La trastienda de Murakami

murakami2.jpgSi bien no son pocos aquellos que teorizaron sobre el género novela, empezando por  Bajtín y continuando con Lukács y Kristeva -solo para retomar a algunas eminencias-, no cabe duda que al día de hoy la pregunta sobre qué es y cómo se escribe una novela continúa suscitando el interés de muchos. Sin pretender dar una definición o caracterizar en modo alguno a dicho género, en los once ensayos autobiográficos que conforman De qué hablo cuando hablo de escribir, Murakami se dedica a hacer un recorrido (nunca lineal) sobre su experiencia en tanto escritor de novelas a lo largo de más de 35 años.

Con un estilo sencillo y coloquial que por momentos roza lo intimista y con el tono propio de un texto que podría ser leído en una conferencia, Murakami parte de anécdotas personales, recuerdos de la infancia, críticas recibidas en distintos momentos de su carrera y célebres episodios de la vida de escritores como Hemingway, Chandler, Algren o Maugham, para abordar y reflexionar en cada capítulo sobre una temática específica en torno al oficio del novelista. Si tenemos en cuenta que tradujo del inglés al japonés el primer capítulo de su primera novela como técnica para lograr un lenguaje simple y poco florido, o bien su método de “coleccionar” detalles azarosos que observa en el día a día para luego utilizarlos a la hora de fabricar una historia tal como hace E.T. cuando construye su máquina a partir de elementos corrientes, o incluso la aclaración de la cantidad de páginas que se obliga a llenar cada día para mantener el ritmo deseado en la escritura; estas cualidades nos permiten acceder a los hábitos y ejercicios que forman parte del backstage de sus novelas y que Murakami expone a lo largo de esta obra.

Sin embargo, detrás de las numerosas recomendaciones que ofrece a quienes pretendan dedicarse a escribir novelas, en muchos casos mezcladas con frases que pueden resultar ingenuas y hasta cliché, se puede observar un profundo cuestionamiento a distintos aspectos de la sociedad japonesa en general y a su universo literario en particular. Desde la incapacidad de los japoneses para aceptar cualquier cosa que sea original y se salga de la norma hasta la hostilidad que recibió durante la mayor parte de su carrera por parte de la crítica de su país, pasando por el sinsentido de los excesivos premios literarios que pretenden dominar por completo el canon en Japón e incluso ahondando en el utilitarismo extremo que rige el sistema educativo japonés, a Murakami no le tiembla el pulso a la hora de dar a conocer su opinión respecto a su país natal.

Por otra parte, también se puede ver el intento de Murakami por presentarse a sí mismo como un autor sin halos ni magia de ningún tipo. Ya sea creando una escena de iniciación en la escritura que deja en claro el aspecto aleatorio de su llegada al mundo de los novelistas -casi por casualidad, mientras miraba un partido de béisbol- o explicando lo simple y hasta aburrida que puede llegar a ser su vida cotidiana -basada sobre todo en llevar una alimentación sana y realizar constante ejercicio físico- Murakami se empeña en romper todos los mitos que suelen rondar a la figura del escritor e insiste en ser como cualquier hijo de vecino: “Lo que me gustaría que comprendan todos los lectores interesados en este libro es que, en esencia, me considero una persona normal (…) Si paseo por la calle, nada en mí resulta llamativo, y cuando voy a algún restaurante, normalmente me sientan a una mesa horrible”.

De qué hablo cuando hablo de escribir – Haruki Murakami – Tusquets – 2017


Por Jessica Peltz

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