En sus ojos se refleja la muerte

hosne“Era un espacio en blanco aquel que se extendía para mi crujir” – Osvaldo Lamborghini

Son las nueve de la mañana y un porteño cualquiera entra en el colectivo tratando de llegar al trabajo. Hace media hora que el bondi está estancado en el tráfico. El chofer, con mala cara, grita en cada parada para que la gente se mueva un pasito para atrás, mientras putea a los autos y amenaza con arrasar a cada moto o bici que se le cruza en el camino. La gente se aprieta, se pisa, trata de moverse. Algunos se empujan entre sí; una señora apenas puede mantenerse en pie pero los que están sentados se mantienen ocupados mirando por la ventana. Bocinas y calor mezclados en el aire. Entonces no da más, siente que revienta, quiere gritar, patear, escapar de ese lugar. Trata de contar hasta diez y se pone los auriculares, o se calma o explota. El protagonista de esta novela -no casualmente sin nombre- es ese que sale a acribillar gente haciendo estallar por los aires la violencia acumulada en las calles de Buenos Aires. Un pibe de clase media de veintitantos que se junta con amigos a tomar, que habla sobre minas, que cada tanto sale con alguna, se interesa por el fútbol y trabaja en una empresa de telemarketing. Un porteño normal.

Pero lo normal no existe y menos en este personaje que se convierte en un agente del mal que busca constantemente cualquier situación para crear destrozos. Todos son sus víctimas, esa viejita que se queja en el bondi, el linyera de la esquina, el chico que reparte estampitas en el subte, canas, la chica que conociste en el boliche.

Capital Federal se presenta como otro personaje en la novela. Es un cuerpo más: uno enfermo, flagelado por el cemento y la presencia de cada humano que habita las veredas. La oscuridad de las calles se convierte en el momento propicio para salir a torturar y asesinar. Desde una voz narrativa ágil y filosa, la violencia del cuerpo y del sexo se muestra en todo su esplendor, nada se esconde. Todo está ahí en su descarnada realidad, la brutalidad y lo horrendo.

 Este hacedor de holocaustos personales elige a su presa, la lee y le aplica una destrucción diseñada para ella. El narrador dirigido por un deseo de destruir las apariencias y desgarrar las máscaras muestra a sus víctimas que detrás de ese esfuerzo por levantarnos a la mañana no hay nada, que sólo existe el caos y la nada misma. Como una especie de flâneur del infierno, el narrador ronda por Capital, abierto a cada posibilidad que brinda el azar. En esos paseos descubre a Julieta. Ella parece distinta, una persona que carga otra esencia. El personaje se ocupa de construir una vida para llegar a ella y revelar esa aparente profundidad. Empujando cada vez más sus límites se encargara de mover los hilos y preparar la escena para cada show, midiendo si será capaz de llegar hasta el final del viaje.

Ningún infierno – Alejandro Hosne – Alfaguara – 2016

Por Agustina Aranguren

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