Entrevista a Mario Flores, poeta salteño: “La poesía es siempre algo que surge de una bella catástrofe natural”

Por Javier Martínez Conde y Lucía Cholakian Herrera

Es domingo y hace calor. Cincuenta personas reunidas en un centro cultural pequeño observan hacia el escenario durante una edición de la Justa Poética, slam de poesía que late (casi) todos los domingos en el corazón de Almagro, CABA. Miran con atención a Mario Flores, el poeta invitado de la noche, proveniente de Tartagal, Salta. Mario comenta el calor y afirma: “si esto les parece calor, no se imaginan lo que es allá”. El ruido de la ciudad no perturba su presentación calma, su modulación precisa, sus versos pacientes y sólidos. Recita como si las palabras estuvieran listas para salir hace mucho tiempo. Poco a poco, entrega al público algunos de los poemas de sus obras Escala de Richter para la melancolía (2014), Nosotros niños mutantes (2015), Introspectiva (2015), Manual de origami (2015) y Poesía para pasajeros urbanos con auriculares (2016). Pocos meses después de esta noche volverá para participar de la Residencia Enciende de la Bienal de Arte Joven de Buenos Aires.

En una conversación con Mundoconlibros, Mario nos guía en un recorrido por su obra, su tierra y su visión de la poesía oral argentina contemporánea.

¿Cómo aparece Tartagal en tu obra?

Tartagal es para mí un sitio de conflicto. Es muy frecuente que a los escritores del interior se nos clasifique con ciertas categorías tales como “literatura regional”, “literatura local”, como si se tratara de signos generales en donde esas ciudades quedan representadas por la poesía y la narrativa así como aparecen en el folklor o en las costumbres convencionales. La poesía siempre va por otro lado. Yo he tratado siempre de retratar un rostro menos conformista con ese tradicionalismo, algo que pueda espejar un universo propio pero tomando matices reales. En algunos de mis poemas Tartagal aparece como un escenario violento en donde los personajes son fantasmas que se arrastran en el pavimento: un develamiento de lo que no es supuestamente ‘poético’. No se me ocurriría hablar de Tartagal aludiendo a los lapachos en invierno o lo lindo que son los mangos en el verano. Creo que la poesía sólo es poesía cuando se encuentra en estado de crisis; de otro modo estaría haciendo literatura de turismo, inofensiva, siempre contando las pequeñas aventuras intrascendentes del pueblo en la fila del banco. Tartagal es una ciudad compleja, difícil de captar a primera vista. Puede ser tan amigable como tediosa, genera prejuicios difíciles de combatir sobre todo en el arte. En mis libros aparece pocas veces porque hago lo posible por no ser autorreferencial (aunque nuestros textos siempre hablan de nosotros, en algún punto), pero cuando aparece se trata de una ciudad real, cruda y muy mística: funciona como un registro de horizontalidad, donde lo irracional siempre tiene lugar en la realidad.

Cuando recitaste en el slam Justa Poética en Buenos Aires hablaste de la fortuna que tenemos en la capital por la cantidad de oferta cultural y de poesía. ¿Cuál es la situación en Salta? ¿Qué desafíos enfrentan los artistas independientes?

La primera dificultad es ese último término que mencionas: los artistas independientes. Creo que, tal vez, no se entiende bien todavía lo que es un artista, en tanto persona que produce o en tanto espécimen aislado con una visión diferente del mundo y de la ciudad que habita. En los últimos años he visto crecer un grupo muy grande de poetas en Salta capital: no sólo aumenta el número de hacedores sino que también evoluciona su dinámica de trabajo, creando instancias de diálogo abierto para la presentación y exposición de sus trabajos. Ego hay siempre en todas las disciplinas y ocurre que existen – como en todas partes – pequeños círculos que se separan de otros por un millar de razones, pero desde mi punto de vista esto es secundario ya que ahora en Salta hay muchos más libros por año, más ciclos y más ferias editoriales.

