María Carman: traspasar la frontera

CarmanMaria.jpgLas fronteras de lo humano // María Carman

En Las fronteras de lo humano María Carman (Buenos Aires, 1971) explora las representaciones contemporáneas de lo humano y lo animal que circulan alrededor de dos grupos sociales: los habitantes de las villas ribereñas que ven obligados a mudarse por una resolución judicial ambientalista y los proteccionistas que se movilizan en defensa de los caballos. Conversamos con la autora respecto a su libro y su trayectoria.

¿Como te surgió el interés por cada caso? ¿Cuándo decidiste ponerlos en relación?

Surgió en una charla casual con Gustavo Moreno, el asesor tutelar de menores de la justicia de la ciudad de Buenos Aires. Yo estaba con el vacío existencial de no saber en qué iba a seguir trabajando y él me dijo “¿por qué no te venís a trabajar al camino de sirga?”

Entonces yo arranqué el trabajo de campo en 2009, 2010 participando -en la medida que pudiera y que la gente me aceptara- en las reuniones de delegados del camino de sirga y luego ya por fuera de las reuniones entrevistando a vecinos, afectados, a delegados. Lo que uno hace como antropólogo: trabajar con todos los actores.

Yo venía trabajando desde hacía 15 años en temas urbanos, en villas y casas tomadas, sobre todo distintos tipos de desalojos -todos más o menos violentos- y expulsiones de sectores populares. Pero al mismo tiempo la cuestión de la cuenca Matanza-Riuachuelo era una realidad completamente nueva: era una política de relocalización y bajo una manda judicial. Era un caso con características muy singulares.

También estaba el factor ambiental. En Rodrigo Bueno y en la aldea Gay estaba la cuestión de cómo la gente se “ambientaliza” estratégicamente y va incorporando no solo el lenguaje ambiental sino también el lenguaje jurídico y el médico en pos de su permanencia en la ciudad, en su permanente intercambio con profesionales, con distintos organismos de la defensa…

En la villa 21, en lo que se llama el meandro de Brian, está la zona más pobre. Ahí vivían varios carreros que además eran analfabetos, con sus caballos. Había dos caballos de los cuales dependían 5 familias. Estaba todo el embrollo de cómo mudar a las familias con los caballos y esto creaba problemas con el resto de los vecinos. Hay unos vecinos al lado del complejo Padre Mugica que no quieren que se construyan los establos. Es un tema irresuelto todavía. Entonces me empezó a surgir la curiosidad por este tema. De alguna manera un poco misteriosa se fue logrando el empalme, los ejes analíticos en común en torno a cómo se construyen las fronteras de una comunidad moral.

En tu investigación se muestra cómo discursos “progresistas” (el ambientalismo de organizaciones defensoras de animales y las resoluciones judiciales que regulan el saneamiento del Riachuelo) contienen elementos discriminatorios hacia las clases populares, representándolos como cuerpos que estorban. ¿Cómo afectan estas representaciones a la hora de formular políticas públicas?

Es interesante el tema, cómo afectan las representaciones. Yo diría en todo caso que hay muchos trabajos que analizan en qué consiste una política y cuáles son sus efectos o  impactos sobre un grupo de la población. Me acuerdo claramente en la década del 90, con todas las políticas de flexibilización laboral de Menem. Mucho trabajo viendo que pasa con la gente, que pasa con la política: cuando eso ya sucede. Los antropólogos empezamos más atrás: a mí me interesa reconstruir cual esa lógica que subyace a esa política, qué visión del mundo la sustenta y que muchas veces no es evidente.

Los verdaderos motivos que impulsan estas políticas aparecen solo en un trabajo en terreno muy prolongado. En el libro precisamente yo doy cuenta de cómo algún funcionario de la ciudad admite que solo le van a construir a los afectados de la cuenca casas con materiales precarios; es decir, una casa acorde a la mínima humanidad que ellos le imputan a esos sectores.

Hay una correspondencia entre el grado de humanidad que estos funcionarios le imputan a esos sectores populares y la materialidad de la política. Y es difícil reconstruirlo porque esto no se enuncia explícitamente.

En algunas partes del libro traés a lugar voces incómodas, difíciles de escuchar sin tomar posición. Siendo la antropología una ciencia que se interesa particularmente por la mirada del otro ¿Qué posición tomás para trabajar con la otredad? ¿Considerás que siempre es posible encontrar un piso común a partir del cual conversar?

Uno tiene que ser muy claro con todos los actores que uno entrevista respecto a lo que uno está haciendo y lo que pretende hacer con su trabajo. Es un esfuerzo enorme porque uno tiene que dejar de lado sus propios prejuicios. ¿Por qué le voy a dar menos entidad  como antropóloga a las categorías nativas, a las cosmovisiones de los proteccionistas? Para mí es importante restituir toda la complejidad que tiene ese universo de sentido proteccionista.

