El adiós a una generación

¿Para quiénes todo esto? ¿y el sentido? ¿qué nos queda? ¿interesa? ¿para qué? Poetas, narradores, ensayistas, periodistas. Si algo me empuja a escribir esta nota, no importa quién sea el lector. Porque su muerte fue un eco esencialmente amargo. Una sensación de vacío, una fundación. El adiós a uno de los intelectuales latinoamericanos más notables no fue sólo el adiós a una manera de ver y escribir el mundo, sino a toda una generación. Quiero proponerles entrar, esta vez, a las formas de Abelardo Castillo.

Quiero proponerles entrar, esta vez, a las formas de Abelardo Castillo.

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Una persona sostiene su libro. Es probable que sea un clásico. Será por el título, la extensión, la fama del autor o autora. Y hace falta leer un solo párrafo para entender que está ante una literatura perseverante, aquella que genera escenarios y máquinas orgánicas. Aquella que anula las fronteras entre lo real y lo imaginario. Aquella que sobrevive.

 

“En general cuesta tanto trabajo escribir una gran novela como una novela idiota. El esfuerzo, la pasión, el dolor, no garantizan nada. Es desagradable, pero es así. No abandones la cama sin meditar en eso.”

 

Quería traer esta frase como siempre es necesario traer cosas suyas a la mesa. Esta cita es de Ser escritor, ensayo que Abelardo Castillo publica en 1997. Una suerte de manual al rojo vivo para los que intentan asomarse a la máquina de escribir. Girando en torno a este ensayo quisiera contar una anécdota lectora, inicial, pava y algo distraída. Cuando terminé la secundaria empecé a trabajar en una librería. En ese lugar aprendí ciertas cosas que hasta el día de hoy las vivo como cruciales. En un principio, aprendí a tener paciencia. Acceder a todos esos libros y poder agradecerle a cada autor por lo suyo fue, para mí, un primer impacto. Había –hay– que entender que la producción literaria es vasta. No infinita, pero enorme. Y eso marea. Ni bien entré me pusieron como vendedor. Entre los libros y hacia la gente. Pasó el tiempo. Después me mandaron a la caja. Trabajo denso. Números, griterío por detrás mío, presiones. Era un contacto mucho más frío y analítico con aquél entorno que me rodeaba todos los días. Me jugué el puesto varias veces, no sólo porque pensaba en cualquier cosa mientras manejaba plata sino porque, esencialmente, leía. Fueron dos años en los que me concentré en el objeto libro –soy un patético fetichista– y además –valga la redundancia, hay libreros que sólo consultan contratapas– en sus contenidos. Una tarde llegaron varios lotes de editorial Seix Barral y, entre ellos, un pedido especial: cinco ejemplares de Ser escritor. Los había encargado después de haber conversado con cierta clienta que mencionó, al pasar, un consejo inscripto en ese mismo libro. Esa tarde me lo llevé. No sólo porque era carísimo y porque a esa librería le fregaría (¡!) un cazzo, sino porque en ese ensayo me apropiaría de un manual para empezar a escribir y, aún más importante, para aprender a leer. En uno de mis almuerzos empecé con el ensayo. Página a página confirmé algo: yo estaba ante un auténtico monstruo literario. Abelardo Castillo se presentaba como un maestro a la distancia, un arquitecto que trabajaba incesantemente en ese edificio el cual le pertenecía y al cual él pertenecía. La literatura. O aún mejor, la vida. Sí, ahí está mejor. Vida atravesada por literatura. Porque esa fue una de las cosas que Abelardo nos dijo –años después– en su taller y que todavía no me logro sacar de la cabeza: vivan, fórmense antes de sentarse a escribir.

 

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Girando en torno a Castillo y al género al que se evocó prácticamente toda su vida, sería bueno acercarnos a una conclusión soberbia y, por alguna razón, con aires de irrefutable. ¿Será el cuento aquella forma literaria superior? Ya lo opinaban Carver y Borges. Por mi parte no sé si creerles; diría que es el gémero que pudieron elegir como lectores y escritores. La acción de contar nos acompaña hace miles de años. La acción de contar cimenta nuestras raíces culturales tal como las vivimos. Castillo lo tenía bien pero bien claro. “El hombre es, felizmente, el único animal inconcluso; solo lo concluye la muerte.”. Narración como construcción necesaria, como supervivencia. La frase citada pertenece a una entrevista que le realizan a Castillo en el 2014. Creo que aporta mucho leer sus entrevistas. No sólo por la curiosidad de confirmar su misteriosa lucidez, sino para entender quién era –es– el escritor[1]. Porque la literatura de Castillo no sólo se trata del lenguaje y su artificio, sino de las realidades, de los mundos contenidos en él. Sueños como realidad. Literatura como realidad. Dramaturgia pariendo criaturas vivas. Cuentística, vuelta al círculo y cierre final: sistemas cerrados, como diría Cortázar. Una maquinaria prosaica criada entre los mosquitos de San Pedro y a través del eco de Edgar Poe, Arlt y Maussapant. Poesía hecha prosa. Poesía como manera de vivir, no como mera función de lanzar al mundo criaturas poéticas.[2]

 

*

 

Hoy a la mañana hablé por teléfono con Gabriel, un amigo con el que nos cruzamos en la Casa Tremenda. Jamás voy a olvidarme de esas noches ni de ese lugar. A veces cierro los ojos para volver y se me cae encima el silencio. Usted, maestro, observando desde la punta de la mesa. Nosotros alrededor, firmes y al mismo tiempo sueltos, como boxeadores prematuros. Cada uno leyendo su texto en voz alta. Toda devolución debía ser sincera y no dejar lugar a la defensa ingenua. Primero empezaban los otros, los compañeros. Y ahí había que aprender a escucharlos. Maestro. Yo me acuerdo. Pasaron algunos meses y me citó una hora antes del taller. Me dejó bien en claro que si algún día deseaba volver, lo llame por teléfono. Pero que necesitaba irme por un tiempo porque mis cuentos no eran buenos. Porque todavía faltaba sentarme a leer antes de sentarme a producir. Y como si se tratase de un susurro, me dijo que en mis páginas sí había literatura pero que todavía hacía falta –como dijo el segundo maestro– orgullosa soledad. Lea a Hemingway, a Cheever, a Dostoievski. Dos, tres, cuatro veces. Lea. Esa noche me fui seco como una rama. Quedé clavado en un banco de la plaza Primero de Mayo, cagándome de frío y pensando si valía la pena todo esto. Después cerré los ojos.

Si resta algo, es el silencio. También un homenaje minúsculo. Quisiera darle las gracias, viejecillo. Por los libros que nos dejó en el camino. Por habernos aconsejado escuchar antes de opinar, leer antes de producir, vivir antes de cualquier otra cosa.

 

[1] “Cuidado con Borges, Kafka, Proust, Joyce, Arlt, Bernhard. Cuidado con esas prosas deslumbrantes o esos universos demasiados intensos. Se pegan a tus palabras como lapas. Esa gente no escribía así: era así.” (Castillo, Ser escritor)

[2] Esta –impecable– conclusión sobre A.C fue escrita por Leopoldo Marechal en uno de los comentarios que aportan a la edición de los cuentos completos de editorial Alfaguara.


Por Fermín Vilela

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Muy buena nota . Aberlado Castillo fue uno de los escritores mas brillantes que he leído . La novela la La casa de la ceniza y su libro de cuentos Maquinarias de la noche son imperdibles Un abrazo .

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