En el interior de la provincia la situación es diametralmente opuesta: la oferta cultural se basa en la escasa  programación de las instituciones municipales, donde el carnaval y el corso color de verano son las únicas actividades etiquetadas como cultura, a donde van a parar los fondos. La única editorial independiente es la que yo manejo, y en Tartagal aún no se conoce bien lo que es una edición independiente o artesanal. El libro continúa mal entendido y eso conlleva que el grueso de la gente menosprecie tu trabajo porque no lo ha editado una gran corporación: se sigue pensado que el camino es ese, y no es de esperar que en un lugar en el que se lee muy poco y en formatos convencionales el libro quede anquilosado en las vidrieras de la única librería que hay. Sumado a eso no existen espacios en donde realizar lecturas u obras. En mi caso he corrido con algo de suerte al contar entre amigos a varios músicos que me acompañan, y profesionales que siempre ayudaron a conseguir una sala para presentar un libro mío, por ejemplo. Pero son casos infrecuentes. Estoy seguro que los poderes municipales sólo financian y asisten a cierto tipo de literatura, la que está en constante coito con la academia y responde a ese costumbrismo inofensivo del cual hablaba antes. Y volviendo al primer punto: la escasez de artistas es alarmante, sobre todo en las letras, donde es seguro que existe un montón de gente que escribe pero lo guardan, por temor o por prejuicio. Si quisiéramos establecer una imagen de la escena cultural u oferta cultural sería nula o casi nula, donde los espacios son inexistentes (por ahora, ojalá) y los hacedores alienados. Por mi parte trato de enganchar siempre a la mayor cantidad de jóvenes posibles para que se animen a mostrar lo que hacen, a través de un taller literario o a través de un micrófono abierto. Pero lleva tiempo y es una cuestión de evolución: lenta y paciente.

¿Cómo ves la escena poética federal, teniendo en cuenta a los slams a nivel nacional y los intercambios que se realizaron y fortalecieron en los últimos años?

Tuve, desde hace un par de años, la posibilidad de moverme por el país y conocer la gran cantidad de actividades que se realizan con respecto a la poesía, y no sólo en cuanto a contenido sino también en formatos y soportes. El slam fue una de esos fenómenos que pude apreciar, tan controvertido y menospreciado por cuestiones quizás estéticas, pero muy funcional si se lo aplica en lugares donde no existe absolutamente nada (como en Tartagal, donde hicimos tres y salieron muy bien debido a la facilidad de sus reglas y lo versátil de su puesta en escena). Se creó una red de conectividad entre quienes forman parte de esta actividad y eso permitió que el suceso llegue más lejos, arrojando un poco de luz sobre las posibilidades en términos de creación y gestión. La cantidad de slams que se reparten por el país es bellísima, cada uno con su singular naturaleza; y también es bella la discusión que genera el formato en sí mismo, donde lo tergiversado de ambas partes se vuelve material de lectura y trabajo. Sin embargo, y con respecto a lo que mencionaba en la respuesta anterior, estamos hablando de un espectáculo poético que requiere de un cierto capital cultural, de un número de partícipes activos, y eso es lo que siempre falla en los pueblos pequeños.

Actualmente, y más allá de un estilo de presentación como el slam, la escena poética del país es el fenómeno más excitante que yo he encontrado: ediciones, festivales, ferias, plataformas colaborativas, redes… Estamos, es claro, en un punto muy fecundo donde nunca falta material para leer y para experimentar. Hay muchos movimientos que son parte de eso. Sería muy bueno que en los lugares más alejados del interior se adoptara con la misma pasión y naturalidad que se desarrolla en los puntos más centrales del país.

En uno de los últimos poemas de Introspectiva, “Poesía para plantas de interior”, empezás diciendo que “La felicidad de los normales/ debe significar eso:/ vivir en estado de domingo permanente”. ¿Creés que esa frase resume el sentido de unidad implícito en la obra, a partir del calificativo “normal”, que aparece inmerso en un contexto de disrupción de lo normativo?