Un poco para escapar a mi propio miserabilismo, para no estar diciendo: “los proteccionistas no se interesan por los cartoneros”; y un poco para restituir su positividad,  para intentar hacer un trabajo simétrico fue que yo traté realmente de comprender esa coexistencia entre correspondencias totémicas y de ciertos rasgos animistas dentro de un mismo colectivo. Fue un esfuerzo enorme.

Por otra parte, está el tema de la distancia. Eso varía mucho respecto a quién entrevistás. A mí, no sé si es porque ya estoy vieja, el trabajo en la cuenca me resultó muy duro, terminé agotada emocionalmente: me resultó insoportable. Llegó un momento en que ya no podía más. Por eso en un momento dí por terminado el trabajo de campo y analicé esa etapa.

Hay que tener honestidad intelectual con eso, hacer que se entienda que es una realidad muchísimo más amplia, más dinámica. Uno no puede dar respuestas más allá de ese tiempo breve pero intenso que vivió.

A lo largo del libro reunís citas de textos literarios, escritos de antropológica clásica (Lévi-Strauss, Descola) y estudios urbanos de Buenos Aires (Cravino, Auyero) ¿Con qué tradiciones de investigación y de escritura te identificás?

Van cambiando todo el tiempo. Pasa también que yo no hice la carrera de grado de antropología, siempre me sentí una outsider. Siempre tengo algo así como un complejo de no haber hecho la carrera de grado. Quizás por eso tengo una fascinación con los clásicos como Lévi-Strauss. Y por otro lado, cuando profundicé con la antropología posmoderna, pude juntar mis mundos. Yo venía por un lado escribiendo novelas y por otro trabajando en mi doctorado, entonces dije: “¡Ah, entonces todo esto también es antropología!” Cuando fui a la inauguración del shopping del Abasto en el 98 (esto cuento en las trampas de la cultura, mi primer libro) tuve una sensación física de que yo ya había estado en esa inauguración. Ya había soñado esa inauguración tal cual fue cuatro o cinco años antes y no porque yo tuviera una especie de poder adivinatorio, sino porque en los habitus de la clase media que habitaba el barrio ya estaba presente todo lo que pasó cuatro o cinco años después, una inauguración super xenofóbica, y con un sesgo patriótico, muy marcado. Me acuerdo que fui a buscar el registro de ese sueño a mi diario de campo y no lo encontraba por ningún lado, hasta que me di cuenta que el registro del sueño estaba en uno de mis cuadernos de sueños porque en ese momento -en el 94 o 95- yo todavía no pensaba que el sueño del antropólogo podía ser concebido como un material de campo. El sueño del nativo sí, pero no un sueño propio. De hecho, yo en el capítulo uno de las trampas de la cultura hago toda una cuestión de transcribir en el texto principal del libro mi sueño y en las notas al pie la verdadera inauguración… y esto me trajo un problema bárbaro.

¿Te resultó un problema la objetividad que se le suele exigir a la ciencia?

¡Es que es imposible! Ni siquiera es un ideal. Me parece que en nosotros eso ya está recontra problematizado, ya pasó mucha agua bajo el puente. Más allá del giro posmoderno, ya te digo para mí fue una influencia enorme, y no veo ninguna contradicción en tomar lo más interesante del giro posmoderno en cuanto a difuminar estos límites entre la antropología y la literatura, hacerse cargo de una voz autoral fuerte, y al mismo tiempo practicar una antropología política.

En este sentido me marcó mucho la lectura del antropólogo Michael Jackson, que trabaja el tema de la intersubjetividad. Plantea exactamente lo que yo siento, está muy en el espíritu de decir que la intersubjetividad excede el trabajo de campo:continúa cuando yo estoy en mi casa pensando en los ocupantes ilegales, cuando yo sueño con ellos, cuando ellos me evocan a mí en mi ausencia, todo eso también es trabajo de campo. La antropología posmoderna y sus continuadores me ayudaron a ensanchar los límites de lo que yo podía concebir como antropología, dónde empezaba y dónde acababa.

En una parte del libro, te incluís en el relato en primera persona y reflexionás sobre la posición del investigador social frente a los fenómenos que estudia. ¿Cuál te parece que son los aportes específicos de la escritura antropológica en general y de tu trabajo en particular?  

En algún punto mi manera de sobrevivir en la actividad académica es, por un lado, esta cuestión que tenemos en el equipo de practicar una antropología colaborativa, “activista”, “militante” o como la queramos llamar, de ir interviniendo en las realidades que trabajamos. Digo para no transformarme en una especie de persona endogámica como suele pasar en estos ámbitos que uno escribe para la revista especializada y se queda encerrada en ese gueto. También para mí es muy importante tratar de escribir libros que dialoguen con el resto de la sociedad, de cesar esta especie de diálogo interno que tenemos entre nosotros y tratar de abrir el registro a un público más amplio: que haya una transferencia social, que haya canales de interlocución más amplios.

Las fronteras de lo humano – María Carman – Siglo XXI – 2017

Por Julián Echandi

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