Nuevas formas de literatura

 

El proceso vital en la humanidad exige varios y distintos niveles de reformulación: no sólo en su desarrollo básico, sino también sobre las cuestiones ajenas e imponderables. Pero qué les vamos a contar de nuevo, si bien sabrán ustedes que en este posmoderno siglo XXI la turbina tecnológica demanda voraz una respuesta de nosotros, sus recursos humanos. Y claro que también llega a la literatura: ¿qué pasa con la extensión de la obra? ¿lo digital reconvierte al papel? ¿qué espacio ocupan las nuevas editoriales que ansían disputar su porción de éter literario? Clara y descontracturada, Luz Pearson responde a partir de las artistas de su obra BITNUS, que presenta este sábado 1 de octubre con algunas ideas sobre estos debates bizantinos que nos atraviesan como sujetos y como lectores -distinción cuya brecha cada vez se vuelve más angosta-.

Pero para, Luz. Vamos un poquito más atrás. ¿Cuáles son las lecturas que te marcaron?

La adolescencia fue la época en que más leía. Fue el momento de buscar mujeres, y de buscarlas como modelos. Bah, eso digo ahora, en su momento no lo sabía. Leía mucha cosa cultural-política-anarquismo, lo que se lee en ese interín: Simone de Beauvoir, Susan Sontag, críticas de arte. La vida de las artistas, mujeres tristes. Esos caminos. También hay una poeta romántica que amaba, Emile Dickinson. No les sigo leyendo pero es algo que ya llevo..-

… Incorporado
Sí, despues pingponié. Tengo otra marca que es Italo Calvino. Son lecturas, autores que definen el estilo que uno proyecta en todo lo que escribe.

¿Cuál es el estilo con el que escribiste tus dos últimas obras?
Es un estilo breve. Como ya se habrá mostrado y debería comprobarse, hay que hacerse con la idea de que cada producción tiene una construcción que sale de lo biográfico, pero no hay que confundir: que sea alimente de en absoluto significa que sea biográfico.

Lo cual abre nuestro primer capítulo…

I

“¿Qué no es biográfico?” pregunta Luz Pearson. La autora parece haber hecho un pacto con la incomodidad de la literatura y, a partir de ahí, haberla superado. La obra de Pearson -tanto la que florece esta semana, BITNUS, como su TARDIS o diccionario poético de las bellas palabras)- no es degenerada, sino todo lo contrario: es el género en su estadío superior, el género hablando del género y suspendiendo sus reglas para señalarse, apuntarse y dejar entonces que la palabra cobre valor. Ambos libros están pensados para adaptarse a las nuevas formas de lectura: pueden leerse en un viaje de tren o subte, y de esta manera se refleja también la forma en la que los sujetos se mueven y se conectan hoy en día, tanto en el plano analógico como en el digital

Teniendo en cuenta el trabajo que desarrollaste en TARDIS, donde congregas al menos una palabra por cada letra para elaborar una definición, ¿cómo tomas la fragmentación espacio-temporal del consumo? ¿pensas que se puede ver afectada la conexión narrador-lector, que hay riesgo de ejercer una lectura casual?

– Ni de cerca. Estas obras combaten la idea de la alta literatura en la que se propone una determinada extensión y un mínimo compendio de largas páginas. Acá se intenta proponer al lector libros amenos, , con la particularidad de que demandan una lectura activa en el sentido de que cada uno pone la pausa donde lo necesita y también recapitula sobre lo que le pareció interesante.


Entonces son obras que admiten una mayor cantidad de público posible.
– Sin lugar a dudas. No encuentro más que rasgos positivos en la posibilidad de que haya una mayor devolución, cualitativamente heterogénea. Hace unos días una amiga me comentó que había leído BITNUS mientras estaba en la peluquería. Me pareció genial: BITNUS, un libro de “pelu”. Otros juegan a contar las estaciones de tren que demoran en terminarlo. Yo voy leyendo en el tren y en el subte desde mi celular. Hay que reconocer la aparición de las nuevas posibilidades en las que el libro acompaña las formas en que leemos hoy.

La posición de Luz se refleja en su articulación con el universo editorial: es una de las creadoras de Editorial HORDA, cuyo estandarte más lúcido busca adaptar la lectura a las nuevas tecnologías y también crear un vínculo con el libro que trascienda su materialidad: por lo tanto, los libros y sus frases pasan a ocupar otros espacios (bolsos, por ejemplo) y la poesía dialoga de objeto a plataforma y de ésta a tendencia, configurando una red intertextual que trasciende la competencia clásica de la obra literaria.

Como todo proyecto editorial independiente, en la búsquedade sostenerse comercialmente pero para hacerlo decidió explorar otro aspecto de la lectura. En su correspondencia con la actualidad, se inclina hacia las pantallas portátiles y el libro digital y propone vender #ObjetosTextuales que no sólo representen el universo de cada libro, sino que también lo llevan dentro de sí. Escaneando el código QR que se encuentra en cada objeto –bolsos, libretas, tatuajes- se puede descargar y compartir el libro digital apostando, de esta forma, a la distribución gratuita de las obras.

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¿Y qué pasa con las páginas del libro, el archivo original? El espacio en blanco, por ejemplo, es un recurso tipográfico que frecuentas en ambas obras y del que te vales para pausar la lectura. ¿Qué otros sentidos podrías añadir a esta recurrencia?
– Se puede asociar a que trato de generar ideas breves pero concisas, casi titulares. Será un yeite por haber trabajado mucho en redacción, quizá. Quién sabe. Me gusta la idea de que haya un espacio para que el lector lea y, como decía antes, recapitule sobre lo que necesita. De hecho y a modo de ejemplo, muchos han utilizado los espacios en blanco de TARDIS para agregar sus propias palabras. Las hojas en blanco son un silencio, pero también una oportunidad para que cada uno disponga de utilizarlas e intervenir sobre la lectura.