En efecto lo creo así. Introspectiva es un libro de poemas que se interrelacionan entre sí, ya que me aboqué a una temática especial que tenía que ver con una perspectiva del mundo y la realidad, los vicios y los trastornos. Todos somos neuróticos en cierto punto y ese filtro aplicado al mundo hace ver las cosas como si estuviéramos en un sueño. Un sueño muy tele novelesco. Un sueño que quizá no nos es del todo propio ya que forma parte del afuera. Creo que los normales, así como los vemos desde este punto, anhelan la telenovela, la pasividad, los paseos por la plaza que luego se narran con grandilocuencia. Y más en los tiempos que vivimos, donde muchas voces se alzan en batalla contra la normalidad condicionada, el domingo permanente es el último signo de poder discursivo que les queda a los normales para ostentar su reino. El sentido de unidad de esa obra es ese, claramente: abundan los personajes aislados, malcomidos y nerviosos que, sin embargo, son quienes rompen con la monotonía. No estoy seguro de haber logrado todo lo que me propuse ya que la poesía es siempre muy maleable a los ojos y alguien puede no haber sacado nada de allí, pero la idea está.

En Escala de Richter, hay, ya desde el título, una intención clara de sismología. ¿Podrías decir entonces que lo que escribís surge del desconcierto y la agitación?

La poesía, para mí, es siempre algo que surge de una bella catástrofe natural. Hay quienes piensan la poesía como un ejercicio masturbatorio del cuarto privado, en la torre de marfil, creando textos que describen un sentir reflexivo. Y está muy bien que existan esas obras, pero a mí no me generan nuevas preguntas. Prefiero la poesía que está en estado de calmada ebullición. Una equilibrada desmesura que genere nuevos interrogantes. Escala de Richter fue el primer libro de poemas que publiqué, breve y direccional: hay una forma y una historia, una irrupción dialogal y un espacio donde las voces van mutando de cuerpo. Quería un poemario conciso y sólido. Muchos poetas reniegan de sus primeros trabajos, como un karma, pero a mí me sigue gustando. Puede leerse eso como un gesto de vanidad. Considero que todo lo que yo escribo es parte de un sismo personal, a través del cual no importa la fiabilidad de las respuestas sino la apertura de las nuevas preguntas. Me gustaría que todos mis poemas sean así, contundentes por lo que inquieren más que por su peso.

Desconcierto y agitación. Son dos palabras que pueden resumir lo que vengo diciendo también acerca del punto de donde partimos: existió siempre una suerte de extrañamiento con la ciudad, el territorio y los códigos, y eso lleva a escribir, a buscar otro lenguaje que funcione como arma creativa ante esa incertidumbre.

¿Cuán importante crees que un Poemario sea percibido como un puente entre textos en constante interacción y no como una amalgama de partes inconexas?

Me parece importante que un libro tenga una corporeidad física y visual. El montaje, la estructura y la forma de los poemas, se caracterizan por hilar ese cuerpo a medida que la lectura va haciéndose junto con la palabra. No creo que sea importante que todos los poemas traten de lo mismo, o hacer un único poema largo en varias partes (a lo que muchos aspiran con el “poema único detrás de muchos poemas breves”, que es una búsqueda interesante y compleja, pero no la única). Considero acertado que un conjunto debe hablar por sí mismo, así los textos sean creados con mucho tiempo de por medio o corregidos con métodos distintos. Esa corporalidad de la cual hablo refiere a la voz y los decires que esa voz nos comunican: mensajes que pueden estar en el lenguaje de este mundo o en otro, pero que mantengan ese equilibrio primigenio que nos hizo hallar la palabra.

Suelo, por lo general, pensar en libros antes que en poemas sueltos. Ideo una foto, una imagen primera, y a partir de allí los diferentes matices y cuerpos / figuras van apareciendo. Obviamente en esa imagen hay una temática y un contar, pero trato de no pensar en temas. Claro que en la literatura hay temas, como núcleos de acción, pero prefiero obviarlos y concentrarme en movimientos. Desplazamientos. Si el libro queda corto le agregamos uno que ande por ahí huérfano de libro, pero debe tener cierta familiaridad física. Construir un poemario es construir un puente con diferentes metales que tengan la misma tensión y resistencia. Después de todo es uno mismo quien toma el riesgo de cruzar por allí.

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