cabeza ya no solamente al lector sino la memoria de mi hijo, qué le habría gustado -aunque a él no le hubiera gustado que yo escribiera este libro porque develo su gran secreto- pero como él, en eso soy también descarnada, como él ya no está es como si le estuviera diciendo mentalmente “permíteme darle a tu muerte un sentido, permíteme hacer de esa vida un motivo para reflexionar sobre, lo que en tu caso salió mal, una lucha sobre la enfermedad mental. Permíteme también hablar de tu arte y mostrar lo maravilloso que era y que nunca llegó a ser exhibido verdaderamente como habría querido.” Porque la muerte modifica todo, todo, todo, todo. Daniel era un niño que como tantos de veintiocho años están luchando por sobresalir en el arte, que había ganado un premiecito, que le habían exhibido un poquito, pero que nadie arriesgaba mucho por él, porque así es la vida cruel. Cuando él muere, la gente reconoce inmediatamente el valor de la obra que deja. Hacemos una exposición muy bella y eso no le habría pasado en vida, a lo mejor habría durado diez años más luchando. La muerte hace que la gente se humanice y vea lo que cruelmente en la vida no ve cotidianamente.

A propósito del valor de permitirle pensar al lector estas cosas que habitualmente no se nombran como la enfermedad mental y el suicidio ¿tiene el libro, no digo un afán didáctico, pero si un afán de decir sobre esto hay que reflexionar y trabajar?

Si, lo que para alguna gente es impudicia, para mí es como levantar un velo y hacerle ver a la sociedad cosas que no ve y de las cuales se resiste a hablar. Pero no sólo para que las vean, sino para que reflexionen sobre cómo podrían mejorar la vida de un montón de personas. Eso va aparejado con una reflexión sobre los médicos, sobre la educación. No es una reflexión explícita. De sólo narrar cómo tratan los médicos y la medicina la enfermedad mental se deducen un montón de cosas. Yo no quiero que mi libro sea moralizante, ni didáctico, ni aleccionador. Ni siquiera consolador. Aún cuando me suelen decir que consuela mucho, pero yo no me propuse nada de eso. Yo me propuse mostrar.

El título es interesante. Se suele decir que cuando a un padre se le muere un hijo no tiene nombre (como se puede ser huérfano o viudo). Así tampoco se nombran el suicidio ni la enfermedad mental. Hay muchas cosas “que no tienen nombre” que usted hace circular por su libro. En ese sentido, ¿Hay un lector imaginario interpelado?

Si claro, hay un lector -en esta obra más que en cualquier otra obra mía- que yo presupongo. Un lector al que le estoy contando una historia como si estuviera en la sala de su casa, a quien le estoy contando una cosa que sé que lo va a impactar mucho, que sé que le va a remover cosas secretas. Pero cuando lo publiqué me di cuenta de que esto iba mucho, mucho, mucho más allá de lo que yo me imaginé. Porque me di cuenta de que apenas tocas con el dedo la historia de una familia, allí aparece un suicidio, una enfermedad mental. Nunca me imaginé que esa fuera la proporción de la enfermedad mental. Jamás. Porque cuando haces evaluaciones de los comportamientos de la medicina parece que el 1% de la población sufre de esquizofrenia, pero cuando miras a tu lado, eso tiene que ser falso. Y yo creo que debe ser por el silencio. La gente deja a sus enfermos confinados porque la medicina es muy cara y la mayoría no tiene posibilidad de tratarlos. En la clase trabajadora para un muchacho esquizofrénico ¿cuál es la posibilidad? Mínima. De todo eso me fui dando cuenta después, con la recepción. La recepción iluminó mi libro retrospectivamente.

Además de poesía, ha escrito novela y obras de teatro. ¿Se siente cómoda en todos los géneros?