Ese silencio es uno bien particular. No es uno inexpresivo, sino más bien complico. El silencio de las hojas frescas busca la mirada como un perro-amigo, o bien un perro-vecino; remarco esto porque el primero es cariñoso pero el segundo lo dobla en su cuota de camaradería (son los que siempre saludos atentos, y sin demasiadas insinuaciones saben reconocer y corresponder al vecino). Están ahí, inquietas entonces, jugando a atrapar a los lectores con el amague característico del quiebre de cintura.

¿Atrapar a los lectores?

Si. Yo quiero que se queden ahí.

La hoja casi desnuda se enlazará, entonces, con los ojos de un viajero habitué del transporte público, un común que va a su trabajo lunesaviernes en la estación, digamos, Caballito. Los habrá, claro, algunos más virulentos, que pasaran en búsqueda de la siguiente significación; otros querrán retomar el sentido o bien, iniciar un nuevo capítulo casi como emprendiendo una juvenil expedición al nuevo kiosko del barrio o como si sus ojos estuviesen prendidos a la nueva serie de Netlflix. Pero nunca se develará aquella cadena mágica, aquel espacio cronometrado donde (des)vestido a sus anchas el crudo blanco abrazará con sus prolegómenos desuspenso a la mirada del lector para fundirse en una amistad temporal. Porque todo en el mundo es efímero, despavílense. Pero ahí el misterio: la creatividad del autor se yuxtapone en el relampagueo de un momento genuino donde, con una pedagogía casi freireana sobre la lectura anónima, le permitirá al lector terminar de pintar el cuadro a gusto y piaccere. El constucto pearsoniano, satisfecho, se regocija de la amistad con el lector y se va silbando bajito, prometiendo volver en la próxima estación

 II

El capítulo dos viene a decir, de manera metonímica, que dos obras no se escriben todos los días. O al menos, no en dos días.

Exacto. Son parte del proceso. Me alegra que no me hayan preguntando si son biográficas. Esa confusión aniquila el sentido de lo que se quiso inscribir en la obra.

Tenés razón, Luz. Además de que es notable que puedas escribir también en negrita y rompamos con la jerarquía de preguntas y respuestas, etiqueta típica de las entrevistas. Ya que estamos permitámonos recorrer un poco, con sencilla parsimonia, las conexiones de TARDIS y BITNUS.

Ambas obras guardan un lazo de hermandad de estilo, de sutileza -aunque BITNUS tiene un alto componente erótico y de crudeza, mientras que TARDIS tiene una sutileza más naive, del dolor del alma- y ambas refieren a lo cotidiano de manera que la vida misma se vuelve un objeto de observación. Los mundos que construye Pearson, tanto en la descripción de los elementos y los conceptos abstractos -que con frecuencia el lenguaje desatiende- como en el relato de un vínculo sexual basado en la virtualidad, la distancia y el despojo, son metamundos. Son diálogos constantes y simultáneos, que no se apagan y que, casi a lo largo de ambos libros, son difíciles de distinguir. Todo de la autora aparece en esos vaivenes, no necesariamente como un testimonio pero sí como una presencia ineludible: ahí, donde está lo más crudo de la pasión, donde hay un rastro de que algo dolió mucho o de que hizo muy feliz, se potencia la enunciación, sube el tono y luego, sin avisar, se guarda en la sombra otra vez.

En estas obras, la forma también determina la intensidad del contenido: en TARDIS, el lector ve correr decenas de palabras frente a sí que son redefinidas e invertidas; en BITNUS la narración se vuelve un diálogo infinito con el silencio: una relación virtual sexual en el cual, cuanto más contacto aparece, más sola se está. Pero es que el primero responde con la misma precisión con la que El Doctor -reconocido personaje de la serie inglesa Doctor Who– explica el funcionamiento de su nave TARDIS (Tiempo Y Dimensiones Relativas en el Espacio, por sus siglas en inglés).

Luz Pearson adosa, entonces, que su obra busca crear un “tiempo y espacio particular”, mostrando que no es necesaria una nave para transportarse: sus libros pueden existir como dimensiones posibles que también sirven como plataformas de encuentro con los otros. En BITNUS, a contramano, hay una suspensión temporal marcada por el espacio mismo: la virtualidad, esa nebulosa cuyas prácticas y códigos parecerían jamás lograr establecerse y, por lo tanto, permiten el juego y la irracionalidad. Es en el borramiento del tiempo y con el chat siempre abierto – y de las reglas que aparecen los nuevos vínculos que caracterizan, también, a las nuevas formas de concepción de las obras literarias y artísticas. Es por eso que cuando Pearson se pregunta -y nos pregunta- “¿Qué es el arte?”, ya no hay un lugar desde el cual pararse sino un entramado de transformaciones y de nuevos códigos que hay que aprehender para decodificar.

Por el momento, se esboza un lugar de posibilidad. Vamos a ponerle una dirección, casi tentativa, casi arbitraria: Espacio Utaki, calle Garibaldi 1675, barrio de La boca. Sábado primerísimo de octubre a las 17.30 horas.


Por Lucía Cholakian Herrera, Catalina Copello y Lucas Canale

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