Para no dejarse engañar, para esquivar la ambición

Teatro - AmarilloAmarillo de Carlos Somigliana //
“Movilidad ascendente para los de abajo”. Una idea muchas veces proferida, sobretodo en momentos de elección de representantes, pero más atípica a la luz de las mejoras efectivamente alcanzadas. Si bien la combinación de rutina e imprevistos diarios suele impedirlo, es preciso analizar qué tanto de lo anunciado aquellas primeras veces consiguió materializarse: poco de lo prometido se vuelve concreto.
Aunque es injusto atribuir de este vicio sólo a la sociedad contemporánea. Tal vez sea una lamentable historia sin fin, que encuentra sus orígenes en tiempos mucho más remotos de los que se podría pensar en una primera instancia. Escrita por el reconocido dramaturgo Carlos Somigliana, Amarillo retoma la historia de Cayo Graco, un patricio de la Roma precristiana que –a diferencia de otros de su misma clase- luchó por mantener una gestión que ayudara a los desposeídos en forma auténtica. El proyecto perjudicará a los estratos más acomodados, que serán los principales detractores de este nuevo régimen.
Es llamativo que las problemáticas sociopolíticas abordadas por Somigliana emplazándose en el año 123 a.C. hayan sido vigentes en los años ’60 –cuando la pieza fue escrita- y lo sigan siendo aún en la actualidad: personas sin un lugar donde vivir, con dificultades para obtener una forma de subsistencia legítima y preguntándose si lo que viven es digno de ser considerado como vida, frente a ciudadanos ilustres autoproclamados que defienden un aparato de organización autoritario y desigual en nombre de un supuesto bienestar para la Nación toda; tomando todo pedido o sugerencia del pueblo como insultos u ofensas, lo que les dejará bien en claro Cayo a los patricios más tradicionalistas.
No obstante, también hay que aclarar que Cayo no fue el único revolucionario de su tiempo: su hermano, Tiberio, supo ocupar el cargo de Tribuno de la Plebe antes que él. Ambos escucharon atentamente los reclamos de las personas más necesitadas y lucharon infatigablemente por la reforma agraria, que posibilitaba la repartición de tierras al tiempo que un perjuicio para los aristócratas y terratenientes. Tan sólo por haber promulgado leyes como aquella, Tiberio fue asesinado por los mismísimos senadores de Roma en una emboscada. Diez años más adelante, la llegada de su hermano menor al mismo puesto –que era conocido por ser más pasional e intempestivo- genera incomodidad a quienes se habían vuelto a hacer del poder.
Lo interesante de la propuesta de Somigliana es que además deja conocer el mundo interior de uno de estos personajes reformistas. Cayo se siente obligado por el mandato familiar que lo antecede. No solo para llevar adelante la reforma agraria planteada por su hermano, sino también lograr la venta de trigo a precio accesible para las clases populares y el nombramiento de los primeros jueces plebeyos.
Es un auténtico revolucionario, dispuesto a todo con tal de calmar sus ansias de reformismo, pero con temor a convertirse en alguien corrupto y envidioso como sus pares patricios. Cuando clame a la plebe fervorosamente “huir del amarillo”, hará alusión a eso: escapar de las promesas de oro y proyectos que sólo significan recibir migajas desperdigadas desde arriba, para eventualmente hacerlos volver a la más tajante desigualdad.
El autor elije un formato clásico -tragedia en tres actos- para trabajar temas que nunca dejarán de ser pensados, tales como el poder o la corrupción. Con maestría shakesperiana dota a su obra de una universalidad tan palpable que sus postulados resultan aplicables a toda coyuntura política y consigue disparar la pregunta inevitable de la política: ¿hasta qué punto es posible el cambio sin entrar en conflicto con lo que siempre fue innegociable?
Publicada en 1959, y estrenada más adelante en el ’65, la experiencia de la Revolución Cubana funciona sin dudas como paratexto. El reformismo y las buenas intenciones parecieran no ser suficientes, dado que al mantener las bases de organización social, siempre habrá perjudicados dispuestos a impedir que quienes luchan por una nueva Nación puedan romper por fin sus cadenas. De todos modos, ni Somigliana ni el personaje que inventó a partir de la figura de Cayo Graco plantearon que huir del amarillo fuera algo fácil.

Nicolás Gallardo
Amarillo – Carlos Somigliana – Argentores / Editorial Biblos – Buenos Aires – Marzo 2014
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