La lúcida erudición de J. M. Coetzee

 Las manos de los maestros // J.M Coetzee

Parafraseada de distintas formas, es bastante conocida la sentencia de Borges “en el Alcorán no hay camellos”, pronunciada en el ensayo El escritor argentino y la tradición. La observación, originalmente hecha por el historiador inglés Edward Gibbon, le sirvió al autor argentino para postular que no es necesario adoptar color local para estar inscripto en la tradición local. La sutura entre la observación y el posicionamiento es meritoria y permite sugerir la hipótesis de que se pueden hallar en la ensayística de algunos autores, claves para la lectura de sus obras, o cuanto menos de su posicionamiento con respecto a la literatura. La publicación del primer volúmen hecha por Elhilodadriana de los ensayos de Coetzee, bajo el título “Las manos de los maestros”, comprende en este sentido un acontecimiento editorial, dado que aporta una parte atractiva del corpus crítico necesario para abordar una obra compleja.

 J.M. Coetzee es un pensador del Sur. Y es preciso señalar que produce desde cierta noción de periferia deliberada. Su Ciudad del Cabo natal, retratada quirúrgicamente en sus novelas, es una zona geográfica propicia para relativizar cualquier clásico que se proponga abordar. Sin embargo, en este sentido Coetzee pareciera posicionarse en una vereda paralela a la de Borges: un deudor de una tradición universal. A lo largo de los ensayos que componen el primer volumen de Las manos de los maestros, el Nobel de Literatura 2003 alterna entre un intento de analizar la inserción de la experiencia, la geografía y la cultura propia en la tradición europea, y un análisis punzante, por momentos autobiográfico y sumamente lúcido y original de aspectos, nombres y lugares fundamentales del canon occidental. Así es como el desmenuzamiento de lo sublime y lo pintoresco del páramo sudafricano, debe ser abordado desde un atento recorrido por los lazos trazables con el romanticismo inglés y las connotaciones bíblicas que puede tener la topografía analizada; del mismo modo  la dimensión que adquiere la belleza de la música de Bach es explicable desde la experiencia propia. A su vez, el autor se encarga de recorrer los momentos de choque de la historia sudafricana que dieron forma a una cultura hija de la colonización y el ultraje.

 La erudición de Coetzee es un protagonista difícil de soslayar: la impresión general es que no importa qué tema aborde el sudafricano, tendrá un grado de conocimiento elevado acerca del tópico, y sabrá explicarlo con la didáctica y la complejidad que cada tema requiera.

 Las dos veces que tuve la suerte de escucharlo hablar, en el marco de dos Ferias Internacionales del Libro a las que asistió, lo comprobé. La primera vez, abordó un tema que aparece implicado en el quinto ensayo de este primer volumen, titulado “Gordimer y Turgueniev”, que es la libertad del escritor. En aquella oportunidad, el erudito había centrado su análisis del tema en las distintas formas de la censura con las que había convivido a lo largo de su carrera. Pero en este ensayo Coetzee advierte otro tipo de implicancias en la noción del escritor, analizando el lugar ocupado por el escritor negro en Sudáfrica y trayendo a colación la figura de Turgueniev, autor de Padres e hijos. En la primera parte del ensayo, el autor pareciera plantear una petición de principio, que bien podría ser una de las claves de su literatura:

“Escribir es un asunto solitario, escribir en oposición a la comunidad en la cual uno ha nacido es todavía más solitario”. (Coetzee, 2016: 159)

El abordaje de figuras centrales del canon anglosajón, como T.S. Elliot, resultan originales por el recorrido sugerido, sobre todo en el ensayo de Whitman, en donde se traza una línea que se topa con la frenología, el homoerotismo, el psicoanálisis, la postura frente a la guerra de sesesión y el concepto de democracia. El ensayo que abre el volumen, titulado “¿Qué es un clásico?”, quizás tropiece con algunos lugares comunes en la crítica al intelectual estadounidense y en parte por esa razón, pareciera soslayar coincidencias llamativas, como la imposibilidad de pensarse al margen de la tradición europea, si bien termina arqueando adecuadamente el ensayo en favor de un atento análisis de la obra de Bach.

Esta primera entrega de ensayos se perfila como una lectura fundamental, de un autor que ha visitado el país en numerosas ocasiones, y que podría volver a hacerlo en cualquier momento. Y si bien me inclinaría por instar la lectura de sus novelas, en donde se filtra la mejor parte de su pensamiento, las consideraciones aquí disertadas implican un ejercicio de lectura que sirve para matizar algunos aspectos.

Por tanto me permito pedir por las manos de todos los maestros arriba, si Pablo Lezcano me permite la referencia; esta publicación es un acontecimiento celebratorio para el género.

Las manos de los maestros – Editorial Elhilodeariadna – Buenos Aires – 2016


Por Pierre Froidevaux

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