Tomar lo desarraigado por la fuerza

el

UNA NOCHE, MARKOVICH

Una noche, Markovich // Ayelet Gundar-Goyen

 

“Una Noche, Markovich”, libro debut de Ayelet Gundar-Goyen por el que fue premiada con el galardón literario Sapir -el más importante de Israel- compone un drama de época que es tanto una novela sobre las relaciones de familia, la mujer y los efectos de la guerra como las contradicciones del pueblo hebreo durante la época en que el Movimiento Sionista conspira para comenzar a poblar Eretz Israel.

El relato se sitúa a fines de la década del 30’. Jacob Markovich es un labriego Israelí intrascendente y de personalidad apagada. Luego de que su amigo, el seductor Zeev Feinberg, sea descubierto teniendo sexo con la mujer de un matarife de su pueblo, los dos escapan en una misión especial a Europa orquestada por la Irgun, la organización militar secreta sionista. El barco parte con veinte hombres jóvenes a bordo que van a desposar a un grupo de veinte mujeres judías para superar las trabas fronterizas y rescatarlas de una Europa en la que está por estallar la segunda guerra mundial. Cada matrimonio sería disuelto con el visto bueno de un rabino ni bien las veinte parejas llegasen a tierra. Pero cuando Markovich se topa con Bella Zeigerman, la mujer inteligente, carismática y hermosa que le toca desposar termina por traicionar su cometido y negarle el divorcio, lo que lo convierte en un paria de su comunidad y le hace ganar el odio más profundo de aquella mujer a la que convierte en su cautiva.

La novela tiene una visión muy marcada sobre la femineidad y la masculinidad en un contexto de épica cotidiana. Una concepción de las emociones hogareñas masculinas que pocos hombres podrían lograr en una novela, pero que Gundar-Goyen consigue recrear a partir de su visión femenina sobre la visión masculina de la femineidad. Bella escapa de la casa pero vuelve a Markovich luego de trotar el mundo. Necesita un lugar seguro, económicamente estable y a salvo de las miradas morales donde criar a su hijo, fruto de la aventura con un poeta fracasado. Esta no será la única negociación que se dé entre roles de género, pasiones encontradas, paternidades erróneas u orígenes culturales desarraigados.

El riel sobre el que se articula el relato es la guerra. El libro está separado en cuatro partes: antes, durante, después y después de después. El conflicto va a contener, acompañar y definir los cambios en la vida de los protagonistas, a quienes: “Las diferencias de presión pesan en los tímpanos y descalabran la estabilidad”. Pero lejos de ser una historia en clave de tragedia, “Una noche, Markovich” tiene momentos de humor irónico muy entrañable, y personajes secundarios con líneas argumentales de casi tanto protagonismo como la principal.

Los personajes de “Una noche, Markovich” no son las víctimas del holocausto que se acostumbran a ver en la industria cultural, sino los representantes de una cara más digna de la sociedad hebraica, que admite haber combatido a los árabes y los alemanes mediante operaciones de inteligencia en el seno del movimiento sionista. El pueblo judío no tiene lugar en el mundo y se lo hace a la fuerza. La épica de la guerra y el hogar construye y destruye. Por violencia, por inercia o por traición. Estas apropiaciones tienen como contrapeso y respuesta emocional un sentimiento de desarraigo. Han matado a niños ajenos y también los han criado. La guerra cambia todo y a todos, y lo personal pasa en segundo plano.

Pero no es sólo la guerra quien toma a los personajes, los destruye y los devuelve maleados, sino también sus relaciones: las parejas felices y las infelices, la relación con los vecinos, con los amigos caídos, las aventuras amorosas y los hijos ilegítimos, y cómo los personajes intentar reconstruirse en el seno de un contexto familiar. Pero ya no importa de quién son los hijos que uno cría. Porque, tal como dijo la autora en una entrevista reciente, los judíos “tendemos a olvidar que somos un pueblo de refugiados”.

Y así vive la historia, en sus personajes y sus vidas: “los años pasaron y los sentimientos, los deseos y los pensamientos se fueron con ellos. Las células murieron y fueron sustituidas por otras. El cabello se cayó y no siempre fue sustituido por otro. Y a pesar de eso la gente se siguió comportando como de costumbre (…) porque de lo contrario hubieran sentido que los días los llevan consigo de horizonte en horizonte, impotentes, como una fila de hormigas negras cargando un insecto de espaldas hacia su amargo fin”.

Una noche, Marcovich – Libros del Zorzal – Buenos Aires – 2016 


Por Elías Alejandro Fernández 

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