A mi me parece buenísimo que la literatura sea un camino vital, no un camino de éxito. O sea que queda incluido el fracaso como una posibilidad. Yo me siento más cómoda, lo que no quiere decir que sea fácil, en la poesía. Es algo así como mi lenguaje natural. Pero por eso mismo me gusta la violencia que de alguna manera me tengo que producir a mí misma cuando escribo novela, porque no me gusta trampearle al lector. Yo no quiero hacer novela lírica. Yo quiero hacer NOVELA, con todas las de la ley. Además quiero hacer novela contemporánea, no novela clásica. Tengo un bagaje que me permite saber qué quiero en novela. Al teatro he llegado más accidentalmente, porque trabajo con un director de teatro y un grupo muy consagrado en Colombia, que acaba de cumplir 40 años. Él es quien monta mis obras. Mis obras son a pedido. Ellos se proponen hacer una nueva obra, definen sobre qué quieren trabajar y yo escribo la dramaturgia. Lo que me da el teatro es la posibilidad de entrar en una obra colectiva. El trabajo del poeta y del narrador es muy solitario y a mí me gusta la soledad de la escritura. Por la manera en que yo trabajo en teatro -donde escribo y lo pongo a prueba en el escenario, y vamos modificando de acuerdo a cómo funciona y cómo los actores lo van sintiendo-, entonces es un trabajo colectivo que no está concebido para la publicación, aun cuando las obras estén publicadas. A mí me gusta lo móvil que tiene el teatro. En cambio cuando tú pones un adjetivo en una novela, tú sabes que eso es para siempre jamás. Un verso tiene que llevar una forma, porque allí lo definitivo es la forma. En cambio el teatro es maleable. A mí me emociona mucho el primer día, el del estreno. Me siento como un espectador más y veo cómo suena mi texto. Me río de mis propios chistes. Pero tengo también una radionovela, la produjo radio Nederland en Costa Rica con actores de toda América y es la adaptación de una novela mía. Está hecha con todos los efectos sonoros. Cuando era niña, allí por los ocho años, yo era muy adicta a las radionovelas. Me fascinaban los pasos de los personajes sobre las escaleras, el crujir de las puertas… Ver que lo hicieron con una obra mía, es una de las cosas que me parecen más emocionantes. Es un experimento y seguramente no habrá otra, pero es una curiosidad que me gustó hacer. Es como un ejercicio nostálgico.

Junto a su obra se destacan autores como Miguel Torres, William Ospina, Tomás González, Juan Gabriel Vázquez, entre otros. La literatura colombiana actual se destaca por su alto nivel y especialmente por el trabajo de la lengua. ¿Cómo analiza el momento de la literatura de su país?

Por lo menos muy prolífico. Creo que es el tiempo el que finalmente da un juicio sobre lo contemporáneo. Hay vivas varias generaciones que otorgan cierta consistencia a la literatura. Además están apareciendo un montón de voces jóvenes que vienen a hacer el relevo. Yo diría que hay un cierto dinamismo. Puedo comparar con otros países y hay algunos en los que la literatura es un poquito lánguida. Existe una relación muy directa entre la literatura y la dinámica interna de los países a otros niveles: política y socialmente, la cuestión urbana. En países que están un poquito como estancados, donde nada pasa, allí también la cultura y la literatura es como un poquito menos relevante. Pero obviamente siempre hay excepciones, pues en un pueblito alejado puede aparecer una voz extraordinaria como la de Emily Dickinson. Pero en Colombia la realidad es tan turbulenta que no hay manera de que los escritores no tengan material. Otra cosa es la calidad. Y eso es lo que pienso, que la posteridad dirá si estuvimos a la altura de las circunstancias.

A mi me gusta mucho el trabajo con la palabra que tienen en general….

Pero tendemos a ser un poquitín retóricos…

Será que me gusta eso… (risas)

Porque tenemos una tradición un poquito culterana. Por supuesto que hay muchas voces que intentan bajar un poco la solemnidad a la poesía colombiana. Es probable que eso, que fue patrimonio de la literatura del siglo XIX, se haya logrado colar hoy en día. Yo pienso que si algo no hay es desgreño de la palabra. Yo lo celebro. Me parece mejor cuando la palabra es muy consciente, cuando la palabra es muy cuidada.

 

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