Jorge Vilela: prender fuego el olvido

Hace frío. Mucho frío. Es una noche de julio del año dos mil quince. Estoy con Lucía, mi compañera, y sabemos que estamos en Salto, provincia de Buenos Aires. También sabemos que vamos a visitar a Jorge. A Jorge Vilela. Sostengo una cámara de fotos. También, por las dudas, llevo conmigo un cuaderno y una lapicera. Nos acercamos a un portón de chapa que funcionó desde siempre como puerta principal. Al lado hay una ventana con algunos calcos publicitarios que, pegados en la parte inferior, denotan el paso del tiempo por su decoloración. Golpeo el chapón con los nudillos de la mano y bien fuerte, sea cosa que se entienda. Esperamos unos minutos. No hay apuro. Fuera de la vorágine de la ciudad, no tener apuro es una sensación liberadora. Un respiro. Nos miramos con Lucía y sonreímos. De repente, escuchamos un par de pies arrastrándose sobre un suelo de cemento áspero. Jorge es un hombre ya mayor y se toma su tiempo para hacer las cosas. “Siempre fue así”, me habían dicho varias veces, siempre “se tomó su tiempo”, tanto para abrirnos la puerta esa noche como para terminar de escribir, corregir y sacar a luz un misterio dentro de la literatura argentina de mitad de siglo XX. Jorge Vilela, entre todos los adjetivos que podrían llegar a pertenecerle, es un hombre querible pero abyectamente terco. Y esa es la sensación con la que podríamos aproximarnos a lo que, con el paso del tiempo, fue considerado el enigma Vilela: un enigma terco, misterioso y perseverante, reflejado en una novela de ciento cuarenta y siete páginas titulada La mañana del diez de enero.

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Jorge Vilela en su taller. Foto: Fermín Vilela

 

Vilela murió meses antes de que su novela fuese editada por la Biblioteca Nacional. No llegó a verla publicada, en parte por su propio reniegue y en parte por cierta perversión proveniente de las editoriales. Numerosos rechazos hacia sus escritos protagonizaron una lucha constante que le permitió a Vilela no sólo perseverar, sino jamás resignarse a abandonar el proyecto entre manos; quince años pasado el segundo milenio, su salud le permitiría llegar a ver los primeros pasos de una posible publicación. Los últimos diez años se había ocupado de vivir recluido en su casa –es decir, un dormitorio enorme operando como imponente taller, con patio al fondo y tres gatos deambulándolo– escribiendo y trabajando en sus propios inventos y artesanías. La mañana del diez de enero, en un principio, llevaría como título “El verano del 67″. Aunque finalmente el narrador volvería a concretar lo que había hecho con todas sus producciones anteriores: quemar todo.

Cabe destacar la vida enigmática de Jorge Vilela como un reflejo tanto de su potencia narrativa como de su inusual forma de contar las cosas. Un desorden en las páginas y en los días. Nacido en 1934 en Tandil, conoció –junto a un grupo de compañeros– al escritor polaco Witold Gombrowicz, con quien formó una peculiar amistad y un vínculo que estaría fundado por un mismo compromiso: la literatura.

 

Marlon (Jorge Vilela) era, entre esos jóvenes que conocí en Tandil, posiblemente el más chilflado. Después comprobé con asombro que en su chifladura sabía escribir

 

Estas palabras fueron dichas por Gombrowicz meses después de haberse topado con este extraño rejunte de jóvenes. En 1937, el escritor polaco había viajado a la Argentina después de los asedios que su país natal había recibido por parte de las tropas alemanas. Luego de una fructífera pero inquietante estadía en la Ciudad de Buenos Aires, Gombrowicz decidió establecerse en la rotunda ciudad de Tandil. Todas y cada una de las experiencias que giraron en torno suyo fueron contundentes en la vida de Vilela y en los fantasmas que lo ocuparían más adelante.

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Gombrowicz y Vilela, 1963. Foto: Miguel Grinberg

 

Primavera de 1957.

    Tandil no ha cambiado, tampoco la confitería, siempre las mismas caras; esto es desesperadamente pueblerino, pero no conocemos otra cosa. Desde hace tres tardes, está con nosotros un tipo en la mesa, que no tiene nada que ver con nada: se llama Witold Gombrowicz y es polaco”.

El párrafo pertenece a uno de las publicaciones de Vilela en Eco contemporáneo, revista socio-cultural producida en Argentina entre 1961 y 1969. Haberse topado con aquel polaco fue lo que Vilela necesitó para repensar sobre el oficio: las experiencias, entre las personas, son intransferibles. Sin vida ni escucha, no hay nada que contar. Sin vida ni lectura, no hay escritura posible.

