Entrevista al escritor colombiano Pablo Montoya: “Intento desarrollar una escritura anfibia, que diluya las fronteras”

Por Tomás Forster – Nodal Cultura

El 24 de abril de 2016, Pablo Montoya se encontraba en Argentina, más precisamente en la ciudad de La Plata, cuando una llamada lo dejó atónito. Del otro lado de la línea, una voz entre cálida y habituada al protocolo, lo felicitaba porque gracias a su novela Tríptico de la Infamia era el nuevo ganador del Premio Rómulo Gallegos, considerado el más importante en el ámbito de las letras iberoamericanas que se entrega de este lado del Atlántico. Hasta ese momento, Montoya había pasado desapercibido. Su nombre apenas era mencionado en grupos reducidos mientras naufragaba entre las aguas impredecibles de la industria editorial. Sus tres novelas precedentes, siete libros de cuentos, cinco libros de poesía y varios ensayos sobre literatura francesa, la novela histórica en Colombia y la música en Alejo Carpentier –entre otros temas-, chocaban contra esa falta de reconocimiento que en parte ansiaba y, al mismo tiempo, temía.

Y sucedió que su cuarta novela le permitió obtener el prestigioso galardón venezolano con el costo de perder buena parte del anonimato en el que desarrolló su obra. En los meses siguientes, se sucedieron una serie interminable de presentaciones, charlas, reportajes, actividades y llamados constantes de la prensa para consultarlo sobre cualquier cuestión vinculada con la literatura. Allí estaba: el riesgo de volverse un mero engranaje de una maquinaria que puede resultar devoradora.

El deseo de Montoya por abocarse serenamente a la escritura – que es el deseo y el problema que tiene todo escritor- se veía afectado por este nuevo obstáculo, suerte de cara oculta de un premio resonante. Sin embargo, superado el vértigo inicial y más adaptado al nuevo oleaje, Montoya parece tener en claro que esta situación actual es apenas una vicisitud en la de vida de alguien que apuesta a la realización artística tal como lo expresará en esta conversación. “La escritura es una forma de consuelo frente a la destrucción del cuerpo, a la degradación del cuerpo, a la descomposición social, a la violencia, a la soledad, al gran caos que nos rodea. Evidentemente es un motivo también de celebración, de la amistad, del amor y el erotismo”, dirá al momento de evocar las causas que lo llevaron a inclinarse por trabajar con las palabras. Su voluminosa obra, elaborada con constancia y sistematicidad, prueban que su convicción de escritor se mantiene como un punto fijo más allá del acceso a los circuitos comerciales de las grandes librerías y editoriales.

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Formado en diversas disciplinas, músico y filósofo, Pablo Montoya comenzó a escribir a los 30 años y ya no paró. Ahora, con 52, se reparte entre la literatura y la enseñanza en la Universidad de Antioquía, en Medellín. Los años pasados, primero en la pequeña localidad de Tunja (cercana a Bogotá) donde recaló como un modo de escribir su propia historia y alejarse del designio de su familia que quedaba en Medellín, como el tiempo que vivió en París, le amplificaron la mirada y los intereses.

Capaz de moverse con soltura en variados géneros, Montoya se ubica en un rincón a descubrir del campo literario colombiano, lejos de ciertos temas ligados recurrentemente a los escritores de su país: el realismo mágico, la sombra omnipresente de García Márquez, la cuestión de la violencia y el narcotráfico. Su laureada novela histórica –tal como lo indica su título, estructurada en tres partes que tienen a tres pintores europeos como protagonistas en el marco del siglo dieciséis marcado en Europa por el descubrimiento y conquista de América y los conflictos suscitados a partir de la Reforma protestante- lo muestra como un autor singular y novedoso en el panorama de las letras cafeteras y latinoamericanas. En estas tres nouvelles articula y condensa las relaciones complejas entre América y Europa, en aquellos primeros tiempos, a partir de una prosa poética y despojada que, sin dejar de ser cercana al neo-barroquismo de su admirado Carpentier, no se torna laberíntica ni pierde claridad.

