Explicaciones para el que quiera escuchar

Los años robados, por Edgar Telles Ribeiro // 

edgas

Causaría sorpresa que de la nada se presente un hombre. Ni siquiera un hola, un qué tal. Nada. Se incrementaría el misterio si dejase vislumbrar en sus palabras que tiene una historia para contar. Él es diplomático de Brasil pero no tiene la delicadeza de decir siquiera su nombre, vaya cosa, y a pesar de todos los pronósticos, antes de elucubrar bajo medievales reglas de modales que ay! este señor es un maleducado, más bien obligaría al lector a avanzar unas cuantas páginas, a realizar una búsqueda intuitiva y exhaustiva a la vez. Ese es, por cierto, el inicio de Los año s robados.

Atención en este punto. No es que anticipadamente se vaya a potenciar el uso del suspenso por mero jolgorio, sino más bien que la ficción es puesta al servicio de las voces. La prolija construcción de escenarios atravesados sincrónicamente en una sola narración coloca al lector en uno y otro lugar a través de los ojos que (casi) todo lo ven para recapitular sobre el pasado, el presente y las reflexiones que existen en el medio. De esta manera es como se pauta el objetivo del libro: La búsqueda de una historia en la piel de un protagónico que, aunque delineado en forma, no ofrece un dato certero sobre su identidad. No se advierte este secreto, sin embargo; de manera que se diagrama un interesante juego de comprensión. Quizá sirva la figura para entender que el robo de esos años afectó a todos por igual, o bien para materializar la tibieza de una sociedad civil que acompañó al terror ejecutado en el patio trasero del continente americano.

Sí, de dictaduras se habla. Pero pasando revista a los sucesos ya conocidos, la temática del libro propone cercenarse a la parafernalia de tan oscuros procesos. Oscuros más allá de su tangible vileza: reparando en la concepción etimológica de la palabra, las sombras del robo se ubican en la carencia de luz que impiden tejer las relaciones siempre necesarias entre las altas cúpulas del poder y los individuos de a pie, las cuales aparecen invisibles e invisibilizadas. Son esos los documentos que nunca se abren, los que nunca se escriben en papel, los que sólo duermen grabados en la cabeza de asesinos que asesinando fueron impunes y en su impunidad, murieron libres.

El argumento se hace específico en una especie de investigación que el protagonista realiza sobre su mejor amigo, Max. Un aspecto bien interesante de la dictadura brasileña es que conservó en su fachada ciertos rasgos democráticos, y estos dos personajes se conocen siendo jóvenes empleados que hacen carrera en el Palacio Itamaraty, por entonces única sede del Ministerio de Relaciones Exteriores. Otra vez la ironía nos da una palmadita de realidad en la espalda: si es necesario que se mantenga limpia la cara visible del país ante el mundo, imagínense el baño de sales marinas que en tiempos sangrientos brinda una cancillería.

Pero volvamos a Max. Compensación simbólica de por medio, también el lector se ve tentado a asumirse como su mejor amigo. Su vasto conocimiento cultural, su natural manejo de citas literarias y el desenfado con el que se desenvuelve hacen de Max un personaje ciertamente seductor. Acá viene lo divertido: su contraparte es una insaciable necesidad de poder, y todas estas características nombradas son indudablemente el arma de batalla con la que se abre paso en línea recta y hacia arriba.

El paso del tiempo avejenta al protagonista, pero no a su necesidad de respuestas. Irá juntando retazos y también jirones, se entrevistará con sombríos personajes y tratará de realizar un diagnóstico que le permita explicar las incógnitas del contexto histórico donde su juventud transitó la posta de la admiración y la camaradería hacia su mejor amigo. Será ese nudo en la memoria su motor de búsqueda, el que le impulsará la necesidad de recabar al menos una verdad que se imponga a la operante inacción social. Porque de lo contrario la historia tendrá el desfachatado rostro de Max, cuya sonrisa relucirá a su debido tiempo cuando las explicaciones –que por definición nunca alcanzan- sean el suspiro antes del final.

Los años robados, Edgar Telles Ribeiro, Alfaguara, 2014

Por Lucas Canale

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