Amagues en el tiempo

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Tres años antes del nacimiento de Diego Armando Maradona, el fútbol argentino sólo hablaba del gol de Corbatta a los chilenos. Se dijo que se amagó al equipo entero, que fueron sólo dos rivales, que después de pasar a algunos volvió hasta la mitad de la cancha para seguir esquivándolos o que sonreía a los fotógrafos antes de tocar la pelota con suavidad. No era casual que lo apodaran el Loco: una verdadera joya que desafió a la lógica y que sin embargo, representa un gran misterio deportivo. En una época en la que el fútbol se limitaba a las radios y las revistas, no existen registros fílmicos del gol: solamente queda una sucesión de ocho fotos que de todas formas requieren de bastante imaginación para reconstruirlo.

Un camino de reconstrucción propio tuvo que hacer a su vez Alejandro Wall, el autor de “Corbatta, el wing”, para dar con la verdad -al menos parcial- de la vida del ídolo de su padre que supo darle a Racing y a Boca dos títulos nacionales a cada uno y dos Copas América a la Selección Argentina entre finales de los 50 y principios de los 60, pero que terminó en el olvido, consumido por el alcohol y viviendo de prestado por las calles de Avellaneda. “A los wines, los punteros o -como se los llamó en la posmodernidad del fútbol- los extremos, esos hombres que juegan sobre la raya, se los asocia con la locura, la libertad para jugar; los wines son los románticos del fútbol, los que juegan sin reglas y sin lógica, en la cornisa”, dice Wall en una de las primeras páginas del libro. Y agrega: “Pero también se los vincula con la fatalidad. Los wines son los locos y los borrachos”.

El Loco además ostentó un récord en soledad durante más de cinco décadas,  pero a partir de 2014 lo comparte con Messi: desde 1958 se mantuvo como el único futbolista argentino en haber convertido goles en los tres partidos de la primera fase de un Mundial. Números que más de un periodista de hoy exhibiría con orgullo.

Oreste Osmar Corbatta, que no sabía leer ni escribir y que con los años pudo improvisar una firma garabateando su apellido, hablaba con claridad poética; cuando le preguntaron por qué creía que en el potrero era más lindo que jugar en el césped, respondió: “Porque cuando se levanta el polvito de la tierra, escondés la pelota y no hay Dios que la encuentre”.

Alejandro Wall tienía 12 años cuando Corbatta falleció en 1991. Esa es la edad en la que los ídolos se hacen superhéroes en carne propia. Movido por esa pasión, durante cuatro años siguió los rastros de la vida del crack a través de un cuidado y comprometido trabajo de investigación que además supo manejar de manera muy inteligente, con sus corbattanos amagues en el tiempo, los hallazgos funcionales a un relato que sostiene la tensión y el suspenso en todo momento.

En una entrevista de 1980 –una de las pocas en las que se le puede escuchar la voz– Corbatta, que ya había perdido todos sus bienes materiales, sentenció: “El dinero se hizo para ir y venir, no para tenerlo. Con oro o sin oro te morís lo mismo. Debajo de la tierra no te podés llevar el dinero. Eso lo aprendí, y no me lo enseñaron en la escuela, porque fui hasta segundo grado. Somos todos iguales, iguales acá, y también muy iguales debajo de la tierra”. Y así como llegó se fue: sin penas, ni gloria.

Hoy un pasaje de Avellaneda, pegado a la cancha de Racing, lleva su apellido. Corbatta, el asistidor por excelencia, el astro de las curvas laterales y cerradas, es ahora -no podía ser de otra manera- un camino con forma de Cilindro.

Corbatta, el wing – Alejandro Wall – Aguilar – 2016

Por Javier Martínez Conde

 

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