En esta charla, Montoya se explaya sobre los motivos que forman su obra, la inflexión que supuso la obtención del Rómulo Gallegos, el camino que lo llevó a convertirse en escritor y la situación política en su país marcada por el Proceso de Paz entre el gobierno y las FARC.

Además de haber vivido en Colombia, pasaste varios años en Francia, ¿cómo caracterizarías la relación entre lo americano y lo europeo en tu vida y en tu obra?

Esos puntos de contacto están presentes en mis novelas y en mis cuentos. Yo soy un escritor que comenzó a escribir en un momento en el que la literatura colombiana giraba en torno de Gabriel García Márquez, y hablar de García Márquez es de algún modo pretender homogeneizar la literatura colombiana sin ver que buena parte de su mundo transcurre en el Caribe. Es un registro colombiano caribeño y Colombia es un país conformado por diferentes zonas geográficas que tienen características muy singulares y diferenciadas. Están el caribeño, el de la costa pacífica, el andino, el selvático, el amazónico, etc. Hay diversos modos del ser colombiano según la región de la que hablemos. Eso se siente no solamente en la literatura que se escribe, sino también en la comida, en los bailes, la música, el acento, las concepciones.

¿Y cómo aparece esa cuestión de la literatura nacional en tus escritos más guiados por una dimensión universalista?

He tratado de zafarme un poco de esas obligaciones nacionales, de no buscar escribir directamente sobre mi país, mi ciudad o entorno. Esto se debe en parte a este movimiento migratorio que me llevó a estar tan abierto a las influencias literarias de otras partes,  decidido a escribir sobre lo que me interesa: vinculado al arte, a escritores, pintores, fotógrafos, a hombres del conocimiento y el saber intelectual.

¿En qué se diferencia tu obra de la producción que suele circular como literatura colombiana?

La literatura colombiana, que ha tenido éxito editorial desde García Márquez hasta ahora, es la que se ocupa de una Colombia supuestamente contemporánea. Yo me he ocupado de Colombia en algunos momentos pero no es lo predominante para mí.

Sería esa literatura colombiana más comercializable, con temas vinculados a  la violencia política y al sello editorial que implica hablar de “sucesores” de García Márquez.

Claro, u ocuparse del realismo sucio de los narcos, de la violencia, de los paramilitares, o esas novelas de guerrilla. Eso es lo que más o menos interesa leer en cierto circuito más comercial como tú dices. He escrito sobre Colombia pero no es mi única preocupación. Además, creo que le hace mucho bien al imaginario literario colombiano abrirse a otros vientos porque es un país que se cerró a la migración en sus tiempos de formación nacional. Mientras otros países latinoamericanos abrieron sus fronteras a los inmigrantes europeos en la segunda mitad del siglo XIX, Colombia las cerró completamente porque la dirigió durante muchos años una constitución conservadora ultra católica que no quería recibir inmigrantes porque veían que por ahí se les metía el socialismo, el comunismo, el progreso anticlerical. Entonces esa desconfianza ante el extranjero fue un motivo muy importante de la intolerancia y violencia que afectó y afecta al país. También la religión católica estuvo relacionada con la violencia, si bien es cierto que ha sido muy solidaria con las víctimas en algunos casos, no se puede soslayar que algunos miembros de la institución católica insuflaron los enfrentamientos, como los curas bendiciendo fusiles o bendiciendo batallones que iban a matar guerrilleros en la época de la violencia partidista. Todo esto hizo que nuestro país, literariamente hablando, haya estado tan cerrado a los elementos más dinamizadores e interesantes que pudieran llegar desde afuera. Ahora, con las nuevas generaciones, se promueve más este contacto sin prejuicios entre lo interno y lo externo. En mi caso, formo parte de estos escritores que promueven lo extraterritorial.

En “Tríptico de la infamia”, se observa una mirada más compleja respecto de los tiempos de la llamada Conquista de América, una reconstrucción en la que hay claroscuros y matices. ¿En qué medida fue esta una decisión deliberada?

La novela trabaja la relación entre América y Europa desde un ángulo poco frecuentado: Los protagonistas son pintores europeos protestantes que llegan al nuevo mundo. Esto significa que, de alguna manera, hay un punto de vista distinto al que se presenta tradicionalmente en las novelas que abordan aquellos primeros contactos entre europeos e indígenas americanos. Es también una novela que critica la conquista, a veces tiene un tono de denuncia, pero tampoco les da la voz a los indígenas. No se planta desde la perspectiva de los indígenas.

