Sergio Bizzio: constelaciones desde el encierro

Con determinación pueril un muchacho espera poder citar al escritor Sergio Bizzio para hacer una entrevista; ya sabemos, de esas clásicas: grabador, silencios incómodos, café (cito) y un lápiz con cuaderno rayado. Es un hecho que las idealizaciones mantienen estables las primeras experiencias. “No me gustan las entrevistas”, responde Bizzio. Será cuestión, entonces, de poder manejarse desde la distancia, desde el plano escrito. Lograr figurarse qué diría o qué gesto haría el otro, el tono de su voz, su vestimenta. Un escenario. También una escenografía. Imaginación.  Y hay gestos –invisibles– en el otro que permiten de alguna forma poder entender y respetar su espacio personal. Es que Sergio Bizzio, mediante su obra, remite a una atmósfera kafkiana de encierro, de trabajo en soledad. Lo terrenal y silencioso. Porque de esa forma se dibuja, muchas veces, el mapa de su creación literaria: espacios cerrados de cara a un mundo salvaje.  Esa es –quizás– la brújula de Sergio Bizzio, uno de los escritores argentinos más adaptados al cine que pasó prácticamente por todos los terrenos: poesía, dramaturgia, guión, cuento y novela.

 

sergiobizzio
Foto: Alejandra López.

 

Quería empezar preguntando qué películas le gustan a Sergio.

Películas tan distintas entre sí como Independencia, de Raya Martin, Happiness de Tod Solondz, Wakolda, de Lucía Puenzo, o Su realidad, de Mariano Galperín, en la que leo un fragmento de mi poema Lloraría frente a la tumba de Balzac, en el cementerio de Pere Lachaise, mientras Melingo se pasea por los alrededores tocando la armónica.

Al leer tu obra, desde El escritor comido hasta Rabia, se pueden apreciar puentes con escritores como César Aira, Kafka o incluso Conrad. ¿qué rol le das a la lectura en tu vida, y cómo te funciona a la hora de escribir?

Kafka es uno de mis escritores favoritos y lo leo desde hace décadas sin cansarme nunca. Quizá de ahí venga el tema del encierro, que aparece una y otra vez en lo que escribo, y también algo de su humor. Una de las tres partes que componen El escritor comido es una reversión de El corazón de las tinieblas, pero esa es toda mi relación con Conrad. Aira es otro de mis escritores favoritos. Otro es Flann O’Brien. Su novela El tercer policía es una de las mejores novelas que leí en mi vida.

El año pasado tu novela Era el cielo fue adaptada al cine. O mejor dicho, la adaptaste en forma de guión junto a Caetano Gotardo y Lucía Puenzo. ¿Qué se sintió ver a tu propia invención literaria transformarse en algo terrenal, en algo, digamos, más vivo?

Se hicieron varias películas basadas en novelas mías y el efecto que me producen es siempre el mismo: desconcierto, lo que tiene su lógica, ya que el resultado de esa adaptación es la obra de otro, apoyada en una historia que me recuerda vagamente a algo que escribí yo.

¿Tenés un método a la hora de sentarte a escribir, o incluso antes de hacerlo?

No. Hay algo metódico en el hecho de hacerlo todos los días, por supuesto, pero no diría que eso es un método. Si estoy entusiasmado me levanto muy temprano, a las cinco o seis de la mañana, y escribo unas tres o cuatro horas, y un par de horas más a la tarde. Otras veces es nada más que rutina, pero tengo siempre presente lo que decía Picasso: “Si viene la inspiración, que me encuentre trabajando”.

 

Pertenecés a una generación de autores y autoras que tuvieron tiempo de vivenciar fuertes cambios en los paradigmas literarios tradicionales. ¿Qué te sucede con el panorama actual, con los nuevos “creadores”?

Leo todo lo que puedo, me gusta la literatura y soy curioso y estoy siempre dispuesto a encontrarme con algo distinto, que me apasione. A veces sucede. Por ejemplo, la primera vez que leí a Pablo Katchadjian, o los poemas de Control o no control de Fernanda Laguna, o algunos relatos de Luis Magrinya.

El delirio podría considerarse un elemento persistente en tu obra. Desde los poemas del señor Borgestein, que supo escribir que “nada justifica que yo corte esta línea en dos, pero/fui a sentarme y se me vino encima el sillón” hasta las aventuras del idealizado Mauro Sapol, protagonista de El escritor comido ¿Creés que hay relación entre este delirio y el impulso espontáneo a la hora de enfrentarte con una hoja en blanco?

No veo la relación entre el delirio y lo espontáneo de un impulso… Por otra parte no me parece que el delirio sea la característica principal o general de lo que escribo, al contrario: diría que soy bastante realista, y que lo que hago es detenerme en ciertos lugares ligados al absurdo, a lo insólito, en ráfagas, lo que produce un efecto de extrañamiento, que es lo que más me gusta. Tampoco podría decir que soy espontáneo. Si bien es cierto que a partir de determinado momento me dejo llevar, lo hago sobre una base muy bien pensada, muy trabajada.

 

No sé si sabías que hay profesores de nivel medio que dan, en sus clases de literatura, tu novela Rabia. Cuarto y quinto año. ¿Qué pensás?

Nada, pero me alegra.

 

Podríamos afirmar que tanto José María como Rosa –protagonistas de Rabia– son figuras, en gran parte, vulnerabilizadas. La novela nos presenta un panorama claro sobre la división de clases, un panorama enfrentado con ironía y crudeza. ¿Hay un rol activo de la literatura en la política, o viceversa?

Nunca sé muy bien qué es lo que me propongo, si es que me propongo algo. En cualquier caso lo que me propongo es algo siempre lejano, o que está demasiado cerca y no alcanzo a distinguirlo como propuesta. Son cosas que apenas escucho, un susurro subterráneo. La escritura de las primeras páginas suele ser para mí como una larga meditación, que sin embargo no va nunca más allá del primer momento, es decir, en el caso de Rabia, los protagonistas en la cama de un hotel alojamiento, ese diálogo… Nunca estuvo en mis planes tratar el tema de la división de clases o escribir una novela política, aunque finalmente todo eso también está ahí.

 

Por último, y si tuvieses que responderle esto a alguien que está empezando: ¿valió la pena haberse dedicado a la escritura?

No fue una pena para mí, todo lo contrario.

 

Por Fermín Vilela.

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