 […]

 

En el Borges de Adolfo Bioy Casares sale a luz una pista. En uno de los párrafos ubicados entre las páginas 1249 y 1250, Bioy escribe que un día se presentó en su casa un señor petiso, rubio y con barba de dos días. “Su apellido puede ser `Videla´, o `Dibella´, o `Didella´”. Este petiso, luego de presentarse, le comenta que en editorial Galerna le habían dicho que él tenía la única copia de su novela, que la necesitaba porque, efectivamente, no tenía otra. Luego de comunicarse con Alberto Manguel –quien dirigía en ese momento la editorial– Bioy Casares tuvo que decirle que no, que él no la tenía consigo. Las palabras de Manguel fueron contundentes: “nosotros tenemos el ejemplar ese de El verano del 67´. Tratamos de no dárselo al autor porque pensamos que es un libro excelente. Él ha buscado todos los ejemplares que había distribuido entre sus amigos y los ha quemado. Ahora quiere quemar el último”. Días después, Bioy refiere la anécdota a Borges. “Debe de haber algo bueno en esa novela” fue la respuesta que recibió.

Si indagamos en el corazón de La mañana del diez de enero, Marcela Domine y Emilio Bernini señalan, en el prólogo de esta misma edición, una posible estructura: la vida cotidiana de un escritor en La Plata desde 1967 hasta 1971 que busca desesperadamente entre despojos memoriales, ausencias y encierros. El testimonio de un joven bonaerense que hace lo que puede para servirse un plato decente de comida y rodearse de gente fogosa. Un narrador obsesionado con saltar tapiales entre las casas platenses para poder seguir sobreviviendo.

 

“Al día siguiente comencé a juntar restos y deshechos: carbónicos usados, cartas, apuntes, recortes, hojas; todo lo que había proliferado en el dormitorio fue metido en una caja grande a la que puse un rótulo: “Verano del 67´”

Entre estas páginas la temporalidad se vuelve un elemento complejo. Rutina y círculo vicioso son dos motores principales que se mecen en la constante repetición de acciones. La vida misma. Simultáneamente, este desorden real no parece ser más que una excusa para narrar, en un espacio sólo delimitado por las casas y los patios, una búsqueda que podría funcionar como la segunda renovación del policial argentino. Un sujeto distanciado del detective anglosajón ante la desesperada búsqueda de manuscritos perdidos en estanterías mugrosas y en conversaciones desperdigadas. Por un lado, genialidad del relato paranoico-detectivesco en imágenes cotidianas que estructuran la narración. Por el otro, ritmo ambiguo, agresividad onírica. Vale decir que la prosa poética de Vilela es un tesoro difícil de encontrar. Pero si bien las leyendas nos dicen que cada tesoro guarda su valor en oro, al mismo tiempo existe el riesgo de que la madera esté podrida y todos esos colores brillantes se nos presenten sucios por el paso del tiempo. Ya sea por la experimentación argumentativa, por ciertas inyecciones poéticas o simplemente porque no se sabe qué es precisamente lo que se quiere expresar, esta novela presenta un narrador distraído que confunde al lector y no logra atraparlo lo suficiente. Pero acá es donde el desafío se presenta: ciertas historias no sólo merecen ser leídas más de una vez, sino descifradas en su complejidad con lupa mañosa en mano.

 

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La puerta de chapa se cierra por detrás nuestro. Con Lucía nos damos la mano, todavía un poco mareados. El último proyecto en el que estaba trabajando giraba en torno a una figura en acero fundido que imitase la forma de una neurona humana. A Jorge lo dejamos hablando solo; por las noches suele tomarse un vaso de vino blanco, prender el grabador de voz y hablar, hablar y hablar. Cuando se está ante él –sigue vivo entre nosotros, sigue en verbo presente– basta mencionarle a Kafka, Gombrowicz o Guevara para que empiece a desembuchar. Si no se lo frena, uno corre el peligro de escuchar demasiados relatos de vida ante un hombre que sigue quemando sus propios restos, su propia memoria. Porque para el fantasma vileliano es urgente declarar lo siguiente: ya nada importa. El mercado editorial lo ignoró y ni siquiera él entiende por qué. O quizás sí. Quizás los ámbitos intelectuales sean circos itinerantes, inútiles. Quizás todo sea un manual constructivo para masturbar sólo el ego y no para darle ideas al mundo. Quién sabe. En La mañana del diez de enero el éxito se ve forzado a bajar del Paraíso por un contundente cross a la mandíbula. Porque qué es lo que divide al escritor supuestamente exitoso del supuestamente fracasado, se pregunta Jorge Vilela. Y la respuesta no tarda en aparecer: sólo se necesita publicar.[1]

 

[1] Respecto a la última reflexión de la reseña, quisiera adjudicarle la autoría a Marcela Domine y Emilio Bernini, quienes realizaron una fuerte investigación en relación con la obra y vida del autor.

 


La mañana del 10 de enero – Jorge Vilela – Ediciones Biblioteca Nacional – 2015

 

Por Fermín Vilela

 

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