En la novela no se percibe ni una idealización ni una demonización del indio. Eso se observa en las tres narraciones que integran el libro.  
Así es. No hay una mirada maniquea que afirme tajantemente que el indígena era bueno, pacífico, sensato, el cuento del buen salvaje, o, del otro lado, un bárbaro anárquico y violento al que solo era posible someter o perecer en el intento. Hay, por supuesto, un deseo de mostrar que el indígena fue una víctima como creo que fueron los protestantes en las guerras de la religión en Europa. Por eso la mirada que se hace en el libro, sobre todo en la tercera parte de Tríptico de la infamia, es en relación a como los europeos protestantes, autodefinidos como artistas y humanistas, consideraban que debían solidarizarse con los indígenas sojuzgados por el mismo catolicismo que apuntaba contra el protestantismo en Europa. La novela tiene ese doble rasgo: es europeísta y, al mismo tiempo, americanista. Al menos, está inserta en la tradición americana que considera que el exterminio indígena fue una gran calamidad, un gran crimen.

En tu producción conviven el cuento, la novela, el ensayo y la poesía. ¿Hay una decisión deliberada de cierto mestizaje literario, de buscar moverse entre distintos géneros?

Intento desarrollar una escritura anfibia, que diluya las fronteras. A mis novelas, con el tiempo, las he concebido como bodegas donde puedo meter todas las preocupaciones e inquietudes que tengo. Hay un tono poético que siempre trato de mantener. El motor de mi escritura es la poesía. Siempre estoy leyendo poesía y estoy atento a lo que surge. Creo que lo mejor que se ha escrito en la escritura colombiana de los últimos tiempos es en la poesía. Lo que pasa es que la narrativa es más comercial y más visible.

Vivimos en una época donde la poesía ha quedado relegada por la industria editorial.

Exactamente. La que triunfa es la novela crónica. En Colombia, sobre todo, con García Márquez y la escuela de periodismo que dejó. La crónica es muy poderosa, está presente por todas partes, incluso han habido interpretaciones que consideran que hay crónicas periodísticas que pueden ser leídas como ensayos, que es otra manera de ver lo fronterizo de la escritura.

También hay un tomo periodístico en tu escritura en el sentido de construir frases concisas y breves. ¿Hay una búsqueda consciente en eso?

Sí, busco crear una estructura clara, transparente. Más allá de utilizar alguna palabra más o menos compleja, trato que se visualice claramente el contexto. Eso es voluntario y el uso de la frase corta también. No me gusta seguir en eso a la escritura de enredadera, proustiana, o cierto barroquismo como por ejemplo de Carpentier o de García Márquez en El Otoño del Patriarca.

Sin embargo, Carpentier fue una influencia fuerte en tu formación.

Sí, por eso ahora lo crítico, para sacármelo de encima (risas). Estuve casi diez años dedicado a Carpentier, hice una tesis de doctorado sobre él. Reuní todas mis preocupaciones frente a la música y literatura en torno de Carpentier. Eso me significó leerlo obsesiva y minuciosamente. En el comienzo de la primera parte de Tríptico de la infamia, hay como un pequeño homenaje que yo le hago a esa prosa de El siglo de las luces, que me parece espléndida, y sus novelas que transcurren en el Caribe. La primera parte de mi libro sucede también en el Caribe y hay varios guiños a Carpentier. Me enseñó muchas cosas, sobre todo me enseñó la factura de la novela histórica, la importancia de los anacronismos, un cierto rigor con el lenguaje. Digamos que hay simpatías por Carpentier pero también hay muchas críticas, un distanciamiento, cierto, porque hay cosas que no me gustan. Eso lo reconocí después de mucho tiempo de leerlo en profundidad.

¿Qué cambió en su vida a partir de la obtención del Premio Rómulo Gallegos?

Yo antes era un profesor de literatura, que escribía y que se ocupaba de sus estudiantes, que viajaba de tanto en tanto. Si era publicado, era generalmente por pequeñas editoriales. Las editoriales comerciales me habían editado antes de Tríptico de la infamia, pero los anteriores libros no habían tenido el impacto esperado a nivel ventas. El reconocimiento por el premio me sacó del nicho en el que estaba.

¿Cómo fueron tus primeras aproximaciones a la escritura?

Yo fui un niño muy lector. Fui tocado por ese amor a los libros. Eso vino por mi madre, que leía bastante me estimulaba comprándome libritos ilustrados o pasándome libros que ya pensaba que podía comprender. Era una mujer muy católica, preocupada por la guía espiritual de su hijo. No quería que yo me extraviara. Así que leía historias de santos, historias virtuosas. Leí la biblia cuando era muy adolescente y se me disparó la imaginación completamente. Pienso que fue por ese lado que vino. En el bachillerato empecé a escribir poemitas, cuentos. De todos modos, la primera vez que pensé cabalmente en la posibilidad de ser escritor fue cuando leí a Hermann Hesse a la edad de catorce o quince años. Ahí dije: quiero hacer esto. Me movió el piso. Otro escritor que me ayudó a encontrar el camino de la escritura fue Dostoievski en un momento en el que me invadió una angustia muy fuerte. En esa encrucijada de los diecisiete, dieciocho años. No sabía qué hacer con mi vida, estaba enloqueciendo un poco y de pronto encontré Crimen y castigo y me dí cuenta que había gente más sufriente que yo. Me lo devoré porque me consolaba. Pensaba: este personaje está peor y más loco que yo. Sentí una gran compañía. Creo que una de las cosas que me han motivado a escribir es que es una forma de consuelo.

¿Un consuelo frente a qué?

Un consuelo frente a la destrucción del cuerpo, a la degradación del cuerpo, a la descomposición social, a la violencia, a la soledad, al gran caos que nos rodea. Evidentemente, es un motivo también de celebración, de la amistad, del amor y el erotismo. Todas esas cosas son las que me empujan a mí a escribir. Igual, recién a los treinta años me dediqué a escribir sistemáticamente. Dejé todo, dejé la música –tocaba la flauta-, y me dediqué a escribir.

A la música la integraste a tu mundo literario.

Es cierto, la música es una constante para mí. Es una referencia y un tema de indagación, sobre todo en mis ensayos. También la pintura, la fotografía. El vínculo entre la literatura, los artistas y las artes en general es lo que en realidad me interesa centralmente. Creo que eso es lo que le da algo de novedad a mis libros en el contexto de la literatura colombiana.

¿Cómo se puede abordar la relación entre artistas, literatura y política?

Me interesa mucho ese tema. He tratado de abordar en las novelas, y también en los cuentos, esa relación entre artista y sociedad, del artista que está persiguiendo un proyecto individual, de belleza o estético, cuando irrumpe la crisis social. Creo que ese es el trasfondo político de mis libros: rescatar la figura del individuo, como la reafirmación del artista en medio de sociedades opresivas, brutales y violentas. Y me interesa mostrarle al lector que las justificaciones de la guerra y la violencia son todas equívocas. Creo completamente en la opción pacifista, por lo tanto no me convence ninguna justificación de la guerra. Ninguna: ni la nacional, ni la religiosa ni la ideológica.

¿Cómo ves el actual proceso de diálogo entre el gobierno colombiano y las FARC?

Voté por Santos en la última elección por dos cosas: porque creo en el Proceso de Paz, creo que es necesario y porque no quiero que se monte otra vez la extrema derecha en el país que ya estuvo gobernando ocho años siniestros con Uribe. Esto no significa que olvide que el diálogo lo están entablando victimarios con victimarios. El Estado nacional, que ha sido victimario de muchas muertes, y la guerrilla que ha provocado otras tantas. Pero el tema hay que resolverlo de una vez por todas. Mucha gente está indignada porque los guerrilleros no van a padecer prisión, pero en los procesos de paz ninguna de las partes va a firmar para que los aprisionen. El objetivo debe ser no gastar más plata en guerras y gastar el dinero en construir un país, en hacerlo más amable, más justo, más equitativo. Yo creo que, al eliminarse este conflicto de tantos años, Colombia va a respirar mejor.montoya

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